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Texto-fobia: Epistemología y lingüística XVIII y XIX

Foto: Archivo

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“Todas las lenguas están ordenadas por las mismas leyes del pensamiento que son únicas y, por lo tanto, todas las lenguas se organizan según las mismas categorías gramaticales. Este será, de hecho, el criterio de comparación entre las lenguas”

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El Diccionario de la Real Academia Española ofrece tres definiciones de episteme:

–En la filosofía platónica, el saber construido metodológicamente en oposición a las opiniones individuales.

–Conocimiento exacto.

–Conjunto de conocimientos que condicionan las formas de entender e interpretar el mundo en determinadas épocas.

Para efecto de estas notas me apoyaré en la tercera definición.

El siglo XVIII y el siglo XIX son considerados claves en la historia de la lingüística por lo que aportaron en su momento y por la significación que estos aportes han tenido para la configuración de la lingüística actual.

De una manera general, puede decirse que en el siglo XVIII hay un predominio de la episteme racionalista y en el siguiente, una preeminencia de la episteme empirista.

En el caso del Racionalismo se manifiesta en los postulados lingüísticos de la escuela de Port-Royal con su enfoque logicista de la gramática. Mientras que la nueva episteme empirista toma forma con el nacimiento de la gramática comparada del siglo XIX.

Para los racionalistas, como señala Michel Foucault en su libro Las palabras y las cosas, el signo lingüístico se funda en la representación, lo que une a los elementos del signo en su facultad de representar. Y esta representación es coextensiva al pensamiento, equivalente al pensamiento mismo, y este se rige por leyes lógicas.

La consecuencia angular de esto es la creencia en los universales: todas las lenguas están ordenadas por las mismas leyes del pensamiento que son únicas y, por lo tanto, todas las lenguas se organizan según las mismas categorías gramaticales. Este será, de hecho, el criterio de comparación entre las lenguas.

Se trata, como dice William Urban, de un momento en el que hay una valoración superior del lenguaje, ya que la palabra coincide con una teoría de la razón que la identifica. Según este autor, la valoración superior del lenguaje implica confianza en la palabra y está acompañada por la creencia en los universales.

Hacia finales del siglo XVIII esta confianza en la palabra se quebranta con la filosofía empirista. La importancia que le confiere esta corriente filosófica al dato sensorial, pone en tela de juicio la validez de la palabra para nombrar y expresar lo no sensorial. Así, en la terminología de Urban, comienza un período de valoración inferior del lenguaje que está implícita en todas las etapas del empirismo.

Ha comenzado una nueva episteme en la cultura occidental que, según Foucault, implica para la lingüística que el signo ha perdido su capacidad de representación. Ahora el signo es autónomo, ya no remite a una realidad exterior, sino al lenguaje mismo. Las lenguas son vistas como organismos con leyes internas propias y diferentes de las de otras lenguas. Surge así la gramática comparada.

“En la época clásica, cuando dos lenguas se asemejaban era necesario o bien remitir a ambas a la lengua absoluta primitiva o bien admitir que la una provenía de la otra (pero el criterio era externo…) (...). Ahora cuando dos lenguas presentan sistemas análogos debe poderse decidir si la una deriva de la otra o si las dos han surgido de una tercera, a partir de la cual han desarrollado cada una de ellas sistemas diferentes por una parte, pero por la otra también análogos”.

Una vez que el lenguaje deja de ser representación, aparece la heterogeneidad de los sistemas gramaticales y de las leyes que prescriben el cambio en cada uno de estos sistemas. Así, entra en la lingüística el sentido de historia, pues cada sistema está afectado por una historicidad interna.

 La nueva gramática será diacrónica, pero la nueva concepción de la lengua como un sistema autónomo, funcional y regido por leyes propias, dará también lugar a los estudios sincrónicos-descriptivos, apoyados en los datos.

Con la episteme empirista se rompe el paralelismo lógico-idiomático. Esto se verá en el nuevo tratamiento del verbo “ser”. Para la episteme clásica (racionalista) el verbo era, fundamentalmente, la afirmación de la existencia, es decir, remitía a una realidad exterior. El verbo “ser” era el principal y estaba implícito en todos los verbos que eran la suma de esta cópula mas el atributo.

Para la lingüística empirista el verbo “ser” es igual a todos los demás porque cumple la misma función. Su definición no descansa ya en criterios ontológicos sino en criterios funcionales. Y la antigua división tripartita de la oración (sujeto, cópula, predicado) es sustituida por la división bipartita (sujeto, predicado). Ya no se considera al verbo “ser” como constitutivo de cada verbo porque el lenguaje, como ya hemos dicho siguiendo a Foucault, ha perdido su capacidad de representación.

Las dos epistemes mencionadas se mantienen, sin embargo, a lo largo de la historia. Así, hay obras gramaticales, como la de Andrés Bello, en las que se verá esta confluencia aunque con predominio de una u otra. Estoy pensando en la naturaleza básicamente racionalista de la Análisis y en la preeminencia empirista de la Gramática. Y en la actualidad las tendencias lingüísticas pueden agruparse en dos espacios epistemológicos claramente definidos: el estructuralismo de origen empirista y la gramática generativa de filiación racionalista.

Esto nos permite concluir que el cambio de epistemes no se da de un día para otro, sino que implica un largo proceso, y, como los discursos culturales reflejan este proceso, se producen múltiples veces confluencias como las arriba mencionadas.