• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Tejerle una boca a la sombra. Sobre la poesía de Miguel Marcotrigiano

“El susurro se revela como un horizonte esquivo del lenguaje. Permite auscultar la posibilidad de una utopía, una ucronía: el lugar que no existe, el acontecimiento no sucedido. (…) La poética de Marcotrigiano camina bajo ese horizonte”

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Ne réfléchis-tu pas lorsque tu vois ton ombre?

Victor Hugo

Quizás pensamos alguna vez que las sombras eran la manera que tenían las cosas de susurrar. Entre los muebles del cuarto de la infancia, los juguetes, las cortinas y nuestras propias manos, las sombras establecían su reino esquivo, siempre variable, deudor fatal de la luz que entraba por la ventana o que velaba por nosotros cada noche, acurrucada en el bombillo de la lámpara. Entre ellas y nosotros se establecía un diálogo tácito, consistente casi siempre en la búsqueda, por nuestra parte, de sus proyecciones, sus trazos borrosos o nítidos, sus ángulos insólitos. Empezaba así el juego de asombrarnos: ése que nos dejaba perplejos al hacernos comprender que cada cuerpo en el espacio poseía no sólo una sombra, sino muchas y cambiantes, traviesas, furtivas. Las sombras fueron las primeras en revelarnos la multiplicidad cómplice de lo real.

Sosteniendo una linterna, aprendimos cómo obligar a los objetos a dibujar su sombra. Ésta se movía con engañosa docilidad, siguiendo el dictado de la luz. Sosteniendo nuestro cuerpo contra algún otro fulgor, quizás el del sol, descubrimos también que nuestros miembros acusan la fidelidad de una. Incluso en la habitación iluminada, la sombra de nuestro cuerpo en movimiento ora lo seguía, ora se le anticipaba, como una profecía que no cabe en ninguna frase. Delineada como el borde indeciso de las cosas, la sombra permanece como testimonio de lo que está ahí, mínimo y tenaz, a un costado de la existencia.

En nuestra infancia, las sombras parecían muchas veces querer escapar de los cuerpos que las ataban. En el claroscuro de la tarde, o en un cuarto a oscuras cortado por un tajo de luz que se había colado por la puerta entreabierta, era fácil verlas removerse, agitadas, intentando desanudar su vínculo con las cosas. Esas sombras infantiles pertenecían a la misma progenie de los duendes, los gnomos, los pequeños dioses del hogar: todas las criaturas que habitan la inquietud de nuestra mirada, el soslayo de nuestra vida. Más de una ocasión nos encontró escuchando atentamente en medio de la noche, concentrados, esperando el leve goteo de sus pasos. Ese mismo sonido que vuelve cuando leo esos versos de Miguel Marcotrigiano, pertenecientes al libro Concierto vegetal a la luz de la luna, que dicen:

“Es un sonido de cristales que se derraman

el que proviene de los dioses olvidados”

Esos dioses, reducidos a un recuerdo nublado, todavía transitan mi memoria, cavilando en su anonimato, pensando en voz alta, dejando a su paso el rastro de su habla, cristales derramados. Aquel apartamento de Quinta Crespo que vio mis primeros años tenía muchos espejos, y alguna que otra vez llegué a pensar que allí se escondían mis deidades de lo ínfimo. Quizás se trataba de anteriores inquilinos –quizás, también, me toque a mí mudarme a alguno de esos espejos después de morir–.

La sombra, en el universo simbólico que hemos recibido en herencia, se ha visto casi siempre reducida a esta posición liminar, al lugar de lo sospechado. Si atendemos a la Odisea –¿y dejaremos de hacerlo algún día?– ya nos topamos con las sombras desempeñando este papel fronterizo que las signa: sombras son los habitantes del Hades, al que acude Ulises en busca de guía y consejo, como se relata en el Canto IX. Sombras, por cierto, privadas de habla. “Se acercaban en gran multitud, cada cual por un lado con clamor horroroso”: así dice el verso que las hace aparecer, no sólo en los límites del mundo, sino también en los límites del lenguaje articulado. Ese ruido que tanto temor infunde, producto de la boca desdentada de las sombras, descubre para nosotros algo que hemos acostumbrado dar por sentado, desde los tiempos de Homero hasta hoy: lo vivo, lo plenamente existente es, para nosotros como seres humanos, solamente aquello que posee palabra. Por ello hemos plagado todo de lenguaje, y la ciencia de cuño (post) positivista hace hoy lo que la filosofía y la teología hacen desde ayer: inventar una lengua del mundo para decodificarla.

Pero, ¿qué lugar ocupa entonces ese “clamor horroroso” que emiten las sombras? No es lenguaje propiamente; tampoco una forma de mudez. En esta suerte de no-habla se hace más patente que nunca la caracterización que hace de las sombras moradoras de los lindes. Su existencia oblicua se manifiesta en un susurro que marca la frontera entre el lenguaje y el silencio. En el poemario De sombras y otras especies, Marcotrigiano lo consigna así: “Son suaves al tacto las pieles de las sombras   Puedes mojar en ellas la punta de tu lengua y   una vez ebrio   gritar sus nombres   Ellas   sordas y ciegas   sonreirán como si te entendieran   como si las ventanas no estuvieran cerradas   como si alguna vez hubieran compartido contigo su lecho”.

Las sombras pueden intoxicar, pueden otorgar algo parecido al don de la palabra, pero nunca se alzarán por encima de su propio siseo. En el poema, son ellas las que propician los gritos –que tanto recuerdan al clamor de los muertos homéricos– y a la vez ejecutarán la farsa de lo inteligible, sonriendo como si entendieran los nombres pronunciados a todo volumen. Como si son las palabras que aquí cobran mayor significado: las sombras son un como si, el como si de la lengua.

Al dejarse atisbar, al fingir el roce con nuestra voz, nos dejan adivinar una palabra más allá, un nombre poseedor de una libertad inédita, capaz de hacernos inteligible el murmullo, el mundo fértil que vemos al sesgo. Un nombre, como dice otro poema de Marcotrigiano, que es


“El nombre escrito

tallado en el tímpano


el nombre que rueda

por fuera del pabellón de la oreja


el nombre grito

recogido en el barranco


el nombre escupido

roto

desorbitado


el nombre hallado al borde del sendero

solitario

resistiendo a las palabras

más dulces


el nombre íngrimo

peregrino

suspirado”


Es el nombre que vaga más allá de lo audible, del universo inteligible: el nombre nebuloso, quebrado, marginal –hallado al borde del camino– que en ningún caso podemos pronunciar, puesto que en el momento de hacerlo un suspiro, temblor leve del aire, nos llena la boca. Lo que dice la boca sin labios de la sombra es una palabra vaciada de sí misma, libre de todo significado rector. En ella se articula el reverso de nuestra lengua, lo fatal en ella. No lo que calla, sino la fricción entre el silencio y la voz.

Se ha intentado, al menos que yo sepa, una única vez describir este fenómeno. Lo hace Roland Barthes en un brevísimo ensayo, El susurro de la lengua, que por momentos se torna poema en prosa. De ahí extraigo esta frase, leve definición luminosa: “en relación con la lengua, ese susurro sería ese sentido que permitiría oír una exención de los sentidos”. Del mismo modo en que las sombras de los objetos traicionan su solidez, su quietud inmóvil, el susurro difumina el imperativo del sentido, permitiendo a la lengua imaginarse sin significados, en una suerte de fluir murmurante, como de río subterráneo.

El susurro se revela como un horizonte esquivo del lenguaje. Permite auscultar la posibilidad de una utopía, una ucronía: el lugar que no existe, el acontecimiento no sucedido. Es, pues, lo que suscita el deseo –lo aún no escrito. La poética de Marcotrigiano camina bajo ese horizonte, es halada por la gravedad oculta que posee lo que hay de inconcluso en la lengua:

 

“Siéntate detrás de tu sombra

para que puedas avistar

lo que no has escrito


aquello que flota

en la superficie de los charcos

formados por las últimas lloviznas


el semblante inconcluso

de las ideas cortejadas en los vocablos

de esta lengua extraña

ajena

a nuestro entendimiento


lo que no se ha escrito

es un hálito suave

persistente

que pretende hacer nido

al borde del cuaderno”


Situarse en ese punto que es casi un desvanecerse: sólo desde ahí puede avistarse lo no dicho. Estos versos dan cuenta de cómo nada ha sucedido, y sin embargo todo ha cambiado, merced de ese movimiento que busca dar un paso atrás, el paso atrás de lo real que es la sombra. Es entonces cuando el mundo cerrado, compuesto de cosas unánimes, sedimentadas, impasibles, revela sus pliegues, sus rostros incompletos, sus ideas truncas, la lengua anónima que lo puebla, casi un zumbido, una voz sin palabras.

Ninguno de los idiomas que hemos heredado de Babel puede dar cuenta de ese sonido inarticulado, sin amo. No obstante, todas lo delatan. ¿Y qué mejor manera para captar este rumor que prestar atención desde el espacio del texto poético? El lenguaje del poema construye desde la destrucción de otro lenguaje, dominante, impositivo. Y no puede ser de otra manera, ya que el poema configura un espacio discursivo otro –conforma un texto que es su propia ley. En ese paso fugaz que media entre el desmantelamiento de un lenguaje solidificado y la edificación de otra estructura lingüística, flexible y lúdica semánticamente, puede vislumbrarse el murmullo, la sombra.

Es por ello que el poeta “habita en los bordes alucinados del cuaderno”, como el propio Marcotrigiano escribe en La duda en la poesía, una prosa ensayística. Su posición está clara: debe quedarse en el margen, vivir en esa inestabilidad.

Hacia el otoño 1873, Nietzsche anotó en uno de sus cuadernos lo siguiente: “El instinto de mentira es fundamental”. Así, sin más. Sólo años después, en 1885, redactó la frase que pareció haber estado buscando a la anterior todo ese tiempo: “Confesar la no verdad como condición de la vida”. Puede que lo más llamativo de estas últimas palabras sea el modo en que comienzan con un infinitivo, lo que les concede un cierto aire a mandamiento religioso –algo de lo que el propio Nietzsche se hubiera reído, sin duda–. La mentira a la que se alude aquí es la capacidad irrenunciable, el instinto humano para novelarse, para crear ficciones, sistemas conceptuales, historias e Historia –metáforas, en suma–. Esa no verdad que es condición del devenir humano es precisamente lo que le permite sobrevivir, forjando lo simbólico desde lo real, lo polivalente desde lo unívoco. O lo que es lo mismo, atendiendo al susurro que socava los significados fijos de la lengua, anunciando siempre la fluidez, la maleabilidad del sentido:


“pues cada vocablo se asoma al pozo

y mira en su reflejo

los bordes que dibuja la boca

los filos de las letras

y de los deseos

borrados

para siempre”


Esa mentira que redime el monólogo incesante, autista, de lo real, es la misma que sólo es posible gracias a las sombras, que hicieron patente ante nuestros ojos cómo la unidad de las cosas se quiebra y se dispersa bajo un golpe de luz. Hay mucho que aprender de esa memoria remota, que no cesa de relatar cómo nada está encerrado por completo bajo su propia corteza, cómo ningún borde es definitivo, cómo cada noche tiene su ojo, que la escruta, y cada palabra su sombra, que la absuelve.

 

“Que la noche

recoja el párpado


y de la boca

sólo salga una palabra

                                     y su sombra”