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Texto-fobia: La casa en llamas

“La casa en llamas” por Milagros Mata Gil | Foto Cortesía

“La casa en llamas” por Milagros Mata Gil | Foto Cortesía

“La novela cuenta la vida de Armanda Guzmán, marcada desde su infancia por un origen oscuro asociado a la turbulencia política venezolana”

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La casa en llamas (1989, Premio Fundarte 1987) de Milagros Mata Gil es una de las novelas mas destacadas de la literatura femenina venezolana de los 80.

Marta Traba atribuía a la estructura femenina las siguientes características: Insistencia en el emisor; tendencia a encadenar los hechos en vez de relacionarlos en un nivel simbólico; presencia de la autoexplicación por encima de la interpretación; continua intromisión de la realidad de la ficción; utilización de la memoria como recurso; y, decía, que el discurso tiene como referente una realidad ajena por oposición al discurso masculino que es mas proclive a la autorreflexibilidad.

En La casa en llamas hay un personaje femenino que funciona como ente enunciador del texto y refiere fragmentaria y asistemáticamente la historia de su vida entremezclada con episodios del devenir del país. De este modo, por una parte estamos frente a un relato que se circunscribe a la vida de un narrador protagonista, y a la vez, tenemos acceso mediante estas y otras voces narrativas a la historia nacional, específicamente al proceso de modernización desde la época gomecista hasta la crisis económica de 1983.

La novela cuenta la vida de Armanda Guzmán, marcada desde su infancia por un origen oscuro asociado a la turbulencia política venezolana. Este aspecto es interesante porque podría verse lo que Néstor García Canclini llama el desconocimiento del contrato social en el melodrama. Y es que, ciertamente, el inicio de la novela tiene mucha cercanía con este género –amores contrariados, disputas entre las familias rivales de los amantes, rescate de la doncella por parte del enamorado, etc. La protagonista alcanzará la plenitud de la vida burguesa en la época de Pérez Jiménez. Posteriormente sufrirá un cambio radical de fortuna al ser repudiada por su esposo debido a la pérdida de un hijo. Luego entrará a la vida bohemia, a la guerrilla y finalmente volverá a la casa materna de donde salió, lo que le da carácter de circularidad a la estructura de la novela, para encerrarse. Desde allí narrará su vida y morirá en un incendio de claros visos suicidas.

La historia es narrada desde varios puntos de vista: la voz de la protagonista desde su confinamiento, otros personajes que se refieren a la vida de Armanda, y un títere que en tanto objeto inanimado localizado en el interior de la casa, representa la presencia exacerbada del espacio del encierro. Todo esto produce una visión estereoscópica, ya que cada narrador aborda la historia desde una perspectiva distinta. Paralelamente se incorporan otros discursos de diversa naturaleza, por ejemplo, la prédica del Profeta Enoch, que en apariencia nada tienen que ver con la novela, pero que a la larga ayuda a definir el mundo representado.

La estructura es cíclica: la novela comienza y termina con el episodio del incendio de la casa narrado con idénticas palabras. El estilo, el lenguaje, varía según la voz del narrador de turno. Cada uno de estos discursos se presenta como monolítico, sin fisuras aparentes, como portador de una verdad.

La estructura de La casa en llamas tiene mucho que ver con la forma en que Milagros Mata Gil enfrenta el proceso de escritura: ”Creo que todos tenemos la influencia del cine y la televisión que nos ha enseñado a trabajar con secuencias lo cual permite manejar una pluralidad de perspectivas y hacerle mas fácil la tarea al lector. Uno tiene que tratar de seducir al lector (…) hay que rescatar la literatura como un placer”. Y dice también: “… la novela tengo que hacerla por partes, necesito grabarla para escucharla bien. Trabajo la novela como fragmento, como secuencia cinematográfica”.

La novela está conformada como un discurso dialogizado en la medida en que cuestiona verdades oficiales, desde el rol de la mujer en la sociedad patriarcal de inicios del siglo XX, pasando por el esplendor de la vida burguesa, y la decepción respecto de la bohemia y la guerrilla de los 60 y 70. Todos estos hilos argumentales conducen al encierro de Armanda Guzmán en la casa materna. Allí tampoco hallará la paz, pues el pueblo siempre la verá como una mujer rara de moralidad dudosa. Poco a poco el confinamiento será mayor, al punto de que la mujer y la casa se confunden – lo que equivale a otra exacerbación del espacio privado. Al final mujer y casa se destruirán al mismo tiempo.

La protagonista mira hacia atrás para encontrar el punto en que su vida perdió el rumbo. Es un viaje vano de redención. Hay en esta búsqueda una crítica a su propia vida, pero también al proceso de modernización del país; así se construye un imaginario modernizador que recorre la novela. Es oportuno recordar que su obra Memorias de una antigua primavera se inserta en la tradición de la novela del petróleo que cuenta en Venezuela con antecedentes como Mene de Manuel Díaz Rodríguez y Casas muertas y Oficina número 1 de Miguel Otero Silva, entre otras. Esto evidencia una preocupación de la autora por rescatar la historia, por aproximarse a la esfera pública desde el espacio privado. La Casa en llamas y Memorias de una antigua primavera se publicaron en 1989 y fueron escritas paralelamente. La primera se inspira en la decadencia de Ciudad Bolívar, que llegó a vivir el esplendor del oro y el caucho. La segunda recrea, bajo nombre ficticio, la historia de El Tigre, pueblo venezolano que surgió gracias a la explotación petrolera y que quedó reducido a la pobreza con el final de este.

Si, como decía Roland Barthes, el remedio de la novela realista contra el aburrimiento es la ironía, Milagros Mata Gil en La casa en llamas se apoya en la diversidad de discursos. No apuesta, por tanto, a la estructura lineal. La novela no se adapta al modelo clásico, sino que persigue cierta ambigüedad a nivel formal lo que exige del lector deshacer incógnitas, relacionar aspectos aparentemente distantes para armar la trama, una trama armada a medio camino. La historia es fundamental y decodificable; pero el receptor debido a la estructura del texto, debe hacer ciertas operaciones para construir la linealidad. Esto contrasta con las declaraciones de la autora arriba mencionadas de que hay que facilitarle la tarea al lector. Aunque su propuesta narrativa sea lograr la fragmentariedad del relato cinematográfico, La casa en llamas lleva esa fragmentariedad a un punto que va mas allá del que nos tiene acostumbrados el discurso audiovisual de la industria de masas.

Al plantearse una estructura formal alejada del modelo clásico, esta resulta insuficiente a falta de un  trabajo mas sutil a nivel del significante, que pudiera generar cuestionamientos profundos desde la óptica femenina de los valores establecidos.

Margara Russotto ha señalado que la escritura femenina se apoya en un sujeto en formación y que esta característica propicia en buena medida su grado de marginalidad. En La casa en llamas prevalece un sujeto único, pese a que hay voces diversas, y, por otra parte, la estructura formal no contribuye a acercar al lector, a facilitarle el acto de decodificación. Esto implicaría un desfase entre la teoría y la praxis de la autora.

Independientemente de este handicap, es fundamental en la novela la representación de una periferia que se expresa en la historia de una mujer que sufre la autoridad patriarcal en las figuras del padre y del esposo, y que no encuentra salida en el espacio público de los movimientos contestatarios de la guerrilla y la bohemia. El confinamiento final voluntario es la expresión del desencanto ante su historia personal y ante el descubrimiento progresivo de que el espacio social también es un fracaso; por eso es significativo que la obra finalice en 1983, fecha clave en la crisis económica nacional que marca el fin del sueño desarrollista y puede leerse a la distancia como una de las primeras señales, quizás la primera, de la nueva realidad que nos arropa hasta hoy.