• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Texto-fobia: una nouvelle de Ricardo Azuaje

Ricardo Azuaje | Foto cortesía

Ricardo Azuaje | Foto cortesía

Hoy me gustaría hablar de Juana la Roja y Octavio el Sabrio (Fundarte, 1992), una noveleta muy bien lograda que aborda la realidad problematizada basándose fundamentalmente en la creación magistral de los personajes protagonistas

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Ricardo Azuaje (Altagracia de Orituco, 1959) es un escritor de gran talento, cosa que el lector puede comprobar acercándose a su interesante bibliografía. Entre 1986 y 2000 estuvo de muy alto perfil. Actualmente publica en su cuenta de Facebook interesantes textos de ficción y de opinión.

Hoy me gustaría hablar de Juana la Roja y Octavio el Sabrio (Fundarte, 1992), una noveleta muy bien lograda que aborda la realidad problematizada basándose fundamentalmente en la creación magistral de los personajes protagonistas.

Cuando la obra empieza, Octavio es un joven que inicia sus estudios universitarios y está  en el proceso de concretar una relación con una muchacha de su misma edad. Todo parece estar en perfecto orden hasta que, tras años de ausencia, encuentra a su madre de un modo casual. A partir de entonces, la imagen de Juana se hace presente.

Luego del encuentro en la casa de Octavio, escenario principalísimo de esta historia, la acción adquiere un ritmo apremiante. La convivencia de la madre y el hijo desencadenará un choque doméstico pero, sobre todo, desatará el lazo que ha mantenido a resguardo un sentimiento: la presencia de Juana va a despertar en el joven un camino de iniciación inesperado.

La narración se debate entre el presente y el pasado. La trama principal es el amor imposible entre ambos personajes: Juana no acepta que la llame mamá y él la considera muy alocada para verla una figura de autoridad. Hay en este lazo conflictivo una forma de afecto que constantemente roza un deseo que nunca llega a consumarse. Es también, un amor trágico: una vez que Octavio logra una mejor cercanía con su madre, la perderá para siempre.

Para dar forma al relato, Azuaje elige la narración en segunda persona acertadamente. Así se expresa el deseo perenne de acceder al otro que es lo que le da el pulso agónico al personaje protagonista y al texto como un todo.

No es esta, sin embargo, la única agonía. Juana, por su parte, está comprometida en una lucha de la que llega a dudar pese a su apasionamiento. Su compromiso político está enmarcado en la acción guerrillera de los años 80, cuando las utopías ya no gozan de la solidez del pasado y cuando la esperanza ya ha sido bastante roída por el devenir histórico.

El autor recurre a imágenes binarias para mostrar la realidad textual: Juana y Octavio representan roles invertidos tanto a nivel de ideología política y estilo de vida, como, en un plano más íntimo, por la confusión de quien es el portador de la autoridad en ese curioso vínculo.

Sobre la base de estos contrastes permanentes, Ricardo Azuaje logra una de las mayores virtudes de la nouvelle: una textura de constante sugerencia, el surgimiento de una posibilidad sutil sobre el fondo de una realidad plana en apariencia. Gracias a estos pares, a veces próximos, otras, lejanos, la historia adquiere múltiples connotaciones. El recurso estético elegido es la segunda persona que “confunde” por momentos el objeto del discurso: de la madre a la novia y viceversa. Al punto de que progresivamente el personaje de la novia va perdiendo espacio textual ante la presencia cada vez más erotizada de Juana.

Desde el momento en que Juana entra en la vida, en la casa, de Octavio, comienza una serie de reminiscencias por parte de él que irán trocando en aproximación su inicial rechazo a la madre. De hecho, Octavio vive un proceso de iniciación muy complejo pues se da casi en paralelo en las relaciones con su madre y su novia. La sensualidad adquiere un carácter edípico casi desde la primera página: “ella parada en la puerta con los brazos extendidos dice acércate”. Esta imagen es recurrente en el texto y sintetiza, metaforiza la relación entre ambos: abrazo y despedida, deseo casi consumado, adiós definitivo y beso en los labios en la carretera antes de que Juana desaparezca para siempre. El autor creó un texto muy sobrio que sortea con éxito las trampas del melodrama.

Junto con esta historia íntima, se presenta un retrato de Caracas. Hablar de la Caracas de los 80 es retratar una ciudad herida por los trabajos de construcción del Metro, congestionada por un conjunto de dispositivos que la congestionan pese a que la intención al implementarlos es la contraria. Se trata, también, del dibujo de una época clave para mi generación que es, diría yo, la misma de Azuaje. En los 80 las luchas ideológicas estaban en receso (pensaba yo que acabadas) y es en ese marco que se da la lucha de Juana. Su hijo es el primero en señalar este desfase. Este retrato de época se completa con la articulación de la ficción con un episodio de la realidad extratextual: Juana morirá en la masacre de Cantaura ocurrida en 1982.

El manejo del espacio privado, la casa, por parte de los protagonistas da la clave de las personalidades opuestas y de la evolución de la relación. El orden y los objetos de Octavio se vincularán con ese otro modo de orden de Juana y con otro tipo de objetos y referentes culturales: Octavio es sabio y sobrio, “Sabrio”, y Juana es hippie, “Loca”.

El espacio privado es tan importante que podría prescindirse de cualquier otro escenario. Por ello, la ciudad, las marcas de sus posibles rutas, aparecen de fondo como recursos complementarios que redundan en la verosimilitud de lo contado. En cambio, la historia que tiene lugar en ese espacio público no es prescindible; todo lo contrario: define el final de la noveleta.

Pero definitivamente, si algo tiene un gran peso específico en esta novela breve es la presencia del deseo. Octavio, aparentemente un ser básicamente cerebral, lógico, es presa del deseo. Así, la puerta siempre cerrada del cuarto de su madre es percibida como una prohibición.

Hay un lirismo muy sutil en toda la obra. Con escasas metáforas que apenas se distancian del habla coloquial, y el uso del estilo indirecto libre, se construye una historia de amor imposible entre madre e hijo; y también la de una época llena de imposibles: ¿Qué otra cosa es un tiempo sin utopías (y allí están las víctimas para probarlo)?; y, en última instancia, de la condición humana. Así, Juana “plagia” el poema “Derrota” de Rafael Cadenas.

Octavio no puede recuperar a Juana como madre, no puede dejarse llevar por ese otro sentimiento que los une, ni puede vivir ajeno a todo ese otro mundo como se lo propone a sí mismo al principio del libro.

Al final, Juana y Octavio pierden sus apodos de “Loca” y “Sabrio”. Y el lector cierra con tristeza ese conjunto de páginas que lo cautiva, no tengan ustedes dudas de esto, y que es una prueba más, ciertamente no la única, del talento y la complejidad literaria de Ricardo 
Azuaje.

Este artículo de hoy es una invitación a leer a Ricardo Azuaje. No se pierdan ese goce.