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Tocar puertas adentro: una lectura de Gramcko y Ossott

María Fernanda Toro / William Dumont

María Fernanda Toro / William Dumont

María Fernanda Toro es tesista de la Escuela de Letras UCV, su trabajo de grado trata sobre el poeta venezolano Luis Fernando Álvarez. Fue ganadora del Premio Nacional de Poesía para Liceístas de la Casa de las Letras Andrés Bello en 2005

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“Y no poseo rincón, sitio de la tierra, reloj para esa hora, ni así donde guardarme.

Cómo no volver.

Yolanda Pantin, Casa o lobo.


Entre las primeras experiencias de apropiación de la memoria, la casa de la infancia es quizá una de las más presentes en la estructuración de la identidad. Se tejen allí los hilos fundacionales de la experiencia que, al menos para los poetas, es verbo y verso. Me interesa la imagen de la casa en algunos poemas de Casa de agua y de sombras (1992) de Hanni Ossott, en diálogo con la imagen de Elsa Gramcko, Estar fuera es como estar dentro (1964), que es una de sus puertas.

La casa está estructurada por lugares de luz y sombra, perla y enfermedad, miradas desde la remembranza de lo que se ha ido y alguna vez fue esplendoroso, vivo: “Yo no sabía que la casa de la infancia/me hiriera después/ y que sus gasas, sus cortinajes, sus ropajes/ se apegaran acumulados/ a mi piel interior” (1). En estos versos la memoria, Mnemósine, parece ser el único lugar donde es posible el transcurrir de la casa, un espacio donde se lee la reconstrucción de sus paredes ya cubiertas de polvo, vacías aunque aún sólidas para la creación de la identidad poética. Leemos en uno de los poemas de Ossott: “Me he vuelto una/ al recobrar la soledad de mi infancia. //Ahora llevo un nombre/ sé su sentido/ cómo se expande y se arraiga/ en imágenes concretas. (484)



Una de esas imágenes concretas que dan sentido al nombre propio podría ser la puerta de Gramcko. Este umbral que permite el acceso a la casa de la infancia es apenas de unos sesenta centímetros, por donde sólo pueden entrar niños, como si fuese un espacio confinado a la infancia, esa época de descubrimiento e iniciación en la que todo comienza a ser nombrado. La madera ha soportado golpes y golpes de pintura, y se confunden los colores que alguna vez fueron esplendorosos con las manchas que la intemperie ha dejado sobre las tablas. Así, el pasado y el presente conviven en el mismo objeto, y también en la misma casa, en los mismos versos de Ossott; allí las experiencias se nombran desde la lejanía del pasado pero son rescatadas también en el verbo presente. Habla Ossott: “Y vi a mis padres/ bailando/ felices, ebrios” (462) es una imagen estructurada en tiempo pasado, que sugiere la perspectiva del que dice desde el recuerdo, mientras que en los siguientes versos el tiempo es presente: “Las joyas/ el collar de perlas/ que trato/ ahora de robarle a mis hermanas/ esa herencia tan secreta de amor. (460)

Se evoca el pasado representado en aquel collar de perlas de la madre, ahora símbolo del “amor primero”. Se trata de un objeto manido por el tiempo, ha sufrido transformaciones y es ahora herencia arrebatada para vestirse del amor de la madre, de su imagen, para lucir en el cuello la marca de la estirpe. Los objetos antiguos que han estado durante generaciones guardados con cuidado, podrían parecer una especie de misteriosos amuletos que han sobrevivido a la “disolución y la quiebra” de la casa y conservan aún su historia mística, leemos en Ossott: “La casa de la abuela era abundante en señales/ sus misterios/ sobrecogían”

En algunos poemas, la vida natural es representada como el espacio que rodea la casa. En ellos se construyen las imágenes del primer contacto con lo animal y lo vegetal, experiencia  que se convertirá luego en metáfora encerrada en el hogar y sus cimientos. El crecimiento de la vida se expresa como ritual iniciático en el mundo, como se asoma en los siguientes versos: “Vi también las flores dispersas por el suelo/ Me inició en el mundo, me abrió a él” (461). La fascinación por el conocimiento del mundo está en tensión constante con el temor “… de un animal/ escondido en el clóset” (460), sentimiento que ha sido arrastrado desde la infancia y está aún escondido en el mueble de madera, en el presentimiento de la muerte de algún familiar o en las apariciones “sus misterios/ sobrecogían”. Los que ya se han ido no están silenciados sino que son objeto de deseo, hay necesidad de apropiarse de lo conocido que se desconoce, incorporar la extrañeza del otro como elemento imaginario: “Quiero recobrar a todos mis muertos/ desde lo que no sé de ellos”. (485) Así, las ausencias se transforman en presencias inquietantes y enigmáticas, carencias que se tornan intuiciones en la reestructuración de la casa. Precisamente la aldaba de la puerta de Gramcko guarda en su resonancia oxidada la huella de los seres ya idos. La ausencia ha coloreado el óxido en la parte superior y no en la inferior, no se trata de un objeto usado por los vivos, más bien recuerda a los que se fueron, justamente porque la corrosión ha engullido el nacimiento de la aldaba en la madera. La materia en esta obra es primordial para permitirnos su lectura. El artista manipuló la madera, el lienzo, el hierro, el óleo, para lograr en ella la ficción de la puerta. Una puerta que en su ficción ha sufrido los embates del tiempo igual que la puerta real, y, como en los versos de Ossott, está en ella la remembranza, la pérdida, la añoranza. Sobre todo está representado el contacto con el afuera, recordemos que es umbral. En el caso de la poesía de Ossott, de su Casa de agua y de sombras, el afuera resulta menos peligroso que el interior de la casa. El interior está cargado de penumbras arraigadas bajo el peso de los años, mientras que el exterior nada tiene que ver con el pasado, parece ser sitio seguro. En el patio de afuera ocurrieron los primeros besos, el conocimiento del amor adolescente: “llegaban los niños/ la complicidad/ los besos” (473) en cambio, en el patio de adentro, el de la oscuridad, el del cuerpo “se abría un espectro/ rondas inconclusas/ largo silencio y un ver/ hojas de árboles distanciados” (473). Si miramos a la luz de estos versos la puerta de Gramcko, cuya cerradura pareciera herméticamente cerrada, podríamos pensar que es impenetrable, que en contraste con lo descrito en los versos de Ossott, no hay comunicación entre el interior y el exterior. Además, el óxido que ha oscurecido cada vez más las rendijas, insinúa que más allá de la puerta el peligro de lo desconocido acecha. La reflexión en torno a lo desconocido, al temor de no saber qué hay detrás, podría enriquecerse al sugerir que en este poemario de Hanni Ossott el puertas adentro es lo más terrible, pero en la obra de Gramcko Estar fuera es como estar dentro. Podríamos leer, entonces, que el miedo a lo ajeno, a lo otro ocultado por la puerta, proviene de la propia interioridad, del temor a los fantasmas ya reconocidos, que han construido con su historia la historia propia, que el sujeto lírico ha heredado sus objetos, sus temores: “Soy la casa (dice Ossott) /sus sombras/sus dolores. (478)


En los poemas de Ossott la identidad está puertas adentro, esa que reside en el íntimo catálogo experiencial de la infancia, encarnado en objetos e imágenes heredados de generación en generación. Es un imaginario hermoso y terrible al mismo tiempo; en él no sólo los símbolos del amor son marca de la estirpe, sino también la pérdida y su conciencia, que implica poder mirar ahora lo perdido desde el presente “Ella no era mía, era de la enfermedad.// Yo ya no era de ella.” (454) Leemos en Hanni.

En la imagen de Gramcko también está presente esta dualidad: lo que se fue y lo que está, el pasado y el presente, la pequeña que devino en mujer; ambos tiempos se solapan en un mismo objeto. Entonces, el nombre de la pieza cobra mayor sentido: estar de un lado o del otro de la puerta no hace diferencia alguna, aquello que se lleva a cuestas es inevitable, aunque esté representado como la otredad, habitando el lado opuesto. Es al unísono lo otro y lo propio, el afuera y el adentro: “Me vi en los espejos, bailé/                                    bella por ella era/todos sus amores, todas sus pasiones (…)                                        y no era ella/                              era también otra/           la que inventé para mí. (547)

La imagen de la casa se lee en el diálogo entre estas dos obras como podrían leerse la remembranza o la pérdida. Sin embargo es la casa el espacio donde confluye el pulsar de la vida cotidiana, la familia y los objetos, mostrados en los poemas de Ossott. Al leer simultáneamente la puerta de Gramcko su lugar en la lógica de la casa es la del umbral. Umbral que es inicio pero también término, ya que es lo primero que conocemos de la casa pero también lo último que dejamos atrás al partir. La relación entre estas dos obras nos permite acceder a una manera prolífica de comprender en su complejidad la imagen de la casa, a interiorizar matices pictóricos y poéticos que nombren nuevamente, aunque desde distintos lugares, la casa. La casa pintada, la escrita, la de adentro: la de afuera.

 

REFERENCIAS

(1) “Casa de agua y de sombras” en Obras completas, p. 479