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Texto-fobia: Djuna Barnes again

Djurna Barnes | Foto Cortesía

Djurna Barnes | Foto Cortesía

“Cabeza rojiza empeñada en ser ella misma a costa de la infelicidad, mejor hubiera parido seis hijos, aprendido a planchar y a cocinar, con todo detalle como debe ser, así como ya lo he aprendido yo”

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Djuna

Djuna Barnes no se moría nunca. Cercada por la terquedad de la vida, hasta desarrolló un cáncer pero no pasaba nada. Parecía verdad aquella jugarreta de juventud de afirmar que las pelirrojas, su cabello era rojizo, debían encerrarse hasta morir. Por fin murió a los noventa  años en. Pocos la recuerdan. En una visita que hice a la Rue Saint Romaine número 9 en París, donde vivió más de diez años, me topé con la ignorancia del conserje y los inquilinos. Ese edificio mítico para sus seguidores, está encriptado en el anonimato.

Estuvo a punto de ser candidata al Nobel pero su patrocinante murió en un accidente de aviación.

De vuelta a Estados Unidos, organizó una exposición de pintura (porque era poeta, novelista, cuentista, dramaturga, periodista, dibujante y pintora), y no vendió un solo cuadro. Vivió gracias a la  subvención de Peggy Gugenheim, pero la millonaria Peggy la mantenía a raya con poco dinero.

Cabeza rojiza empeñada en ser ella misma a costa de la infelicidad, mejor hubiera parido seis hijos, aprendido a planchar y a cocinar, con todo detalle como debe ser, así como ya lo he aprendido yo.

 

El bosque de la noche

Djuna Barnes (1892-1982) fue una escritora en extremo talentosa, una gran dibujante y una periodista aguda. Comenzó a escribir su obra capital, El bosque de la noche, en 1927, año de su gran ruptura con Thelma Wood. El libro fue inicialmente un ejercicio de exorcismo. Allí ficcionalizó su relación con Thelma Wood. Thelma es Robin y Djuna es Nora.

Después de muchos fracasos con los editores, el libro se publicó en 1936 gracias a Emily Coleman (con quien Barnes mantuvo una intensa correspondencia mientras escribía) y a la intervención, no sin objeciones de T.S.Eliot, quien, además, escribió el Prólogo.

Estos rechazos ocurridos, Barnes los explica a Coleman así: Los editores no consideraban que el libro fuera una novela porque no se observaba en ella la continuidad de la vida, sino únicamente puntos climáticos y poesía. También debido a que no mostraba como comían las personas, como se ganaban la vida, como se vestían y se quitaban los zapatos.

Unos años después, reflexionando sobre este tema, diría: “Con el artista correcto contemplamos la vida, con el artista poeta creamos una nueva”

Esta distinción entre el poeta y lo que llamaba el play home variety, la muestra incuestionablemente como una autora opuesta al realismo. Para ella el artista tenía dos posibilidades en cuanto a su creación: observar y reproducir o aproximarse a través de un sexto sentido.  La primera elección ofrecía seguridad, la segunda peligro.

“Quizá sea adecuado para otro, pero para mí resulta muy extraño escribir la sinopsis de un capítulo o de la trama y ese tipo de cosas y después colocar ahí mis sentimientos”.

A lo largo de la escritura de la novela, Emily Coleman fue una interlocutora privilegiada a quien Barnes hizo caso en casi todas sus observaciones. Una crítica permanente de Coleman, quizá la única que Barnes no tomó en cuenta, fue respecto al personaje de Félix. Coleman  consideró que abrir la novela con el capítulo sobre Félix distraía la atención del eje central, la relación Nora-Robin (Barnes y Wood), a la vez que generaba dispersión en la estructura. Barnes defendió ese inicio de manera absoluta: La novela empezaría así porque la historia de ese judío austríaco, que se ocultaba tras un falso y ostentoso linaje, daba la medida de su lucha por la aceptación en una sociedad que lo excluía. Esta condición de exclusión, de desarraigo, es común a todos los personajes de El bosque de la noche salvo, quizá, en Nora.

Algunos críticos han considerado  el tratamiento irónico y grotesco de Félix como una postura antisemita por parte de Barnes. En mi opinión esto carece de fundamento, pues sería como decir que el tratamiento igualmente descarnado del Doctor O’Connor es homófobo.

Ambos personajes tienen mucho en común: la bastardía como condición psicológica y el enmascaramiento (Félix por su falso linaje y O’Connor por su travestismo). Son personajes escindidos y, por eso, emblemáticos de la novela, a la vez que cumplen la función de contraparte de las dos amantes. Félix se casa con Robin, el más inasible de los personajes del libro. Y O’Connor es el confidente de Nora, el personaje que más se acerca a la normalidad. Así, estos personajes cumplen una función estructural sin la cual la novela se caería.

Sin embargo, Barnes tomó en cuenta las demás observaciones de Coleman. Vale la pena detenernos en dos de ellas. La primera fue la eliminación del capítulo “Run, girls, run” que Emily Coleman consideró que desde el punto de vista estilístico (tratamiento humorístico e irónico), así como desde el punto de vista temático, desentonaba con El bosque… y recordaba a Ryder (la primera novela de Barnes).

La segunda observación fue la supresión del personaje de Catherine y sus hijos y la fusión de algunas de sus características psicológicas con de Nora. Catherine respondía a la necesidad de Barnes de mostrar como una mujer que había estado casada y que tenía hijos y que había tenido una vida normal, podía enamorarse de otra mujer. Esto era importante porque Barnes vivió una relación pública con Thelma Wood durante diez años (y con otras mujeres según la magnífica biografía de Philip Herring) y se sintió señalada como alguien que, por no haber logrado una vida convencional, había derivado en el lesbianismo. Por esto también defendía la presencia de Félix, pues a través de él, el lector llega a Robin y observa su matrimonio y el nacimiento de su hijo. Esto, a pesar de que la propia Djuna había convivido, algunos indican que casada legalmente, con el periodista y escritor Courtenay Lemon entre 1916 y 1919.

Djuna Barnes consideró a Thelma Wood como el único amor significativo de su vida. Probablemente a eso se deba su célebre frase “Nunca fui lesbiana. Tan solo amé a Thelma”.

El Bosque de la noche fue un intento de exorcisar esa tormentosa relación. En una carta le dice a Emily Coleman: “Dios sabe quién puede haber escrito tanto sobre su sangre mientras esta aun se estaba derramando… cuando yo no sabía si Thelma volvería a mi o no”.

La desconocida más famosa del siglo XX, como solía llamarse, produjo una obra variada y de altísima calidad. El bosque de la noche es su novela emblemática. Una novela de culto que aun hoy pocos leen. La primera traducción al español la hizo el catedrático argentino Enrique Pezzoni y fue publicada por Monte Ávila en 1971.

 

Thelma

Sí, respondí: yo soy Thelma Wood. De eso me acusó ella veinte años después de que acabara todo entre nosotras. Me lo dijo: eso eres aunque para negarlo lances una de tus estrepitosas carcajadas. De acuerdo, dije: ¿Quieres oír mis estrepitosas carcajadas? Pues tendrás que seguirme como antes; como hacía Nora en El bosque de la noche. Buscarme en todos los bares y emborracharte por el camino para no enloquecer. Que mientras tanto, yo me embriagaré a mi gusto y fornicaré a rabiar con todos menos contigo.