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Testimonio de Ricardo Armas: La Rolleiflex de mi padre

Fotografía de Alfredo Armas Alfonzo /Cortesía TAC

Fotografía de Alfredo Armas Alfonzo /Cortesía TAC

“­Darle forma visual al lenguaje de mi padre, a través de sus fotografías, fue una tarea que siempre vi venir, desde que, siendo niño, descubrí la pantalla cuadrada de su cámara Rolleiflex, a través de la cual el mundo se veía distinto”

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En todos mis años acumulados como facilitador en la enseñanza de la fotografía, recuerdo una pregunta para mí muy difícil de responder: ¿Cómo se llega a un lenguaje personal?

La respuesta supone reflexiones que van mucho más allá de la técnica, que aluden a la vida, a aquello en lo que se cree y por lo que se lucha, a los recuerdos, a los amores y desamores, a los sueños, las fantasías y los deseos. 

La exposición que hoy nos ocupa es una clara muestra de que el ojo ve lo que la mente le dicta. El escritor dispara ante aquello sobre lo que ya escribe, por una necesidad de dejar plasmada la iconografía de su discurso familiar-social-histórico. Necesidad ante sí mismo primero, y para dejar noción de que aquí se estuvo. La frase acuñada por él –“del pueblo venimos y hacia el pueblo vamos”como lema de la Universidad de Oriente que contribuyó a fundar, resume la filosofía por la que se va a guiar durante toda su vida.

Alfredo Armas Alfonzo se alimentó, desde niño, con las historias de guerras y de pérdidas que su abuela Mamachía le contaba desde el chinchorro, en la sala grande de la casa No. 8 de la calle El Sol de Clarines. Y hay que decir que se hizo fotógrafo al descubrir las cajas de negativos de vidrio de su tío Ricardo Alfonzo Rojas en su galería-laboratorio, en esa misma casa. Pero haber nacido en Clarines un 6 de agosto de 1921, con su iglesia poblada de murciélagos en lo alto de la Colina, el río que le da navegación, los caminos de tierra que conducen a lo desconocido, el amor de su madre Mercedes Corina Alfonzo Rojas, y las enseñanzas de Rafael Armas Chacín, su padre, sobre aquella naturaleza que le rodeaba, además de una conciencia del tiempo que transcurre, completan los ingredientes necesarios para crear un lenguaje personal que se manifiesta intensamente en la palabra y en la imagen.

De allí, de ese universo, venimos.

Darle forma visual al lenguaje de mi padre, a través de sus fotografías, fue una tarea que siempre vi venir, desde que, siendo niño, descubrí la pantalla cuadrada de su cámara Rolleiflex, a través de la cual el mundo se veía distinto. Y él comprendió que al niño primero había que darle su propio instrumento, una camarita Agfa Rapid, que me regaló cuando cumplí los 10.

Todas las imágenes incluidas en esta muestra las conocía desde pequeño. Las recuerdo en copias de buena factura en papel brillante 8 x 10", guardadas con bastante orden en sus cajas. Armas Alfonzo editaba su trabajo usando estas copias y muchas fueron las ocasiones en que lo ayudé. De allí la familiaridad que sentí con algunas de ellas, retenidas con nitidez en mi memoria, desde entonces. Destaco que la serie de sus negativos de Italia ha permanecido mayormente inédita, así que se muestra por primera vez.

Llamo la atención al hecho de que algunas de sus imágenes sobre Venezuela incluidas en la muestra fueron publicadas en la revista El Farol, de la cual fue director, o en sus libros de autor, por lo que asumí que son imágenes de importancia para él. Las inclusión de otras responden a criterios que fui estableciendo, una vez metido dentro de su archivo. Hablamos de un archivo de aproximadamente tres mil negativos, en el que encontré muchas imágenes inéditas, jamás vistas, ni siquiera por mí. En un caso había dos negativos juntos sin cortar, marcados con un papelito con su letra que decía: “Ricardo: es la de arriba” (la No. 24  en la muestra). Así que no fue una tarea fácil pero el proceso mismo me fue dictando claves que atendí.

Muchas fueron las selecciones y versiones de series que ensayé con sus negativos, para llegar a esta muestra final. Intento con el conjunto vincular imágenes desde una perspectiva narrativa para hablar de un escritor que retrata como tal. Un ojo educado que piensa ya no como fotógrafo sino como un narrador. Alfredo Armas Alfonzo sabía de luz y composición pero no buscaba la imagen única. Buscaba, creo, retratar aquello que se conectaba con su discurso personal, el que compromete asuntos de su identidad venezolana transmitidos generacionalmente, y su preservación, ante la avalancha de cambios que se sucedían. En AAA, cada foto es el cabo suelto de un universo siempre más amplio. Sin embargo, en su ausencia y pensando en él, me tocó darle orden a sus fragmentos, de acuerdo con mis propios criterios de narrador.

Alfredo Armas Alfonzo, mi padre, vivió una Venezuela que apenas comenzaba a construirse, y yo disfruté justamente las ventajas de ese país que él y muchos otros venezolanos soñaron y por el que lucharon. Han pasado 50 años desde que me regaló mi primera cámara, y el hijo mayor sigue obsesionado con ese instrumento para darle curso a sus pensamientos. Con esa experiencia personal, después de haberme alejado de él para construirme, es que ahora regreso para ponerme su traje y descifrar su ojo. En este proceso comprendí cuanto me parezco a él y cuán distinto soy.

Crear esta secuencia con 91 imágenes ha significado moverme entre las fichas de un tablero conocido, un país que viví junto él, a través de su palabra y sus imágenes, las que siempre estuvieron sobre la mesa. No por casualidad mi primer trabajo fotográfico alude a ese país de pueblos en los que las casas y los templos se derrumban. Poner en orden los pensamientos visuales de AAA me ayuda a pensar un país que existió y ya no es más, aunque la realidad de este momento sugiera que hoy, como ayer, somos más de lo mismo.