• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Nueve preguntas para Pensar la Transición (II) Responde Claudia Curiel Léidenz

Claudia Curiel Léidenz / Foto Cortesía

Claudia Curiel Léidenz / Foto Cortesía

13 intelectuales reflexionan sobre la crisis venezolana y sus perspectivas, a partir de un cuestionario de nueve preguntas. Continuamos en el segundo día con las respuestas de Claudia Curiel Léidenz, economista 

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

—Queremos comenzar por su visión del actual estado de cosas en Venezuela. ¿Qué ve, qué siente, qué le resulta inquietante?

—Veo un país desarticulado, venido a menos. Veo a una sociedad que perdió hasta el habla. Un momento acuciante, lleno de problemas, retos. No estoy segura de que se esté leyendo la situación actual en su totalidad y complejidad. Aun así, indefectiblemente constituye el punto de partida de una próxima etapa.

Me inquieta que se perciben muy pocos espacios en los cuales se esté reflexionando descarnadamente cómo está el país, hacia dónde conducirlo a partir del desastre en el cual se encuentra y cómo se comenzará a retejer la institucionalidad y la capacidad de construir acuerdos. La crisis de nuestra sociedad hoy es estructural y profunda. Tiene que ver con el valor de la vida, con el valor del trabajo. Nos hemos convertido en una sociedad de sobrevivientes y dentro de ese cuadro es difícil –más no imposible, que quede claro– establecer ventanas para la racionalidad al tiempo que se abren mayores espacios a la violencia.

Me inquieta que la sociedad esté indigestada, saturada de tanta propaganda, tanta repetición fatua. Es terrible pensar a la sociedad como dos lados enfrentados, porque a cada uno como persona no lo define solamente su identidad política que quedó a medio hacer, o una que constituye la negación de la otra.

—Un tema, cada vez más presente en las preocupaciones venezolanas, es la cuestión de la violencia y el modo en que viene ocupando espacios en la sociedad. ¿Venezuela tiene posibilidad de realizar un cambio político sin recurrir a la violencia?

—La violencia tiene varias dimensiones. La violencia responde a incentivos, a modos de vida que se han ido instaurando, que han carcomido tanto los esquemas de valores en las familias como el de las comunidades.

Recurrir a la violencia, o no, es una opción de quienes ostentan el poder. Si se recurre a ella, más lejana será la democracia, la civilidad. Venezuela todavía tiene chance de resolver su actual grave situación sin recurrir a la violencia. Eso requiere varios elementos. Primero, que se interrumpa la invocación a doctrinas de seguridad llamadas a justificar tales aproximaciones. Segundo, que se restituya un mínimo de institucionalidad que haga posible y creíble el cese de la impunidad. Tercero, que se retomen temas tan básicos como la atención a las familias a través de políticas sociales efectivas y eficientes, propias de un estado con vocación de servicio. Retomar la educación y el empleo como dinámicas fundamentales para cada ciudadano.

—De forma recurrente, hay personas que se preguntan si la sociedad venezolana ha aprendido algunas lecciones de los padecimientos de estos últimos años. ¿Hemos aprendido o todavía podríamos ser una sociedad frágil ante la tentación populista?

—La tentación populista estará, en tanto se utilicen las necesidades de las mayorías y el petróleo como partes del desiderátum, como excusa de la política. En tanto los planteamientos y ejecuciones de políticas no se enfoquen en la pobreza y en la libertad, será difícil vencer esa inercia.

Las enormes distorsiones introducidas en la economía durante los últimos años han abierto espacios de arbitraje alimentando el facilismo y la inmediatez como valores superiores al valor del trabajo. Eso ha hecho y seguirá haciendo daño por mucho tiempo. Es difícil pedirle a alguien que mantenga la disciplina de trabajar diariamente cuando se han sucedido cupos de viajero, controles de precios y racionamientos con sus secuelas para hacer ingresos fáciles. No le puedes decir a un joven de 25 años que solo si trabaja durante 20 años, puede reunir para la inicial de una vivienda. Cuando desaparecen las visiones de largo plazo, se desmantela el esfuerzo del presente.

Corregir esto requiere mucho más que sincerar precios o ajustar el esquema cambiario. La corrección que se requiere exige una sociedad comprometida con la productividad, la innovación. Lamentablemente, hablar de estos aspectos pareciera totalmente prescindible en estos tiempos.

—Queremos preguntarle por la idea de fracaso. ¿Cabe establecer una relación entre Venezuela y el fracaso? De ser así, ¿qué fracasó, qué salió mal?

—La idea de fracaso significa no llegar a algún lado, no alcanzar una meta. Aplica, solo en tanto el umbral que distingue éxito o fracaso sea una convención compartida y aceptada. Creo que el juego político y social no suma cero: tú no ganas porque el otro fracase, necesariamente. Y es aquí donde ubico al rentismo. El rentismo como el fracaso universal de nuestra sociedad.

Estimo que depender del petróleo viene o venía ocupando un gran espacio como valor, como actitud, como modo de vida, que supedita las nociones de Estado, de justicia. El rentismo nos aparece como un derecho universal de disfrutar de las bondades de una abundancia desvinculada del esfuerzo individual, de la productividad, de la innovación y la interdependencia. Por esa vía es que prospera la noción o la ruta del fracaso.

—El tema del posible papel de los intelectuales en la vida pública, sigue siendo debatido. ¿Cómo valora Usted la actuación, en términos generales, de los intelectuales en los últimos años? ¿De qué modo, si es que ha ocurrido, ha impactado la polarización en la actividad de los intelectuales en Venezuela?

—Cada proceso exige cosas diferentes a los intelectuales. Como manera de vivir, como reto para producir, requieren observar, analizar, conformar el cristal característico a través del cual mirar e interpretar. En Venezuela ese ejercicio ha sido muy demandante en las últimas décadas. Creo que la gran oportunidad está en que la intelectualidad persuada y acompañe, que no quede aislada de estados más emocionales de acción y ofrezca respuestas ante tantos eventos.

El oficio intelectual exige estar dispuesto a digerir lentamente y con conciencia. A no perder de vista ni abandonar por concepto alguno el objeto de estudio. Yo no mediría la productividad de la intelectualidad por la cantidad de libros publicados, de conferencias dictadas, sino por la densidad y pertinencia, por la luz que universalmente genera en toda sociedad.

La producción intelectual no busca el consumo masivo, no se le exige hechos notorios de corto plazo. Pero sí es retada permanentemente por las nuevas maneras de comunicarnos. Hoy tenemos, como ejemplo, la compulsión de un twitter versus la necesaria densa reflexión de un problema. La intelectualidad debe reconocer lo primero sin jamás abandonar lo segundo.

—¿Cuál es, en su criterio, el estatuto actual de la polarización política en Venezuela? ¿Se mantiene, ha cambiado?

La polarización ha atravesado diferentes fases a lo largo de los últimos 17 años. Creo es fundamental distinguirla del antagonismo para poder entenderla como problema. La polarización ha sido manejada en función de la adhesión y la manipulación de categorías gruesas desde el poder. Viene siendo parte fundamental del diseño del modelo y tiene mucho de irracional. Cuando la diferencia, la militancia se marca en función de estás conmigo o contra mí, y de la recurrente calificación en blanco y negro, los polos pasan a necesitarse para definirse y se crea un circuito difícil de superar.

Por eso es tan importante incorporar elementos de institucionalidad que introduzcan credibilidad y reconocimiento, referentes de avance, de respeto.

—Se afirma, incluso con soporte en estudios de opinión, que en la mayoría de los venezolanos está presente, con fuerza, un deseo de cambio. ¿Podría intentar describir ese deseo de cambio? ¿Tiene Usted idea o intuición del cambio al que aspira la mayoría de los venezolanos?

—Desde el año pasado, cuando el tema del cambio fue denominador para las elecciones parlamentarias, el significado y sentido de cambio lo asumimos como fundamental. No creo que hoy los venezolanos tengamos una visión homogénea de lo que tenemos y, por lo tanto, de qué se quiere cambiar. En esta coyuntura tan difícil, con una crisis social tan profunda en pleno desarrollo, preguntar por el deseo de cambio podría generar respuestas en apariencia transaccionales: unos querrán abastecimiento de alimentos, medicinas y toda la canasta de bienes y servicios; otros tranquilidad; los más un largo listado que en otras circunstancias serían una cotidianeidad que no tendría visibilidad.

Personalmente creo que el cambio que la gente quiere tiene que ver con la prevalencia del respeto, la existencia de condiciones de estabilidad, la posibilidad de coronar el esfuerzo individual, darle relevancia a virtudes como la autonomía y la igualdad. Un cambio para superar las múltiples dependencias que ha creado el modelo político vigente. Requerimos con urgencia cambiar el enfoque de necesidades por el de capacidades así como lograr cambios medulares en la concepción de la sociedad, del Estado y del poder.

—La experiencia de procesos en otros países demuestra que la transición demanda de cierta disposición al entendimiento y a la reconciliación; de ciertos sacrificios; de ciertas energías distintas a la de la confrontación. ¿Cómo evalúa Usted la disponibilidad de estos y otros elementos para una posible transición en Venezuela?

—Son aspectos difíciles de prever e inventariar. Primero, existe desconfianza por doquier. Adicionalmente, hay dos procesos muy complejos para los cuales no hay referentes: negociar cómo se supera la situación presente, y acordar cuál es el modelo de sociedad con senda de bienestar y progreso.

—Una última pregunta: ¿tienen los intelectuales alguna asignatura pendiente con el país? ¿Falta alguna contribución decisiva?

—Siempre la tendrán. Los intelectuales siempre tienen pendientes con su país, con la sociedad. Sin embargo, son indispensables. Estos son tiempos para persuadir en función a una visión de conjunto, de construcción de un norte para una Venezuela que se sale de lo que ha sido hasta ahora. Por ejemplo, entender y aprovechar como oportunidad el hecho de que ya no hay excedentes petroleros y, al mismo tiempo, reconocer que sí hay futuro, que sí hay mañana, que hay que poner a andar esto. Salir de la zona de comodidad implica que hay que ponerse creativos. Los intelectuales son determinantes para definir esa oportunidad.

Hay que mirar el futuro modernizador, se debe acompañar al país para que se construya un esquema institucional. Sin libertades no desarrollaremos capacidades. Y allí una decisiva contribución del sector que en el país reflexiona densamente. Insisto, no solo por los actuales jóvenes, sino por todas las generaciones que vendrán, los cambios en el petróleo y la ruptura de la abundancia que en el pasado generó nos plantean enormes oportunidades. Sin alcancía no tenemos más remedio que comenzar a pensar y convivir bajo otros términos. Se nos agotan las excusas para no insertar a Venezuela en los retos de la innovación, educación, modernización, industrialización. Es una responsabilidad ineludible.