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Texto-Fobia: Si yo fuera Pedro Infante

Eduardo Liendo escritor. | Foto Henry Delgado - Archivo El Nacional

Eduardo Liendo escritor. | Foto Henry Delgado - Archivo El Nacional

“Eduardo Liendo narra la historia de un hombre común, un oficinista que, por motivos de enfermedad se ve obligado a sufrir una larga convalecencia”

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Jesús Martín-Barbero ha señalado que el melodrama está profundamente enraizado en el imaginario colectivo latinoamericano, expresado en forma de tango, telenovelas, cine mexicano o crónica roja.

Citando a Edgard Morin, Martín-Barbero afirma que hasta los años 50 el cine mexicano fue la columna vertebral de la cultura de masas en nuestro continente porque el cine conecta con el hambre de las masas por hacerse visibles socialmente. El cine funciona como un mediador en la constitución de la nueva experiencia de la cultura urbana; es decir, media en el proceso modernizador de los años 40 y 50.

Si yo fuera Pedro Infante de Eduardo Liendo entronca en la tradición de la novela urbana  de Guillermo Meneses y Salvador Garmendia. Ambos autores retratan la urbe de los 40 y 50: una ciudad que no termina de serlo. Liendo se sitúa en otra perspectiva, ya que trata el mismo tema desde el punto de vista del recuerdo y recurriendo a la cultura de masas para dar cuenta de la misma problemática. La elección de una perspectiva diferente es lo que da valor y carácter de novedad a la novela. Como muchas de las manifestaciones de fines del siglo XX Si yo fuera Pedro Infante cuestiona la modernidad, no desde el centro mismo sino apoyándose en recursos formales y puntos de enfoque nuevos que redundan en un distanciamiento.

Una de las características que Celeste Olalquiaga atribuye a la posmodernidad es la nostalgia por tiempos pasados. Dice la autora que esta es una característica que se enraíza en la modernidad. Ya desde que Walter Benjamin observó que con la modernización de la vida diaria, la experiencia del hombre quedaba reducida a fragmentos y sujeta a la discontinuidad, la mirada hacia etapas anteriores es un intento por restablecer la unidad de la experiencia.

Eduardo Liendo narra la historia de un hombre común, un oficinista (y en esto, de algún modo se vincula a la narrativa garmendiana; pensemos por ejemplo en el tema de La mala vida, de 1976) que, por motivos de enfermedad se ve obligado a sufrir una larga convalecencia. Durante ese tiempo, una noche, la alarma de un automóvil no lo deja dormir. El personaje, Perucho Contreras, se siente totalmente disminuido y reflexiona sobre cómo sería su vida si él fuera Pedro Infante, su héroe de la adolescencia. Durante toda la noche hace una evaluación de su condición de “pequeño ser” y contrasta su carácter de antihéroe. Por eso, todo el tiempo su vida se entrecruza con la de Pedro Infante. En su mirada nostálgica vuelve al pasado, reconstruye su vida en el barrio, recuerda a los amigos de la pandilla y, simultáneamente, reconstruye también, usando la primera persona, la vida de Pedro Infante.

La vida de Perucho Contreras se parece mucho a los personajes de Garmendia: seres disminuidos, entregados a un trabajo rutinario, oscuros, sin aparente salvación posible. Durante la convalecencia, Perucho se dedica al lamento por una vida que ya, en plena cuarentena, no tiene posibilidad de reorientación. Entonces, como el presente no tiene gratificaciones, la mirada se dirige a su pasado de adolescente, cuando todo parecía posible; y a la vida de su héroe Pedro Infante, quien encarnó todos sus ideales. Hay humor, ironía, pero todo está condenado a la futilidad: Perucho volverá a su trabajo cuando se recupere; Pedro Infante está muerto, y su adolescencia es irrecuperable, así como también lo son la ciudad y el barrio, que ya tienen poco que ver con lo que él conoció.

No se trata de una reconstrucción “retro” de los años 50, tan de moda en el contexto de los años 80, sino del proceso contrario. Mientras en el “revival” el emblema se presenta aislado de su contexto histórico; en la novela de Liendo se produce por parte del protagonista una toma de conciencia de que esos eventos no pueden ser ya más que recuerdos y que, por ende, no modificarán su vida. El signo, sin embargo, no se agota en la alegoría, pues aunque no logra la conexión simbólica con un paradigma que lo jerarquice; tampoco es visto con naturalidad en el plano del emblema: para el protagonista estos signos siguen conectados con un paradigma histórico. El problema es que ese paradigma ha quedado en el pasado y él no logra actualizarlo. Pero esto no vacía a los emblemas en tanto signos y, justamente en eso radica la nostalgia. Liendo nos muestra a un ser humano a caballo entre dos realidades y parte de la nostalgia se ve en los efectos negativos de la modernización de la ciudad.

La dialéctica tradición-modernidad no desaparece en ningún momento, y la alternancia entre pasado y presente es una adecuada expresión formal de esto. Así, forma y contenido; historia y discurso, apuntan en la misma dirección.

Esta dialéctica tradición-modernidad tiene como lugar de puesta en escena a la cultura popular, específicamente el cine mexicano y el melodrama. Mijail Bajtin, al estudiar la cultura popular, la sitúa sobre dos ejes: la plaza pública como espacio y el carnaval como tiempo. Ambos tienen en común que son la ocasión para representar la no realidad; y permitir mostrar lo no oficial, lo que normalmente no se dice. La analogía con la novela de Liendo es posible en el siguiente sentido: el cine (las películas de Pedro Infante) son el lugar de la representación, pues alteran el tiempo y el espacio oficiales. De este modo, mucho de lo dicho en la pantalla, parodia, satiriza, degrada o refleja el plano de la realidad en el nivel del recuerdo de Perucho Contreras. De este modo, las películas y las canciones populares funcionan como citas. Bajtin ha señalado  que lo grotesco y lo cómico son los dos ejes expresivos de la cultura popular. Al leer la novela, es imposible no captar el humor siempre presente, la burla o la ironía que sobre sí mismo o sobre su mundo hace el protagonista. La risa y la máscara son, entonces, los dispositivos de lo cómico y del carnaval.

En este sentido, Si yo fuera Pedro Infante, está en la línea de la novela popular por oposición a la novela sin adjetivos, tal como las define Martin-Barbero: mientras la segunda problematiza al lector, la novela popular tiende a la paz.

En relación a su proyecto narrativo, Liendo ha declarado que le molestaba la forma despectiva en que se trataba la historia, en términos de literatura inferior. Para él, la literatura sin historia (y aquí fija posición respecto a la dicotomía narrativismo-experimentalismo) es un reflejo tardío de la literatura objetual francesa de los años 50 y 60 y que los jóvenes narradores estaban abandonando para retomar la anécdota. Estas palabras pronunciadas en los años 80 han adquirido mayor valor con el paso del tiempo, así como la obra de Liendo ha continuado creciendo en cantidad y calidad.

La obra de Eduardo Liendo abarca aproximadamente cuarenta años. Ha cautivado a las sucesivas generaciones. Por ello, es un autor insoslayable en la narrativa venezolana.