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Texto-fobia: S que no se llama

S que no se llama

S que no se llama

“La historia se aproxima al esquema policial clásico: un enigma (un asesinato) que requiere solución; una serie de pistas a desentrañar y un personaje o voz narrativa que intenta el desvelamiento”

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Alberto Guaura (Caracas, 1948) es autor de la novela S que no se llama (Caracas: Monte Avila, 1983). Además de Desde los otros lugares (Celarg, 1982) y el poemario Industria Textil (Fundarte, 1985). Se formó en los Talleres del Celarg y Calicanto siguiendo los postulados de la narrativa experimental. Fue junto con Lourdes Sifontes uno de los principales exponentes de esta tendencia cuyo maestro en nuestro país fue Oswaldo Trejo.

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S que no se llama se construye sobre la base de un enigma: el texto, por lo tanto, aparece cargado de claves que el lector debe descifrar. Diversas voces narrativas expresadas a través de distintas personas gramaticales que se expresan en variados tonos y aportan fragmentos específicos de la historia que hacen que este texto ofrezca más de una lectura posible. Barthes: “Cuanto más plural es el texto, menos escrito está antes de que yo lo lea” y “en el texto plural no puede haber estructura narrativa, gramática o lógica del relato” salvo que esa pluralidad sea más o menos parsimoniosa.

En los textos clásicos, la polisemia se logra mediante la connotación, lo que ofrece al lector la posibilidad de alejarse solo ligeramente el nivel puramente referencial y, en caso de no poder o no querer captar la sutileza, hacer la lectura referencial sin ningún problema. La connotación abre la puerta a una lectura diferente pero no opaca la historia, de modo que esa pluralidad no se vuelve perturbadora. Pero en la medida en que esta característica del texto socava la estructura comunicativa estándar de la lengua, colocándose en tanto significante por encima del significado, en la medida en que descubre sus propios mecanismos internos y se muestra artificial, se produce un quiebre en el acto comunicativo que afecta la recepción de la obra por parte de un público amplio. Este es el caso de la novela de Guaura.

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S que no se llama no es un libro de lectura fácil: el lenguaje o los lenguajes usados, la alteración de la sintaxis y el uso de palabras en un nivel intermedio de evolución filológico; lo oscuro de la trama y lo abigarrado de la de la estructura, hacen de ella un texto difícil Ya en el título del libro hay una advertencia al lector pues sustituye el pronombre demostrativo (ese) por una sola letra (s) en virtud de su equivalencia fonética. Otro ejemplo es la elección de los nombres para cada apartado de la novela: Preludios, Balada, Impromptus la cantata y la fuga: el autor recurre al código de las grandes formas musicales pero altera su orden conocido.

La historia se aproxima al esquema policial clásico: un enigma (un asesinato) que requiere solución; una serie de pistas a desentrañar y un personaje o voz narrativa que intenta el desvelamiento. La mitad de la historia no se conoce y es necesaria para que los personajes puedan restituir su vínculo con la realidad. La búsqueda supone dos planos: el inmediato (descifrar el asesinato) y uno mediato (la restitución de un sentido).

La llegada del escritor, el más enigmático de los personajes, lo cambia todo. La novela no da señales de cómo eran las cosas antes de que él llegara. La obra se asienta en un vacío de sentido. El escritor, de quien los otros personajes no conocen datos concretos, solo es identificado porque siempre lleva un sobretodo blanco y vive en “los rojos espacios”, en la pensión de los “rojos mosaicos”, los convierte en objetos de su observación. A la par que observa, escribe y, así, los dota de una nueva existencia.

Sus palabras hacen que los personajes logren acercarse a la existencia segunda, por la invención “acaso por una cierta aseidad permanecido” sin la cual habrían perecido en ese vacío de historia.

Un día esto cesa:

“Cuando desistió de las invenciones de las que nos originamos, cuando empezaron a apagarse los rojos (…) cuando apareció concluida la rigurosa observación (…) apareció en la vigilancia de sus encuentros con la muchacha y después con la otra mujer cuyas procedencias ignoramos, tuvimos el presentimiento de una derivación irrevocable, y de que el final se nos aproximaba peligrosamente” (pp.45-46).

Sin embargo, la palabra sobre el muro de la plaza (uno de los poquísimos espacios mencionados), sigue siendo la clave de la organización de la realidad: “Fabiola, esta noche en el circo…S” (p.15).

El personaje que se encarga de la pesquisa luego de la partida del hombre y del crimen, termina por atar cabos: en el pasado del hombre hay un lugar, Ulldress y un amor, Ariadna. Cuando esta lo busca, se entera de la presencia de Fabiola.

La pesquisa, sin embargo, no garantiza nada. Indicios, personajes, hechos, la historia misma, adquieren un carácter etéreo, inasible, informe. Conocer el sentido, la verdad es imposible.

El tiempo no se corresponde con el devenir biográfico propio del relato no experimental; sino que se concentra en los puntos de crisis claves para el despeje del enigma. El lector no sabe cuánto duró la permanencia del escritor del sobretodo blanco ni sabe cuánto tiempo ha pasado desde el episodio de Ulldress, único dato conocido de su pasado. No hay marcas cronológicas de un orden único del desarrollo de los hechos: “un tiempo mar, sin puerto, a la deriva el ala de surcar su desmesura…”.

El espacio es igualmente impreciso: Ulldress como lugar pasado y remoto; imágenes borrosas de la plaza; el muro y la habitación de rojos mosaicos que habita el hombre del sobretodo. No hay modo de establecer de establecer una relación de proximidad o distancia entre estos sitios.

De los personajes, nada sabemos: quienes son cuantos, que hacen, cuántos son los convocados por el escritor. Carecen de tridimensionalidad. No poseen ningún rasgo interior. Solo sabemos de ellos cuando aparecen.

Espacio, tiempo y personajes se presentan informes, como signos carentes de un sistema que los remita a una estructura mayor que les dé sentido. Por esta razón, la resolución del crimen no se consume, ni el lector puede apropiarse enteramente del texto.

El quiebre de esta unidad de sentido genera un efecto radical. La experiencia de los personajes está mediatizada por la confusión y, al ser dotados de una existencia segunda por el personaje escritor, podrían ser percibidos como hologramas, imágenes que pueblan un aparente vacío.

La archiescritura, la exhibición de la artificialidad de la escritura, pueden ser vistas más allá de un mero experimento y dar constancia de una condición existencial dentro y fuera del relato.

Es interesante que, pese al abigarrado experimentalismo de S que no se llama, Guaura crea una trama que es posible seguir; es decir, la anécdota no está borrada por completo.

La escasa recepción de la novela –es poco conocida y poco leída–, desde el momento de su publicación hasta hoy pese a que fue premiada en 1882 en la Bienal Pocaterra, hablan de una actitud prejuiciada y generalizadora de todo lo que pueda llevar la cinta de “experimental”.

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Alberto Guaura es un autor de obra breve pero muy interesante. Su obra es densa pero muy gratificante. Para mí es toda una aventura leerlo. Los invito a acercarse a este autor.