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Texto-Fobia: Retrovisor 80-90

Maria Teresa Castillo | Foto Archivo El Nacional

Maria Teresa Castillo | Foto Archivo El Nacional

“La influencia de los 80 es clave por la polémica crítica que se suscitó hacia 1985: ¿Cuál debía ser la narrativa a escribir?”

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Desde principios de la década de 2000 ha ocurrido en el mundo literario venezolano lo que por tantos años fue un anhelo: el boom de la narrativa venezolana con multiplicidad de autores nuevos y consagrados, cada vez en mayor número, y de editoriales. Vale la pena, me parece, revisar algunas notas sobre los 80 y los 90.

1.-Cualquier intento de observar lo que sucede en la narrativa venezolana actual, debe partir necesariamente de sus antecedentes inmediatos: los 80 y los 90.

2.-En los 80 se produce una bifurcación interesante: el auge del experimentalismo básicamente en el primer lustro y una recuperación de la anécdota en los años siguientes. Este cambio se dio de modo radical en algunos casos y en otros de modo gradual. Ambas tendencias aparecen solapadas incluso en los 90.

3.-La influencia de los 80 es clave por la polémica crítica que se suscitó hacia 1985: ¿Cuál debía ser la narrativa a escribir? Esto también ocurre en el campo de la poesía pero es tema para otra entrega. Este debate pareció cancelado porque  los 90 parecieron acoplarse a lo que la crítica había concluido: una literatura que privilegiara la anécdota y fuera de fácil decodificación. Una vista más atenta deja ver que aun en los 90 la bifurcación no desapareció del todo, sino que sobrevivió tímida y solapadamente: siguieron apareciendo textos de difícil legibilidad pero la adhesión pública y manifiesta al Experimentalismo se silenció.

4.-También hubo una razón práctica para esta “amplitud”: se esperaba que el abandono del experimentalismo diera paso a una recepción amplia y esto no ocurrió en los 90 salvo excepciones como Eduardo Liendo, Israel Centeno, Ana Teresa Torres y Ednodio Quintero, para nombrar los más notorios. En cambio los planteamientos cercanos a los mass media y a la literatura de género no tuvieron mayor trascendencia. La tendrían, sí, en el nuevo milenio.

5.-Un balance de la década de los 80 nos lleva a reconocer una apertura de temas y técnicas, así como una aceptación de la necesidad de trascender el ghetto literario. Como dice Pierre Bourdieu: cuanto más responde una obra a las exigencias de la comunidad artística, menos accesible es al gran público. El deseo de esta amplia recepción no se cumplió y la discusión experimentalismo-narrativismo perdió vigencia y creo que mencionarla hoy es sacarla del cajón del secreter.

6.-Miremos el Concurso de Cuentos de El Nacional en los 80 cuando se producen dos hitos entre los diversos ganadores. En 1982 Lourdes Sifontes gana con “Evictos, invictos y convictos” dentro del experimentalismo más radical de la época. Y en 1987 triunfa Angel Gustavo Infante con “Joselolo” que rescataba la oralidad y la referencialidad. Ambos cuentos generaron escándalo. El de Sifontes porque “no contaba nada” y el de Infante por el manejo estético que exacerbaba la ficcionalización de la oralidad.

7.-Ya en los 90, podíamos contar con un amplio corpus narrativo nacional. Cultores del realismo: Israel Centeno (que en obras posteriores, desde Exilio en Bowery, también de esta década, se aleja de estos postulados), José Roberto Duque (recordemos Salsa y control, Monte Avila, 1996, uno de los libros más comprados de la Feria Internacional del Libro de Venezuela ese año), Ricardo Azuaje, Angel Gustavo Infante, Cristina Policastro, Milagros Socorro, textos de los libros iniciales de Stefania Mosca, Eduardo Liendo,  Ana Teresa Torres, etc. Muchos de ellos desde posiciones ideológicas diversas revisan los traumas históricos de 1989 y 1992.

8.- Slavko Zupcic, Stefania Mosca, Armando Luigi Castañeda, Juan Calzadilla Arreaza se plantean el quebrantamiento del lenguaje y la estructura narrativa como un modo de cuestionar las convenciones discursivas que sostienen una realidad confusa.

9.- Por otro lado están los escritores que retoman la literatura de género. Es el caso del policial con Luis Felipe Castillo, José Luis Palacios, Pablo Cormenzana (Inolvidable su maravilloso Un caso delicado), o Pedro Rangel Mora.

10.-Están quienes beben de las fuentes de la cultura popular: César Chirinos (Mezclaje, Sombrasnadamás), Eduardo Liendo (Si yo fuera Pedro Infante), Angel Gustavo Infante (Cerrícolas), Carlos Arribas (No pidamos la luna).

11.- El modelo cultural que prevaleció en los 80 y  los 90 fue la crisis de los parámetros que hasta entonces jerarquizaban el orden social, político y cultural. La crisis, en tanto modelo, sigue vigente pero con un resurgir de nuevos relatos e ideologías que llenan el vacío que dejaban, al menos visto en la época, los tradicionales ilustrados de la modernidad. Reificación, discontinuidad, anonimato, sustitución de la causalidad por los símbolos fueron las críticas principales. Lyotard: la posmodernidad es una etapa marcada por la caducidad de los grandes relatos del proyecto moderno que se expresa principalmente en el agotamiento de las filosofías de la historia (Ilustración y Marxismo); el quiebre de la noción de sujeto individual o colectivo como pivote del discurso; y la fragmentación de los sistemas explicativos del mundo  de acuerdo a jerarquías organizadas según un principio unitario. Todas estas condiciones daban lugar a la redundancia del carácter fragmentario de los discursos, al cuestionamiento de la subjetividad y la originalidad de un sujeto más que nunca escindido, y a la difuminación de las fronteras entre centro y periferia, alta y baja cultura.

12.-Con la declaración del agotamiento de los grandes relatos se cuestionaba la prevalencia del proyecto moderno de las nociones de  progreso, racionalidad, Occidente como eje de irradiación, lo masculino y lo adulto por encima de lo tradicional, lo popular, la diferencia racial o sexual, la periferia. Este cuestionamiento tiene raíces en los 60 y los 70 pero explota en los 80 y sigue, como una extensión de infarto, en los 90. No sé si el paciente, a la fecha actual está rehabilitado, muerto o enfermo de otra cosa.

13.-Desde una perspectiva feminista, Nelly Richard entiende el posmodernismo como la combinación indiscriminada de teorías y estilos, así como saberes cotidianos y académicos que generan significados ambivalentes,  susceptibles de ser interpretados “en clave de reacción” (esto es el neoconservadurismo) o “en clave de resistencia” (surgimientos de nuevos abordajes cuestionadores del oficialismo). Richard encuentra que pese  al carácter incompleto de la modernización latinoamericana y al sello metropolitano del debate posmoderno, se trata de un discurso útil pues, si por un lado tiende a la centralización del poder económico y cultural, por otra abre una posibilidad de refuncionalización crítica que enfoca aspectos de nuestra condición cultural hasta entonces excluidos.

14.- Hoy esto suena remoto y necesario a la vez desde mi punto de vista. Este es solo un asomo arqueológico para dar luz verde a una intromisión en el presente. Un presente de la más alta conflictividad política, social y económica de los últimos cien años venezolanos, en los que muchas cosas se han derrumbado pero que, y porque, se ha hecho necesario mirarnos a nosotros mismos en un intento de reconocernos ante el desconcierto y la incertidumbre. El trauma, somos un país sumamente traumatizado a escala exponencial, todos lo sabemos. La búsqueda letrada, me lo comentó Roberto Echeto hace más de diez años, empezó con la indagación periodística y el análisis político. Luego, de nuevo como una extensión, afloró en una literatura amplia, vigorosa, de calidad que ha logrado, por fin, conquistar el mercado (editoriales y público). Un buen momento muy esperado, que hoy  se ha hecho realidad.