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Teoría y práctica del automercado

Una imagen del Mercado Bicentenario en Los Ruices/ Foto Reuters

Una imagen del Mercado Bicentenario en Los Ruices/ Foto Reuters

“El automercado tiene ahora un aire agónico. Una sombra inasible lo cruza: se siente y no alcanza a verse: es la amenaza del desabastecimiento definitivo”

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El automercado ha dejado de serlo: el que solía ser un espacio para experimentar la realidad y la ficción del consumo, se ha tornado espacio de incertidumbre. No solo ha perdido su carácter. Se ha transformado en su contrario: ya no se escogen los productos; no se elige ni la calidad ni la cantidad; no hay ya modo de comparar entre esto y aquello. El automercado ha perdido su personalidad: ahora oscila entre Esto es lo único que hay y el No hay.

Pertenezco a una raza extendida y fácil de identificar: me gustan los automercados. Me demoro en sus pasillos. En vez de ir muchas veces y comprar poco, prefería lo contrario: ir cada cierto tiempo y comprar para muchos días. Nunca dejar caer los productos en el carrito de compras con cierto desdén, sino ordenarlos, como quien arma una maleta antes de un largo viaje.

Ahora se entra al automercado como a un espacio de lucha. Todo cliente ha dejado de ser un semejante y ha adquirido las proporciones de un rival: lo que lleva en su carrito o abrazado a su cuerpo, bien podría ser lo último. Un producto que cualquiera hubiese podido adquirir si hubiese llegado unos minutos antes. Apenas unos minutos antes. Se trata de esto: todo producto es el último. El punto de quiebre.

Hubo un tiempo (ahora vivimos un tiempo sustraído, aplastados por la sensación de experimentar que esto que transcurre no es más que un desgraciado e inmenso error), donde íbamos al automercado a mirar las estanterías. También esto ha cambiado. La mirada se debate entre el anaquel y el carrito de compras del rival. También hay esto: una mirada de la escasez. La ansiedad del que busca lo que no hay.

El carrito de compras del otro se ha vuelto el objetivo, no de curiosidad sino de averiguación, de inquietud. Nada hay más sospechoso, urticante y odioso que el carrito de compras ajeno. Las miradas no escrutan solo las compras: también, en su descaro y silenciosa insolencia, inquieren al comprador. Como si en la compra del otro hubiese algo ilegítimo, dudoso, cuestionable.

Pasa esto: ya no compiten las marcas y las empresas: el automercado ha enloquecido: ahora es el lugar de una sorda lucha entre los ciudadanos, entre un comprador y otro. Un lugar de solidaridad fracturada. De anaqueles vacíos y vaciados. El automercado tiene ahora un aire agónico. Una sombra inasible lo cruza: se siente y no alcanza a verse: es la amenaza del desabastecimiento definitivo. La angustia no pronunciada: la del automercado totalmente finalmente derrotado, despojado de todo sentido, de toda utilidad. Vacío. Totalmente vacío.