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Tintoretto: Cristo ante Pilatos

“Cristo ante Pilatos” (1566- 67) / Jacopo Comin “Tintoretto”

“Cristo ante Pilatos” (1566- 67) / Jacopo Comin “Tintoretto”

Papel Literario ofrece hoy un precioso ensayo de Marina Gasparini Lagrange sobre Tintoretto. La autora, que en el año 2011 publicó un libro único en la bibliografía venezolana, “Laberinto Veneciano”, continúa su personalísima indagación de la cultura material y visual de Venecia, y esta vez se detiene en uno de sus documentos más emblemáticos: el “Cristo ante Pilatos”, que Tintoretto pintó entre los años 1566 y 1567

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Con movimientos quedos me apoyo en el vano de entrada de la pequeña Sala dell’Albergo en el piso superior de la Scuola Grande de San Rocco en Venecia. A mis espaldas he dejado los cuadros de la planta baja en los que Tintoretto narró momentos de la historia de María (1583-1587), también detrás de mí quedan, en el nivel superior, las historias del Antiguo y Nuevo Testamento (1575-1581) que cubren techo y paredes con destellos de claridad irrumpiendo de la negrura de los pigmentos del veneciano. Un movimiento de cabeza es suficiente para recorrer con la mirada la sobrecogedora amplitud del espacio desde donde estas escenas parecen venir a nuestro encuentro. En dirección opuesta al umbral que me sostiene, la “Adoración de los pastores” y, un poco más allá, Jesús arrodillado en las aguas del Jordán es bautizado por el Bautista. Desde donde estoy me percato de los testimonios que exponen los cuadros sin lograr entrar en sus detalles. Se me escapan las oscilaciones de los cuerpos, también los ojos que se encuentran o aquellos otros que evitan cruzarse, se me desvanecen las sombras mientras los colores pierden su precisión. La mirada lejana es un velo bajo el que se escurre la narración en que dialogan el pintor, nuestros ojos y el tema sagrado.

Abandono mi posición intermedia entre las dos salas. Sin preámbulos me encuentro en donde la Pasión de Cristo nos deja desconcertados. La inmensa “Crucifixión” (1565) se extiende horizontalmente ante nosotros; sólo un paso parece necesario para entrar en las tierras del Calvario en las que desde lo alto de la cruz Jesús acoge la muerte que le había sido destinada. La madre y los díscipulos se amontonan con un único sufrimiento en lo bajo del crucifijo, mientras un poco más allá y, ocultándose como animales en su madriguera, un par de soldados se juega las vestiduras del crucificado. En la pared de enfrente, tres de los momentos que anteceden la llegada al Gólgota: “Cristo ante Pilatos”, el “Ecce Uomo” y la “Subida al Calvario” con Jesús ascendiendo, la cruz a sus espaldas, una cuesta tan empinada que hace aún más pesados los maderos que arrastra. Me es difícil ver estos cuadros sin sentir cómo una cierta debilidad se va apoderando de mi cuerpo.

En una esquina de la Sala dell’Albergo está “Cristo ante Pilatos” (1566-67). Una pausa inexplicable parece detener a cada uno de los personajes del cuadro en los gestos de una acción suspendida. Algunos judíos hablan, el anciano con su mano en alto sostiene la pluma con que inmortaliza la historia que vemos, otros tienen sus cuerpos contorsionados, mientras hay quienes alzan la cabeza intentando ver lo que sucede un poco más adelante de ellos. Los hebreos vociferantes se agolpan a las afueras del palacio de Pilatos; la estrechez asfixiante que percibimos en el espacio se acentúa con la verticalidad del cuadro que comprime la escena. La muchedumbre grita. Piden la muerte de Jesús. Abuchean. Piden la liberación de Barrabás. La violencia del hombre es oscuridad que oprime y se extiende dentro de la tonalidad del cuadro. Sólo al fondo de la congregación humana, entre las arcadas de un pórtico semioculto por columnas y un alto pendón rojo, Tintoretto hace despuntar un cielo claro que no alcanza a iluminar las penumbras de la escena sacra. 

Cristo está en el centro del lienzo, majestuosamente de pie ante la autoridad política que representa Pilatos. Envuelto en la sábana blanquísima que cubrirá su muerte, Jesús, solo entre la multitud, transmite una serenidad que no aplaca el clamor que lo condena. Como una llamarada de pureza, su cuerpo ya lleva la luz de la trascendencia que lo revela. No logro separar la vista de la luminosidad que arroja el sudario blanco resplandeciente. Permanezco de pie ante ese juicio en el que Tintoretto realzó solamente dos colores: el rojo y el blanco. Rojos son los vestidos de los acusadores de Cristo, también del color de la sangre es el traje de quien pronunciará su sentencia. Rojo es el pendón que, gracias a su verticalidad, entrelaza en la mirada la columna blanca del pórtico con la figura de Cristo, columna de reinos espirituales más duraderos que los erigidos con la piedra. Poncio Pilatos, sentado en el umbral entre los muchos y lo privado de su residencia, está flanqueado por columnas blancas veteadas de rojo. Roja es la traición como la muerte que a gritos se exige. También la cobardía del prefecto es sangre que no puede lavar el agua que baña sus manos. El lacayo, mirando hacia lo alto, no deja de verterla sobre la pusilanimidad de Pilatos, quien, evitando ser confrontado a los ojos, mira hacia el personaje que con premura entra en el cuadro. En “Cristo ante Pilatos” nadie ve a nadie a los ojos. Esa es la perspectiva negada que se impone.

El hombre de turbante blanco y rojo llega sin ser esperado. Entra en escena con paso acelerado. ¿Es la visión iluminada de Jesús lo que frena de golpe su entrada? Su cuerpo es el sobresalto que su mano pone en evidencia. ¿Qué está sucediendo? Estas palabras de desconcierto parecen retumbar en quien intuye el destino de Jesús está pronto a cumplirse. ¿Quién es este testigo de la condena de Cristo y de la liberación de Barrabás? En su evangelio San Juan sugiere sea Pedro, a quien Jesús le había advertido que lo negaría tres veces antes de que despuntara el alba, también le había anunciado en metáforas su muerte cercana. Quizá sea Pedro. Quizá no lo sea. Sin embargo, gracias a su presencia una visión de lo inesperado toma cuerpo en la imaginación del pintor, en la nuestra.

En “Cristo ante Pilatos” Tintoretto le ofrece al escribiente una posición centrada y en primer plano; sus reverberaciones dentro de la obra parecieran ir más allá de las establecidas para quien en tiempos bíblicos debía dejar testimonio de lo que acontecía. Este personaje, su modo de estar dentro del lienzo, se tornaron en la pregunta que me adentró en la pintura del veneciano. La inquietud entonces se acentuaba, y continúa ahondándose, en una semejanza: la túnica blanca en que Cristo y el anciano escriba están envueltos; ambos llevan esa luminosidad sobre sus espaldas. ¿Acaso Tintoretto quiso equiparar el cumplimiento divino de un destino con el oficio de la escritura que glorifica la vida y lo sagrado a través de la palabra? Intento vislumbrar una respuesta dentro del mismo cuadro. El espacio del escribiente, ¿será el de la escritura que requiere de la distancia necesaria que establece el escritor con lo que narra? El viejo apoya su brazo cansado en las escaleras en que están Cristo y el prefecto, las mismas que lo separan a él de los hombres amontonados. En su cuerpo doblado pareciera delinearse la conciencia de las palabras, esas voces de historia y memoria que hacen de nosotros lo que somos.

En la vejez sentada en primer plano del hombre que nos ocupa, Tintoretto honra a los maestros en que ha mirado. ¿No recordamos en “La llegada de los embajadores ingleses” (1495-1500) de la “Historia de Sta. Ursula” de Carpaccio a la anciana señora sentada en un escalón mirando lo que nosotros no vemos? ¿Y a la vieja vendedora de huevos de la “Presentación de María al templo” (1534) de Tiziano, echada en un taburete a los pies de la escalera del templo de Jerusalén que María sube con una determinación más grande que sus años?

Veo de nuevo en los dos mantos blancos resplandeciendo dentro del cuadro con una luz que irradia de ellos y los trasciende. Una blancura que hace presente la pregunta que una noche me formulé, también la respuesta, momento de gracia trazando grafías en la hoja blanca. Recuerdo a mi querida Michaelle Ascencio quien me enseñó que todo texto escrito nace de la necesidad de iluminar oscuridades con un destello, una palabra. A ella, memoria viva, la escritura de estas páginas.