• Caracas (Venezuela)

Papel literario

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Testimonio de un caraqueñismo a ultranza.
La ciudad y su música de José Antonio Calcaño

José Antonio Calcaño / Archivo

José Antonio Calcaño / Archivo

Pocos supieron retratar la Caracas de principios de siglo con tanta riqueza y precisión histórica. Con la excusa de aproximarse a la música caraqueña, el polifacético músico, de chispeante ingenio y hablar pausado, logró comprender el ritmo –tan natural en nuestra sangre– a través de las gracias de la gente, los hábitos de vida, sus virtudes y miserias. La ciudad y su música resume la sensibilidad del artista con una sedimentaria sa

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Mucho de pretexto puede esconder la verdadera intención de un título literario. De hecho, el título debería ser tan atrevido como para entregar una promesa de contenido y, a la misma vez, lo suficientemente sobrio para no decirlo todo de golpe; por algo el libro, aunque siempre presentado por su nombre propio, va más allá de un título sólo calibrable en su justa medida al final de la lectura, cuando ya expresados los trasfondos o intenciones del texto, este vuelve a remitirse a ese nombre que desde un principio lo marcó.

La ciudad y su música es título que parece anunciar la crónica de una ciudad, en este caso Caracas, como marco a la historia de la música que en ella se va desarrollando. Eso sugiere el nombre y eso de seguro, es algo del contenido de sus páginas: “...este libro no es una historia de la música en Venezuela, ni una historia de la música en Caracas –declara el profesor Calcaño en su prólogo–; es una crónica de la ciudad y su música. Ambas son inseparables y tienen que ir unidas. Es el crecimiento de la ciudad el que acondiciona el crecimiento de la música; es el carácter de los pobladores, modificado en gran parte por los hábitos de vida y las circunstancias ambientales el que acondiciona el carácter de la música... La música nace del seno de la ciudad, como nacen todas las cosas. Y así como el frailejón no puede crecer junto al Orinoco, ni el cacao en la campiña inglesa, así ciertas actividades musicales no pueden prosperar en ciertos momentos históricos, ni en cierto medio social... Por todo eso, lector, es que el libro que tienes en las manos lleva por título: La ciudad y su música”.

Suficiente, suficiente, parece la aclaratoria del autor respecto al contenido y desarrollo de lo escrito; cosa de cumplir con la tarea ofrecida en el título y llevar el recuento musical de la mano de la crónica de la ciudad. Pero, afortunadamente, los buenos libros están tan cargados de texto como de pretexto, tanto que muchas veces sus mejores líneas se deben precisamente a la porción de cosas enmascaradas por el autor con el propósito de que el lector elucubre y, si acaso puede, las descubra. Digo esto porque creo en el libre ejercicio de búsqueda de segundas, hasta terceras intenciones, dentro de los autores de nuestro interés –hurgar en ese lindero entre lo que se alude y lo que se elude, tan del gusto del profesor Julián Marías– y al ir al caso concreto, tengo la impresión de que, a pesar de la aclaratoria del prólogo, la principal intención de Calcaño, del gentil profesor Calcaño, estaba en contar el cuento de Caracas, su ciudad; un asunto de escribir historia misma a través de una visión caraqueña, sabrosa, irónica –a veces sarcástica–, del todo despojada de ese excesivo rigor académico que aleja la crónica del arte de echar cuentos. Por ello la búsqueda de un subterfugio con la dignidad necesaria para presentar aquello con la formal apariencia de una crónica seria, capaz de acercar discretamente los mejores chismes de la Caracas vieja a los hechos históricos que los acompañaban; para ello el uso del mejor pretexto que el profesor podía tener a mano: valerse de su reconocida experiencia en materia de investigación musicológica y titular una aparente historia de Caracas con una música.

Bajo el ángulo del viejo sabio

Piénsese que para 1958, año de primera edición de La ciudad y su música, José Antonio Calcaño era quizás el caraqueño del perfil más ajustado a la tarea de realizar recuentos o crónicas de tal naturaleza: músico y musicólogo de la edad del siglo mismo; intelectual reconocido, también convertido en personaje único de la radio y televisión, capaz de presentar las cosas de la ciudad bajo el ángulo del viejo sabio formado en la Caracas de principios de siglo. Genio y figura, humorística a más no poder, se armonizaban perfectamente en este conocidísimo “Profesor Calcaño”, parte misma de una generación cercana a su fin con la evidente urgencia de contar lo que mejor sabía, aunque el tiempo no fuera precisamente apropiado para dar fe de bautismo a obras culturales de especie alguna... ¿Qué interés podía despertar un trabajo aparentemente dedicado a la música, en un año totalmente hipotecado a los eventos de la política venezolana?, ¿no era más sensato esperar un momento menos apremiado por los cambios políticos?, ¿acaso se trataba de otra excentricidad por parte de un personaje tal vez descomprometido, absolutamente anacrónico? La respuesta más formal podía enfocar, quizás, una presunta necesidad del quehacer cultural como apoyo al cambio de rumbo político; tal vez hablar por hablar de la irrefrenable disposición natural del venezolano hacia la investigación, la reflexión o la cultura (!)... La razón más fácil giraría alrededor del conocidísimo “el show debe continuar”, siempre al amparo de todos los asuntos “secundarios” traumatizados por eventos de importantísima apariencia –¡A quién le va interesar la música dentro de un zaperocón!–... En todo caso, seguramente también cabían razones más profundas, claves propias del auténtico creador –pretextos, una vez más–, que hoy uno cree adivinar mediante el peso específico demostrado por Calcaño y su “Ciudad” a través del tiempo, y a pesar de los pesares.

Con solo dejar transcurrir un año, 1959, el libro ya consigue alguna resonancia a través del Premio Municipal de prosa; en ese entonces le dice el profesor a sus premiadores y a los miembros del Concejo Municipal de Caracas: “Este premio que la generosidad de ustedes y el veredicto del jurado han querido concederme me ha conmovido de la manera más profunda, no solamente por la alta distinción que se me hace, sino por venir de mi ciudad, de mi vieja Caracas, porque mi ciudad es mi más grande orgullo. He nacido a una cuadra de la Plaza Bolívar, en el corazón de Venezuela. Siento que soy una de las innumerables células que forman ese corazón y con eso me basta, y con eso me sobra. No necesito ser más”.

“He vivido en tierras nórdicas con mares fríos y plomizos, con cielos oscuros y neblinosos; he vivido en tierras ecuatoriales de grandes ríos llenos de lirios en sus orillas; he vivido en los valles alpinos, donde resuenan las largas trompetas de los pastores y las esquilas de las mansas vacas; he vivido en las más grandes ciudades y he atravesado desiertos llenos de espantoso silencio. El caraqueño necesita sus bucares y araguaneyes, su silla del Avila y su Plaza Bolívar. Sólo allí se siente en su mundo...” La declaración del caraqueñismo a ultranza –hasta se dice que Calcaño fue el inventor de aquello de “no soy venezolano, lo que soy es caraqueño”– consigue eco tanto en el hecho como en el dicho y al año siguiente otro premio, “Miles Sherover para ensayos y obras críticas”, se encarga de continuar llamando la atención sobre el hombre y su obra. Durante la década del sesenta el libro afinca el prestigio literario del profesor quien, por mucho de su intermedio, consigue puesto como Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia, además es elegido Miembro correspondiente en Venezuela de la Real Academia Española de Bellas Artes de Madrid. Tanta y tan buena es la fama de la obra que el mismo profesor se atreve a versionarla con motivo del cuatricentenario de Caracas –400 Años de Música Caraqueña, edición especial del Círculo Musical–, haciéndonos recordar que el asunto le era casi un tema único, sujeto a variaciones iniciadas con la “Contribución a la música en Venezuela”, ensayo fechado 1939 y continuadas mediante complementos o recurrencias literarias a través de toda su vida. El Atalaya (Monte Avila, 1977), hoy día absolutamente agotado, es un compendio de ensayos cortos del mismo tenor y del más alto calibre. Finalmente una edición post-mortem de La ciudad (Monte Avila, 1985) –el profesor falleció en 1978–, hoy en proceso de reimpresión, da fe de la evidente trascendencia del libro y, por ende, de su autor.

Ruiseñor con espuelas

Tan solo faltaría revisar las causas específicas activadoras de reconocimientos, premios y difusión, porque ellas vienen siendo, finalmente, los verdaderos soportes de trascendencia de la obra; esas cualidades que a pesar del paso del tiempo siguen atrayendo críticos, editores y por supuesto, lectores: La ciudad y su música contiene investigación, fluidez narrativa y, sobre todo, el particularísimo tono del agudo caraqueño de antaño, tal vez sonsonete convertido en escritura, que ese profesor Calcaño –“El ruiseñor con espuelas”– utilizaba como nadie ha podido hacerlo. Pero estas firmes características, suficientes de por sí para hacer del libro una pieza de colección dentro de nuestra literatura, están además aderezadas por la más importante clave de su genialidad y vigencia: La ciudad y su música sigue encantando porque no es lo que en principio parece; jamás se trata únicamente de un desfile de los logros, muchos o pocos, de ciertos músicos a través de la crónica de la ciudad –tal contenido sólo garantizaría la atención de los interesados en el tema, si acaso–; es la historia misma del sitio a través del particularísimo tono e ingenio de un enorgullecido habitante que sabía contar los hechos grandes al lado de los pequeños, la crónica con mayúscula o con minúscula; las gracias de la gente, sus costumbres, virtudes, miserias y, por fin –¿por último?– su música. Se trata de la mejor ironía de un maestro en la materia; el pretexto imponiéndose al texto para hacerlo funcionar como nunca: una historia de la música que, en verdad, es el mejor cuento de la ciudad misma.


Anecdotario caraqueño

Si alguna vez se realizara un anecdotario de Caracas, la referencia a Calcaño y su Ciudad tal vez sería una de las fuentes más directas, confiables y, sobre todo, simpáticas: allí se cuentan los desaguisados del gobernador Fernández de Fuenmayor con Fray Mauro Tovar y el padre Sobremonte, quien en tiempos de la colonia llegó a proclamar en el púlpito que vengarse no era pecado (!); la continua intervención eclesiástica en los asuntos de la vida comunitaria –prohibición expresa de danzas o todo lo que sea “lazos de sexos, contactos de manos y acciones descompuestas”–; la saga independentista mediatizada por músicos que se escapan de Boves por lo bonito que tocan o por darle al instrumento la apariencia de un extraño fusil; los usos y costumbres ligados al devenir político del siglo pasado; Páez organizando representaciones teatrales de Otelo donde los actores eran sus consejeros y ministros; la misma novelería social del Septenio de Guzmán Blanco en la que “nadie se inquietaba porque es una de las principales iglesias de la capital hubiera una Santa familia en que la Virgen llevaba una inmensa crinolina y un gran escote, unos zapaticos Luis XV y una larga y suelta cabellera negra; daba la mano a un niño Jesús que lucía un frac y unos zapatos de patente, mientras que San José llevaba una levita oscura, un pantalón gris y un sombrero de Panamá...”. En fin.


Fuente imprescindible

Rebeca Perli se ha convertido en la biógrafa oficial de José Antonio Calcaño. Su estudio acerca de la obra coral y una biografía editada por Fundarte, escrita con mucha de la gracia del biografiado –“nunca fuera caballero de dama tan bien servido", acaso hubiera dicho el profesor–, le confirman el indiscutido puesto de primera especialista en el hombre y su obra. Resulta, pues, imprescindible recurrir a Perli para afirmar logros o conservar imágenes: el entrañable Curso de apreciación musical, narrado por el mismo profesor y a la disposición del público en cassettes editados por la Fundación Calcaño; la existencia de un libro inédito, poemario, titulado Flor en Tauro; el recuento de su actividad como músico ejecutante, compositor, transcriptor y director de corales; la imagen misma de ese viejo sabio caraqueño, humorístico e irónico, que se autonombraba Víctor Ávila, Juan Sebastián o, mejor aún, “El ruiseñor con espuelas”... El mismo que está en nuestra memoria, figura quijotesca y orejona, apoyado siempre en el sonsonete particular de su habla y en la salida cargada de auténtica chispa: aparece en la televisión Renny Ottolina –brazos cruzados, dedo índice en el carey de los anteojos– escuchando al profesor dirigir su corito académico. Ottolina, sin duda número uno de la televisión, se va pronto a Europa y tiene demasiadas ganas de hacérselo saber a su público: –maestro Calcaño –le dice–, adonde yo voy hay muchos coros como el suyo... Calcaño, en el acto le replica: –Y también hay muchos Renny Ottolina.

 

Registro dual

Por Jesús Sanoja Hernández

No me resultó difícil seleccionar La ciudad y su música a la hora de pescar una obra que abriera con Caracas –y en cierto sentido con la mismísima Venezuela– la crónica que por otros rumbos y un decenio antes había armado, documental y bellamente, Enrique Bernardo Núñez con La ciudad de los techos rojos. El libro de Calcaño es un registro cronológico, crónica al fin, pero a la vez dual, casi siamés, de la ciudad, desde Diego de Losada hasta los primeros 30 años de este siglo, y de su música desde antes del Padre Sojo, acerca de quien dejó un esbozo en 1960, hasta la creación del Orfeón Lamas y de la Orquesta Sinfónica de Venezuela.

Aquiles Nazoa, otro hurgador en los secretos de la ciudad, particularmente la del siglo XX, escribió alguna vez que Calcaño era “el más culto y ameno de nuestros críticos e historiadores de la música”, no sin alabar su incursión por la TV, donde en los inicios de esta dirigió el programa “¡­Qué tiempos aquellos!”, cuadros costumbristas de la Venezuela de los comienzos de siglo, y luego, en varios canales –el 2, el 8 y el 5– desplegó agradables charlas, con voz pausada y carga erudita, a las que dio el nombre, muy acertado, de Por el mundo de la cultura.

1918-1919 significó para Calcaño y para la ciudad y su música, un bienio decisivo, el de la constitución de un grupo (Sojo, el de mayor edad, Moisés Moleiro, el menor, más Juan Bautista Plaza, Lecuna y él mismo) que, según testimonios suyos poco antes de morir, no lanzó manifiestos ni hizo declaraciones de ninguna clase, pues “sólo nos dedicábamos a tocar a componer para salir de la triste decadencia musical de entonces”. No había campo, en aquel primer tramo de la centuria, para una Orquesta Sinfónica Nacional, o un Orfeón Lamas.

Sus otros libros y folletos, como Contribución al estudio de la música en Venezuela y En torno a la historia de Caracas, reafirmaron el espíritu de indagación y crítica de Calcaño y acaso merezca resaltarse El atalaya, nuevos estudios antiguos, 1977, en donde recorrió en tres partes (I. Pensando; II. Hablando; III. Oyendo), desde la música en la antigüedad hasta los bailes de tambor y el folklore llanero, pasando por visiones de la ciudad amada.

Calcaño, bueno es destacarlo, escribió incesantemente, desde los años 20 hasta el final de su vida, en diarios y revistas, tanto en El Sol y El Heraldo como en El Nuevo Diario y El Universal, algunas veces con su nombre y otras con seudónimos de Juan Sebastián y Víctor Ávila. Allá, en el lejano 1933, opinó de él Gil Fortoul: “Su apreciación del momento en que figuraron el Padre Sojo y Lamas, no tiene reparo: es la de un verdadero historiador”.

 

* Publicado el 22 de marzo de 1998