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Stefan Zweig rumbo al abismo

Stefan Zweig | Foto Cortesía

Stefan Zweig | Foto Cortesía

El texto que aquí se publica es una reseña a “El exilio imposible”, la obra de George Prochnik sobre la vida del novelista y periodista austríaco Stefan Sweig

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Una de las tantas frases resonantes que habitan en El mundo de ayer, la autobiografía de Stefan Zweig, dice: “Resulta difícil desprenderse en pocas semanas de treinta o cuarenta años de fe profunda en el mundo”.  Está en la última parte del libro, una vez que Hitler ha ascendido al poder. En octubre de 1933, Zweig decidió viajar a Londres. A partir de ese instante, cada línea de El mundo de ayer, estremece. Los primeros días de 1934, regresó a Salzburgo. Estaba de visita en Viena, cuando estalló lo que se conoce como el Levantamiento Obrero, el 12 de febrero. Cuatro días después retornó a Salzburgo. El 19 de febrero tomó otra vez el tren a Londres: entonces comenzó el exilio sin final de Stefan Zweig.

Páginas más adelante Zweig sostenía que aquellos primeros meses no significaban para él, un exilio. “No había empezado aún esa espantosa condición de apátrida, imposible de explicar a quien no la haya padecido en carne propia, esa enervante sensación de tambalearse suspendido en el vacío con los ojos abiertos y de saber que dondequiera que uno eche raíces puede ser rechazado en cualquier momento (….) sin saberlo, mi vida ya había enfilado el camino de la provisionalidad y abandonado la permanencia en un mismo lugar”.

El exilio imposible recorre el exilio de Zweig hasta su suicidio en Petrópolis, Brasil, el 22 de febrero de 1942. Al mismo tiempo, rastrea en las más diversas fuentes, las borrascas y aflicciones que el escritor llevaba en su corazón, y que resultaban imperceptibles para quienes le rodeaban. Zweig era una personalidad múltiple: un animal social, cultivador de la amistad (Romain Rolland escribió que para Zweig la amistad era una religión), un promotor de los nuevos escritores, que al tiempo que se mostraba como un celoso protector de su intimidad, la compartía con sus amigos y conocidos (escribió más de 30 mil cartas a lo largo de su vida). Por encima de todo, un europeo ilustrado: alguien que había crecido y se había formado en una atmósfera de libertades y de confianza irremplazable en el conocimiento, que vivió el ascenso del nazismo como una hecatombe, a la que no podía hacer frente él, en el fondo un sujeto indefenso e impotente.

Ante la amenaza del hitlerismo, Zweig huyó. Viajar fue su reacción primigenia. Y a partir de 1934 comenzó un periplo de exilado (“el mundo se niega al exilado”), donde nunca encontró realmente la paz, aunque en sus cartas y en conversaciones, en más de alguna ocasión, afirmara lo contrario: decía estar feliz y esperanzado. En el alma del hombre que solía practicar la más exquisita cortesía, ante sus pies se abría un abismo de dimensiones incalculables. Como nadie entendía que había una operación que separaba al lenguaje de su sentido, pero no tenía opciones: estaba indefectiblemente atado a la lengua alemana.

Experto en visados

Hombre rico y generoso que prestaba apoyo a otros refugiados: a los demás resultaba difícil percibir en Zweig al sujeto indefenso. Si se piensa que su autobiografía es la obra de un hombre en lucha con el exilio, quizás se comprenda mejor la nostalgia y la reivindicación que en ella hace de la vida que conoció y del contexto cultural europeo. Zweig venía de experimentar el aplauso y el reconocimiento, de una manera casi incomparable: de repente, ese mundo comenzó a derrumbarse a velocidad desconocida.

Durante aquellos años Zweig se enamora de Lotte Altmann y se separa de su esposa. Teme envejecer. En una carta a Joseph Roth, escribe: “De nuevo me siento inseguro y lleno de curiosidad. Ahora, a la edad de cincuenta y tres años, estoy disfrutando del amor de una mujer joven”. Viaja de un lugar a otro. Va de un café al otro en búsqueda de la sensación que tenían los cafés de Austria. Lleva una existencia provisional. En ninguna parte se siente agradado. Le atormenta vivir separado de su biblioteca. No para de producir libros (“trabajo como un animal”), mientras su visión agónica de sí mismo y del mundo, se entierra y toma cuerpo en su mente. Nada le sosegaba, nada le devolvía alguna certidumbre, aun cuando alguna vez dijera a un reportero que el conflicto europeo le abría “nuevos campos de experiencia”. No encuentra equilibrio. Se sentía antinatural, fuera de lugar. Algo en él se distanciaba de todo. Su vida se reducía a la vida de encierro que llevaba con Lotte Altmann. Los animalillos de la depresión que habitaban en las profundidades, comenzaron a aparecer en la superficie.

Zweig, que siempre se mantuvo alejado de la política, pero no de los asuntos públicos, es confrontado por su falta de activismo. Los críticos se hacen sentir. Él insiste en que su tarea consiste en producir obra. Más: opina que debe evitarse descender al nivel de los perseguidores. No imponerse a los demás: Zweig tenía esta premisa como una virtud. El silencio de quien está concentrado en su trabajo, representaba para él una posición moral. La crítica a su identidad política se proyecta hacia su identidad austríaca (“los mensajes más importantes que recibió jamás la humanidad fueron entregados en el exilio, entre ellos los de Moisés, Cristo, Mahoma, Buda, Dante y Nietzsche”). Dice George Prochnik: “Zweig escribió para pertenecer, pero de lo que escribió en realidad fue de la experiencia de no pertenecer”.  

Fueron decenas los lugares que visitó: bajo la apariencia de conocer estaba el anhelo de encontrar un lugar donde establecerse. Las noticias que recibía del avance de los nazis lo desmoronaban. Se preguntaba si lograría escapar a la liquidación. “Cuando llegó a Estados unidos, la idea del absoluto azar de haberse salvado corroía sus reservas de fortaleza interior (…..) Ese debatirse sin saber adónde dirigirse a continuación, que a veces parecía ‘como echar una moneda al aire’, agudizaba aún más la arbitrariedad moral de su supervivencia”.

Prochnik, la mirada bajo la superficie

Quiero evitar al lector de estas líneas, la sensación de que George Prochnik, el autor de El exilio imposible, encuentra acomodo en el descriptor de biógrafo. Profesor de literatura inglesa en la Universidad Hebrea de Jerusalén, Prochnik se sirve de los hechos para penetrar en las emociones y en las fuerzas menos visibles del alma de Zweig. El suyo, es un sensible ensayo sobre el espíritu de un hombre complejísimo en su último trecho.

Zweig, estrella solar de un sistema de relaciones, amaba el silencio por encima de todo. Lotte Altmann, era mucho más que una mujer silenciosa, como propagó la ex esposa. Durante aquellos años de trabajo enfebrecido de su esposo (en unas pocas semanas escribió 400 páginas de su autobiografía), fue su interlocutora y facilitadora. Su amor sobrepasaba los obstáculos y las molestias de la vida itinerante. No era débil, sino dueña de una madurada fortaleza.

Un día, poco tiempo antes de partir a Brasil, Zweig regaló la máquina Remington donde Lotte había mecanografiado El mundo de ayer. El 13 de agosto de 1941, subieron en New York al barco que los llevaría a Brasil. Al llegar allí, volvió a sentir la fascinación por el paisaje exuberante, que ya había conocido en 1936, durante la visita cuyo resultado fue ese libro apresurado (“un gesto de gratitud algo acalorado”, dice Prochnik) que es “Brasil: un país de futuro”. Allí su existencia, la de ambos, se hizo todavía más solitaria. En una carta que escribió en septiembre, apuntó: “Soy más europeo de lo que pensaba”. El 17 de septiembre ocuparon la casa que rentaron en Petrópolis. A comienzos de noviembre, habían terminado de corregir El mundo de ayer. No veían casi a nadie. El 28 de noviembre ocurrió lo que Zweig tanto temía: cumplió 60 años.

Ese tiempo fue de extraordinaria productividad. Entre otras cosas, había vuelto a leer los ensayos de Montaigne y había dado inicio al libro que dejó inconcluso. Las cartas de los amigos, disminuían. Una amiga, casi sin pensarlo, le respondió que sí, cuando él le preguntó si creía que los nazis llegarían a Brasil. Los últimos meses no había ido al teatro, ni a escuchar conciertos ni al cine. El 18 de febrero de 1942 desayunaron con unos amigos: allí se comentó del avance de los nazis en Asia y el Medio Oriente. Los días que siguieron fueron jornadas de lo que Prochnik llama de ‘des-colección’: donación de libros, envío de documentos a diversos archivos, regalos a las personas que les servían, despacho de cartas de despedida y de cancelación del contrato del alquiles de la vivienda. Zweig quemó algunos documentos en el jardín de la casa. El domingo 21, Lotte y Stefan estuvieron solos. Se sabe que pasearon y escribieron cartas.

“El lunes, la pareja no había salido aún de la cama al llegar la hora de comer. La criada se sorprendió mucho por su tardanza, pero oyó lo que pensó que era un ronroneo en la habitación, y los dejó dormir. A las cuatro y media, sin embargo, ella y su marido entraron en la habitación a mirar. Stefan y Lotte estaban absolutamente quietos. No respondían. Tampoco se movían ya”.

 

 

El exilio imposible. Stefan Zweig en el fin del mundo

George Prochnik

Editorial Planeta,

España, 2014.