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Juan Jesús Armas Marcelo / EFE

Juan Jesús Armas Marcelo / EFE

Conversación con el escritor canario Juan Jesús Armas Marcelo a propósito de su incorporación como miembro correspondiente de la Academia Venezolana de la Lengua

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Nos presentó Francisco de Miranda, por teléfono, una mañana de primavera de 2007. Era lunes. El sábado anterior él había publicado en el ABC un texto sobre el generalísimo, y ya asomaba imágenes de su siguiente novela, La noche que Bolívar traicionó a Miranda (2011), o la titánica lucha entre el poder (Bolívar) y la libertad (Miranda). Lo llamé y le dije que también Miranda era una de mis obsesiones. Y esta fue la primera frase, canaria y cálida, que escuché de él:

–¡Pero, chico! ¡Cómo no me has mandado ese libro todavía!

A los pocos días almorzamos; y hablamos de la grandeur mirandina, de Venezuela, de España, de Canarias, de Caracas, de los libros, de los amigos comunes, de sus odiadas arepas y de mi odiado jamón serrano. Al final, me regaló varios de sus libros, que atesoro con afecto, asombro y codicia. Y desde ese momento, hasta hoy, Juan Jesús Armas Marcelo y yo hemos cultivado una amistad que se asienta en las gozosas coincidencias y, cómo no, feroces divergencias literarias; los lazos más poderosos, según Gracián. Y de lazos también fue la conversación que sostuve con él en nuestro apreciado café Gijón, la sede de las mejores lentejas de Madrid. La excusa para hablar es la buena noticia de que la Academia Venezolana de la Lengua lo ha invitado a formar parte de ella, como lo merecía desde hace tiempo. Y ya van seis (Perú, Panamá, Colombia, Nueva York y Real Hispanoamericana). A este paso, las más de dos decenas de academias del español serán, en él, una sola. Un acierto cuyas consecuencias positivas tendrán importante repercusión en la promoción de la literatura venezolana en España, donde ya los escritores venezolanos, con José Balza y Rafael Cadenas a la cabeza, demuestran que nuestro país es más ancho –pero no ajeno– de lo que muchos suponen.

–Juancho, ¿eres un venezolano más en la Academia?

–Venezuela para mí es el descubrimiento del mundo –me dice. Salí por primera vez de España después del franquismo, que me había encarcelado y me quitó el pasaporte y los derechos civiles; ya libre de la dictadura, descubrí la “Venezuela saudita” en 1976, donde había de todo. Me pasé un mes en el Tamanaco y entonces empecé a descender a los bares, a los barrios, empecé a conocer incluso algunos sitios marginales que no suelo frecuentar; y, así, la esencia venezolana, sobre todo la esencia caraqueña, se me metió en el cuerpo hasta ahora. He regresado 23 o 24 veces, y digo siempre que soy medio venezolano, medio cubano; o sea, español-canario.

–¿Y los amigos de entonces?

–Los amigos allí han ido envejeciendo, han ido muriendo. Recuerdo a Alexis Márquez Rodríguez, a Úslar Pietri, a Salvador Garmendia, recuerdo a Adriano González León y recuerdo a Pancho Massiani, quizá él no se acuerde de mí; y a David Alizo, a Elías Vallés; recuerdo todo lo que era la República del Este donde aprendí tanto de literatura. Y de alcoholes, claro.

–Tú que has viajado tanto por el continente, ¿qué cambia y qué permanece entre América y España?

–Hombre, permanece la memoria y una especie de falso desencuentro, que a la primera, o a la segunda, de cambio se resuelve. Pero de momento hay como una reticencia por parte de los españoles hacia los latinoamericanos y por parte de los latinoamericanos hacia los españoles. Este no es mi caso; yo debo de ser una excepción en muchas cosas y también lo soy en esta.

–¿Cuáles son las posibilidades de un escritor en la Academia? ¿Qué aporta?

–Para empezar, es un honor. Para seguir, es un reconocimiento intelectual y cultural a una biografía, a un saber hacer; y lo que aporta es lo que la Academia quiera, es decir, las iniciativas parten de la directiva de la Academia, de cualquier academia. Claro, en algunas academias algunos son muy viejitos y tienen la voluntad mermada y pocas energías, pero en otras no, en otras la gente joven ha tomado la institución a su cargo. Ha llegado el tiempo de cierta gente joven y la actividad es muy grande, en actos, en cuidado de la lengua –aunque la lengua se cuida sola, ¿no?–, en cuidado de las normas, incluso en el cuidado de ese saber estar como intelectual en el mundo.

–¿Entonces te gusta ir enlazando academias en ti mismo?

–Yo ya estoy en seis academias y me siento bastante satisfecho; hombre, me gustaría estar en la mía, en la RAE, pero todo se andará en el momento preciso si las matemáticas coinciden con los deseos, porque a veces los deseos no coinciden con las matemáticas de la vida.

–¿Quién fue el primer venezolano que conociste?

–El primer venezolano que conocí fue Guillermo Morón, que se la pasaba aquí en España.

–¿Y el primer latinoamericano que conociste, aparte de Morón?

–Conocí al mexicano Gustavo Rojo [hijo de la escritora canaria Mercedes Pinto], que era primo de mi familia; y cuando estaba estudiando conocí a dos cubanos y a un nicaragüense que imitaba a Chaplin en los carnavales. Lo recuerdo como si lo estuviera viendo… Eso fue en  La Laguna, pero es un recuerdo que no me resulta particularmente agradable; tal vez me adapté mal, tal vez sufrí lo que sufren otros de la adolescencia y el despertar del mundo.

–Por otra parte, tus experiencias en América te han servido para ir construyendo la obra literaria, como se puede comprobar en tus novelas.

–Mis experiencias en América Latina son mi propia existencia, mi propia vida. Yo no me concibo como escritor sin América. Yo no me concibo como escritor nacional de España.

–¿Y esa conciencia ya existía antes de llegar a América?

–No, no, eso ha ido creciendo. Eso estaba ahí latente. Ha ido creciendo porque se ha desarrollado esa línea de trabajo vital e intelectual. Mi curiosidad por América Latina es insaciable. No una curiosidad de índole estrictamente cultural y monumental; es una cosa hacia la gente, me gusta estar sentado…

–Bueno, es fama que tú prefieres los restaurantes a los museos…

–Sí, yo prefiero los restaurantes a los museos porque los museos van a estar siempre ahí, pero los restaurantes los cambian, y a lo mejor el duende que hay en ese restaurante huye...

Hacemos un silencio; pero antes de que el duende madrileño que nos arropa esta mañana huya del café Gijón, pregunto:

–¿Y cuándo vas para Caracas?

–Pues no lo he pensado, pero tendré que ir a leer el discurso en la Academia Venezolana de la Lengua. Estaré encantado de ir. A ver si tú me acompañas.

Ojalá, Ojalá, Juancho, le respondo: porque Caracas nos espera, como siempre, con el Ávila transparente y los brazos abiertos. Y mucho duende, todavía.