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Texto-fobia: Albor, imposible falsificar

Albor Rodríguez / Foto Cortesía

Albor Rodríguez / Foto Cortesía

“Lo peor de las tragedias no es el momento preciso en el que estas ocurren. Lo peor de las tragedias es la cotidianidad”

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Duelo (Oscar Todtmann Editores, 2015), de Albor Rodríguez es un libro sobre la tragedia y el dolor. Pero es sobre todo, un libro sobre la condición humana. Comienza con un acto sacrificial: el corte del cabello “lo más corto posible” de la madre que ha sufrido la muerte de su único hijo de año y medio de edad. Es inocente. Mujer y criatura inocentes atrapados en la vorágine de la existencia misma. De su lado menos comprensible y más cruel. Ha perdido a un bebé en un accidente trágico en su propia casa. Pero cómo no preguntarse si se hubiera podido evitar. Toda muerte deja un sentimiento de culpa; hasta los duelos más sanos y mejor elaborados.

Una vez, siendo adolescente, le pregunté a mi papá cómo era perder a los padres. Él me dijo que era muy complejo, que no sabía que decirme y quiso cancelar el tema. Pero yo insistí y el respondió: “Uno nunca más vuelve a ser la persona que era antes”. Esas palabras me impactaron. Atisbé una dimensión terrible de la existencia. Con el tiempo sobrevinieron las muertes y confirmé, viví y vivo, la verdad de esas palabras. No tengo hijos pero siento, sé, que perder a un hijo es aún peor que la muerte de los padres.

Lo peor de las tragedias no es el momento preciso en el que estas ocurren. Lo peor de las tragedias es la cotidianidad. Porque una tragedia no nos mata. Nos deja mas vivos que antes. Nos da una “razón de ser”. Una identidad. Una vida que no se acaba: Una agonía.

Con el corte de cabello, Albor Rodríguez está escenificando, nombrando por la contundencia de los hechos, la pérdida sufrida. Un hijo es la extensión del cuerpo de la madre. Porque está precedido por el embarazo. Al sacrificar su cabello, Albor re-crea la amputación del hijo. La maternidad es una condición física, incluso, podría decirse, antes que psicológica. Toda psicología es una emergente de la biología. Toda hembra viva puede engendrar y dar vida. Los animales son feroces en la defensa de sus crías. Un ser humano lo es aún más porque a la condición de fisicalidad se suma, como dos caras inseparables de la misma moneda, la actividad de la psiquis.

Anais Nin dice en su Diario que hay quienes carga a sus muertos colgando del pecho como quien carga cruces. Albor Rodríguez escribe desde la cruz que cuelga de su cuello. Por eso el libro es tan contundente y tan universal. Un libro que en cualquier contexto se impone por su leit motiv y por su resolución.

La muerte nos iguala a la vez que nos diferencia a todos. Nos iguala en la precariedad, la inexistencia de la inmunidad. Nos diferencia en la asunción de la cotidianidad que le sigue. La muerte implica una doble operación de significación: nos define por la carencia, esto es, nos define por la ausencia del otro; y nos define también por la lucha de supervivencia, sana o enferma, mejor o peor, que le sigue.

Por eso el retrato que conforma el libro es doble: la madre, Albor; y el hijo, Juan Sebastián. Albor recurre a su historia personal como a un ancla que la mantenga aferrada a un centro. Y sabemos del relato cargado de ternura sobre su hijo. Todo confluye y parte de una única conciencia, la de ella, quien vive porque “La vida es física”.

Prevalece la condición de madre que se la dadora de vida y que por lo mismo entra en una relación simbiótica: si la madre muere, el hijo muere; y si el hijo muriera, la madre podría morir. El hijo es durante el embarazo, y también una vez nacido, una extensión del cuerpo de la madre.

Así Albor se retrata a sí misma dejando sus cabellos sembrados en la tumba de Juan Sebastián. O acostada al borde de la piscina como esperando una epifanía, una respuesta.  Y la simbiosis tiene su lado de mutilación. El cuerpo también es la casa. Una casa tomada por el ausente que se hace omnipresente en el hogar. Y ella, para sobrevivir, va clausurando espacios hasta quedar reducida a una casa tomada.

Duelo es un libro que de tanto ahondar en el dolor, es portador de redención. No quiero decir que haya un pecado que purgar, pues la madre no ha cometido ninguno. Sino una redención de la condición humana como dije al principio. Y es un libro doloroso. Que atrae y asusta. Que es inevitable. Obligatorio. Y es todo esto porque no permite inmunidad.