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Susana Amundaraín. El color de la nostalgia

Birdhouse Dialogues

Birdhouse Dialogues

Birdhouse Dialogues, libro que recoge un íntimo diálogo entre imágenes, palabras, colores y versos, es uno de los más recientes trabajos de Susana Amundaraín. En esta entrevista, la artista visual venezolana narra su experiencia artística que, desde la década del ochenta, ha convivido con el desplazamiento entre lugares como “un paseo por las nubes”

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Nueva York

Arcoíris de pájaros, plumajes azules, rojos, anaranjados; pájaros que vuelan y se detienen; casas de pájaros de rubí y zafiros. Los poemas de Carol Ciavonne y las pinturas de Susana Amundaraín dialogan y vuelan junto con los pájaros de su fantasía. Birdhouse Dialogues, el libro que recoge este íntimo diálogo entre imágenes y palabras, colores y versos, es uno de los últimos trabajos de Susana Amundaraín, artista venezolana que vive en Nueva York, pintora de música y palabras, de parlamentos que cruzan un escenario y de poemas que revuelven las entrañas.

La encontramos en el Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York (MoMA), lugar ideal donde cruzamos con niños que, al estar entre tanta belleza asumen la seriedad de la adultez, y adultos que entre tanta imaginación recuperan la infancia. “Vine a Estados Unidos para estudiar artes ya que en ese entonces en Venezuela no había escuelas de artes”. Con licenciatura y maestría en esa disciplina, vuelve a Venezuela y asume junto con otros el reto de echar las bases para la creación del Instituto Armando Reverón.

Era la década de los ochenta, años que Susana describe como “muy estimulantes para todos los que nos desarrollábamos en el mundo de la cultura. Eran años en los que había muchos espacios donde exponer, experimentar, y un gran fermento cultural animaba cada rincón de nuestras ciudades. Era un ambiente crítico, difícil pero generoso. Y había instituciones que nos apoyaban. Tanto las fundaciones privadas como el gobierno invertían en la cultura venezolana y muchas veces íbamos al exterior y nos sentíamos orgullosos embajadores de nuestra tierra. En todas partes nos recibían con respeto y calor porque sabían que en Venezuela había una gran búsqueda creativa”.

Una obra de Robert Wilson –dramaturgo norteamericano que se dedicó a romper los límites del teatro–, empuja a Susana a hacer lo mismo con su pintura. Quiere transformarla en teatro, quiere mezclarla con otros géneros culturales. Viaje creativo que empieza con la teoría en la Universidad de Nueva York y luego se torna realidad en Caracas. “Fue cuando me llamó José Simón Escalona quien estaba montando la obra de Cabrujas sobre Reverón, Autorretrato de artista con barba y pumpá. Era mi primera escenografía, y estaba aterrada, pero resultó un trabajo estupendo durante el cual aprendí muchísimo al lado de Escalona y de Cabrujas buscando lo más profundo de Reverón”.

Amor y trabajo la llevan de nuevo a Estados Unidos. Se casa con el director y compositor venezolano Efraín Amaya y vive en Pittsburg, pero sin alejarse definitivamente de Venezuela. “Los venezolanos estábamos acostumbrados al ir y venir de nuestro país. Salíamos para buscar, experimentar, y volvíamos con las mismas ansias de crear que nos habían empujado a salir. Nunca fue una emigración, sólo un paseo entre otras nubes”. Pero en los últimos años los regresos se han vuelto mucho menos frecuentes. “Ya ese ambiente creativo y estimulante en el cual me desarrollé no existe. Muchos espacios han cerrado y, por ejemplo, el grupo Theja se quedó sin su teatro, el Alberto de Paz y Mateos. El trabajo creativo se ha vuelto casi un acto heroico”.

Susana Amundaraín sigue buscando la luz a través de sus transparencias “esa que está detrás de lo visible. Paso de una oscuridad abrigadora y cómplice a la claridad. Sin términos medios. No me interesan. Las transparencias para mí son como los espacios posibles, no se perciben pero allí están. Es un subconsciente que sin saberlo se vuelve consciente, es un vivir en un presente donde no hay cabida para preguntas”.

Y sus colores llegan a transformarse en música cuando, junto con su esposo, en el año 2000, crea un montaje operístico para las celebraciones del milenio en la ciudad de Pittsburg. En aquella ocasión irrumpe con éxito en la escritura. Seguirá una obra para niños que habla de la extinción de los gorilas y, luego, un reto más ambicioso: la puesta en escena de una ópera de cámara. Está inspirada en la vida de Miró, en particular en el momento cuando el artista tiene que autoexiliarse a Normandía para huirle a los franquistas. “Fue en el espacio de tiempo que hubo entre las dos guerras. Miró tuvo que huir pero tampoco pudo quedarse mucho tiempo en Francia ya que a las dos semanas de dejar París esa ciudad fue ocupada por los alemanes. Al regresar a España tomó el apellido de la familia de la esposa. Le tenía miedo a su país, lo percibía como un lugar de riesgos, de restricciones”.

—¿Y tú le tienes miedo a tu país?

La alegría de Susana y su luminosidad quedan atrapadas en una nube de tristeza. “Sí, lo admito, tengo miedo y descubrí muchas similitudes entre las emociones que vivió Miró en esos años y las mías”. La tristeza se derrama como río que desborda, nos habla del miedo de un alejamiento que en los nietos se está transformando en una paulatina pérdida de la lengua, anclaje de tradiciones, aunque todos ellos les hablen en español. Nostalgia de las atmósferas que parieron sus colores, de la luminosidad de la gente, de su alegría resplandeciente, de su mar y su cielo, de sus amigos y familiares, de esa parte suya que mantiene como joya aún en tierra ajena y que la hace decir: “Yo me siento muy venezolana a pesar de tener amigos muy queridos acá”.

—Susana, le pedimos, ¿un color para describir la nostalgia?

Un parpadeo de cejas y de alma y una respuesta entre susurros: “Azul”

—¿Y un color para Venezuela?

—Blanco.