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Texto-Fobia: Lacan

Jacques Lacan / cortesía

Jacques Lacan / cortesía

“Mi conocimiento de Lacan es tímido y entusiasta. Sobre esta barca inestable se apoya el artículo de hoy”

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Jacques Lacan en medio de la euforia generalizada por el Mayo Francés de 1968 dijo una frase lapidaria: “Los revolucionarios son histéricos en busca de un amo. Y lo tendrán”. También solía decir a sus seguidores: “Ustedes son lacanianos. Yo freudiano”.

Mi conocimiento de Lacan es tímido y entusiasta. Sobre esta barca inestable se apoya el artículo de hoy.

El gran aporte de Lacan es la concepción del inconsciente estructurado como un lenguaje. Así, palabras más, palabras menos, el valor único del ser se sostiene en un valor que es esencialmente de lenguaje.

 El acto real, fundante, lo sitúa del lado masculino. No se trata de las dicotomías activo-pasivo, espiritual-sensual, cultura-naturaleza lo que diferencia el polo masculino del polo femenino. Pues, donde la posición masculina se presenta como el todo, la posición femenina se muestra en el lugar del no todo, de lo incompleto que desestabiliza la ilusión del saber como totalidad.

Es conocida su lectura de Antígona de Sófocles de donde infiere una ética de la particularidad del goce. No se trata de la ética aristotélica, sino de los discursos en que ese goce se pone en juego en tanto objeto causa del deseo. “Una ética se anuncia, convertida al silencio, por la avenida, no del espanto, sino del deseo”.

En sus Escritos (1989) está incluido un texto de 1960 titulado “Para una ética”. Allí plantea que no hay otras leyes que no sean las del lenguaje y las del goce y, este planteamiento del deseo y su reverso, que es el goce, presupone admitir que el lenguaje es para el sujeto algo más que un mero instrumento de comunicación; es su hábitat.

La existencia humana transcurre por el traumático desplazamiento de la cadena significante (irrupción de la palabra del otro y del deseo del otro). Este saber “otro” que da al significante un peso que va mas allá de su valor significativo, es la carga libidinal del goce. El significante crea sufrimiento y goce. El lenguaje que no es como sostiene la lingüística moderna comunicación sino equívoco.

Esta concepción, que suele ser omitida en los discursos científicos y académicos, supone atender a la doble función de esa unidad inconsciente que es el significante. Porque el significante es portador de una función o potencia de fisura debida a la inadecuación entre la articulación significante y lo real. De este modo, toda escritura deja un resto que Lacan formula como objeto, esto es lo inasible de toda operación de formulación o escritura.

¿Cómo vivir con el otro? Hay tantas éticas como discursos y es el discurso lo que establece el vínculo social. Las palabras proceden del Otro, esto implica el peso de la memoria, pues el valor del lenguaje es inseparable de la acumulación significante. Lacan retoma la noción de ética tradicional para desplazarla por completo: el sujeto de la ética no es la consciencia en un sentido moral, sino el sujeto como el producto del significante (el sujeto en su dimensión deseante). Así aparece el constructo del fantasma, esa noción imaginaria que permite al sujeto sostener su posición subjetiva respecto del deseo, para hallar su lugar en el deseo del Otro y de esa manera concretarse como el objeto de ese deseo.

Lacan mantiene la noción de que una ética implica una lección, pero propone vincularla a la verdad del propio goce, al no saber que afecta al sujeto en la relación de su discurso con lo real de su síntoma. Es en este marco que surge la valoración del superyó tiránico.

Cuando Lacan trata de representar los discursos humanos, articuladores en lo social y cultural, no remite a significaciones concretas sino a elementos simples que toman parte en las diversas posiciones del saber en relación al sujeto y del sujeto en relación al deseo (o al objeto). Cambiar de discurso es cambiar de razón. De la razón que se esconde tras la posición significante. Y así se llega al concepto de política, pues hay política en todo discurso desde el momento en que este constituye el modo en que se transmiten los puestos simbólicos, “la raza de los amos y de los esclavos”. No hay hechos más allá del discurso y todo hecho necesita de un discurso para que lo diga.

Lacan, al igual que Freud, parte del síntoma individual pero no se agota en él; sino que lo lleva mucho más lejos hasta llegar al malestar de la cultura, pues la visión humana, ética y política, es inseparable de la enfermedad, y también de la cura.

Pero la cura psicoanalítica es tema para otro artículo y otra articulista.