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Sorpresas del valle

Valle del Río Momboy / Foto cortesía

Valle del Río Momboy / Foto cortesía

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El pequeño vehículo se desplaza sobre descarga de arena y su espacio irregular se dibuja frente a la rotura y pasadizos de una casa en construcción; el juguete empujado por mano infantil, avanza y percibe la aproximación rodante de camiones o autobuses y en el movimiento alentado por gritos se dibujan curvas en plano abierto de peñascos y desfiladeros. De pronto se inicia cierta discusión y uno de los protagonistas de porte larguirucho, afanoso caminador y móvil sonrisa, juega, apuesta frente a la controversia de los niños participantes. Señala que se trata de un juguete realizado en el apartado de incomoda calle o solar de casa familiar. En ese escenario se expande el júbilo de Jaime Terán el estirado, heredero por duración jurídica de briosos equinos, pacientes cuadrúpedos, labrantíos, oloroso café más el borde acuoso de un cañaveral.

Cierto día al concluir uno de los juegos de carrito, abandonamos los patios y Jaime acompañado por otro amigo llamado Oscar, oriundo de Maracaibo, hijo de un famoso y acaudalado farmaceuta. Salimos y en el inicio de la conversación, Jaime guiado por la curiosidad me alerta, Alfonso, te has enterado de la llegada de un circo que da funciones con trapecistas, cómicos y animales de rara procedencia, igualito como se ve en las películas. Le respondí. Si llegó y actúa en la entrada de las Acacias, pero hay que tener cobres para pagar el boleto. Me agregó después, es hora para ir a almorzar, mañana nos veremos nuevamente. A mi casa me retiré y en la sala situada al lado del comedor, hallé a mi hermano sentado con un periódico en sus manos, le pregunté sobre la función del sonado y famoso circo. Suavemente me campaneó en el oído, estoy olfateando un inquieto festín, los animales exaltados, son atractivos de la Vargas. Era una muestra de las condiciones de audaz estudiante y maestro de jugadas como buen hermano mayor.

Agudo resorte comenzó a inquietarme, atmosfera lasciva agitaba rostros conocidos, y al lado cierto ventanal multicolor, se cargaba de voces invocadoras varguensas dispuestas para los quereres y rochelas en casas iluminadas y ruidosas. Eran furtivas y sensuales conversaciones en la Valera de las siete colinas.

Temprano al siguiente día, frente a mi casa, sonó la voz de Jaime, en la acera de enfrente, quedaba el patio de los tempranos juegos. Salí y al ver la presencia abandonando el zaguán vecino, me dirigí a saludar y despedir a Don Enrique Terán, tío de Jaime cuando tomaba la vía de su finca Santa Helena.

De nuevo la panorámica de la diversión. Aferrado a curiosa expectativa me susurró; antes de las doce nos iremos a la Vargas, no ajeno a la cordura solté mi palabra: debemos entrar por el cerro de la pollera, no es conveniente que nos descubran familias vecinas y puedan convertir su orgullo, como algo gravoso para el linaje.

Ascendimos por rancherías cubiertas por insoportable humedad y al emprender la bajada oteamos una multitud pobladora de rincones, plazas y puertas. A los gestos, danzas y clamores, fantasmas desbocados, se unían intempestivamente al regocijo.

Una adornada camioneta Power Wagon, deslizándose en pleno fragor y cargada de músicos con metales e instrumentos de percusión, sacudió al desfile junto al son de una trompeta viajera, estridente y elevados tonos. Desde la altura de la cabina de mando, un anunciador publicitaba el acto “Distinguidos amigos de esta simpática Valera” les mostraremos a continuación a hermosos, inteligentes ejemplares pertenecientes al reino animal de África, América y otras regiones del mundo.

Estarán acompañados por ninfas del goce, dioses del Olimpo y Coliseo, mitos como Baco, la deseada danza de Terpsicore y las Intimidades vecinales de Valledupar, Cartagena, Santa Marta y San Andrés. Todo esto gracias al astrólogo, hipnotizador y mago de este circo. De inmediato ocupó el pináculo el renombrado mago con su extravagante atuendo de oscura rugosidad.

Los ejemplares exportados de latitudes remotas, iniciaron el frenesí. Cabeceando, una cebra invocaba sus confines y una colombiana dueña de un bar llamado Lucky Strike y un ostentoso convertible de asientos rayados y brillantes, se montó sobre el lomo del cuadrúpedo, vestida con sedas de ninfa en el inicio de esa algarabía. Seguía un caballero-mozo inspirado por estilo BACO y apretaba una ruidosa botella de champagne en su mano izquierda. Ahora desplegaba sus ruedas sobre vistosas señales de coche veloz, la presencia enjaulada tras barrotes de hierro de un erguido león conocido por su nombre de faenas como Numa, lo acompañaba cabalgando airoso caballo, su bravo y vigilante domador. En la plenitud de los fastos se asomaron otros animales. Locuras a rienda suelta, entre bailes, lujurias y canciones.

Jaime sorprendido y captado me confesó. Alfonso, estoy meditabundo por tu afición de libros que despejan enigmas de la Alquimia; pude contestarle. Hemos estado cerca de un jardín deleitable, reino de placeres, falta saber el significado del nudo pasional lo que envuelve lo desnudo y lo vestido. ¿Seremos acaso pecadores o figuras de trazos lujuriosos, turbadores de la joven edad?

Decidimos el fin de la implacable aventura y tomamos la dirección por el punto de Mérida. Jaime me señaló una destartalada habitación donde en tiempo pasado murieron dos personas distanciadamente. Estos aconteceres fueron posibles en ese ambiente. Desde entonces a la dueña la conocen como la Silla Eléctrica. Entramos a la ciudad y Jaime recaló en su valle de Santa Rita camino de Mendoza Fría, orillas del río Momboy.

Años más tarde en la década de los sesenta nos encontramos cuando yo realizaba viaje turístico por tierras de Charles Darwin. En su conversación me habló de su afición por la buena música y exaltó el novedoso aporte de Carl Orff en Catuli Carmina y Carmina Burana, inquietos temas sonoros que asombraban a emocionados oyentes de la BBC. Como relámpago sobrevino la señal de lo imposible, lo extraviado por magia ojival, cavidades de silencios góticos, maravillas de luz y brujería, apetencias desechas por primitivo carnaval de barrio. Nos despedimos y Jaime, visitador habitante de estas tierras se dirigió a la colina de Hampsted Heat, desde un ángulo divisaba un extenso perímetro de la capital, luego descendió y sintió en franco plano el brote campanero de San Pablo y cúpula y el acontecer de la regia Westminster, arboledas, curvaturas celestes de Hyde Park y en la porción siguiente, las escalinatas y portales del British Museum, refugio de antiguas y magnéticas edades y profundos destellos vitales. Al salir, los espejos invisibles que absorbían los conjuros y la instancia infinita de pájaros parlantes que buscaban a la dicha en un trazo lejano, rumbo sur. Se desplazó por puestos populares donde muchas librerías ofrecían textos traducidos a diversos idiomas, libros de contenido griego fueron escogidos y apartó un texto del universal teatro De Sófocles. Llamó su vivaz atención un personaje conocido como Tiresias, acosado por impedimentos físicos pero dueño del delirante poder de la adivinación. Luego estallaba Minerva, genio de la sabiduría, portando la cábala como señal en boca y mano. Al caer una tarde, Jaime me comunicó que habitaba un Apto. en Clapan South, atractivo lugar del sur de Londres. Acudí un día Domingo y llegue a la dirección señalada porque muy cerca se elevaba una estación del Underground. Luego después del encuentro, Jaime me manifestó que los gastos de alquiler los compartía con las necesidades hogareñas, habitación, alimentos y vías de comunicación más luz y transporte. La administración estaba a cargo de Lizabetta, encendida flor entre hierbas, entornos lacustres y plenilunio en ascenso y la altiva madre sortilegio de niebla y ternura. La relación damas e inquilino cuando llegó el momento, me llenó de satisfacciones por el atractivo y persistente noviazgo ya demostrado.

El día de mi partida me enteré en el aeropuerto del conjuro latinoamericano de Jaime que despertaba transparentes dichas, deseos y pasiones. Pasaron años y el cándido matrimonio marcó complejas relaciones sentimentales. De fríos norteños europeos, la pareja después decide venir a nuestro país y tropezar con dulce terrenal criollo, procedente de sembrados y espigas, unidos a parpadeos floridos y humaredas de carne y café.

Era un ámbito paramero turbado por la ansiedad del poder y en el centro de los aconteceres el asomo caudillezco de personajes como Juan Bautista Araujo, León de la Cordillera, González Pacheco Doctor y General, graduado en París y vehemente Lector de Balzac y Víctor Hugo y el legendario estratega Rafael Montilla, tigre de

Guaitó.

Las batallas y memorias de estas alturas andinas me sacudieron lo visto y padecido. Leí hace poco un libro del norteamericano de Colombo, Michael Ondaatje; nos aportó una novela Western y hurgó la catástrofe de Billy The Kid; aparecía un fugitivo que clamaba a orillas de un desierto: solo, en la inmensidad padeció la sed, finalmente encontró agua, bebió y le salió por una oreja. Cada dos horas se detenía para dormir, colocando las botas en forma de flecha para trampear y no perder el rumbo. Algún día sabrás por que leí este libro, querido amigo. Al caer la tarde asumió otra postura, me habló de su hija Isolda nacida en la Gran Bretaña, ella se acostumbró al deleite con el rocío y las menudas aves cantoras en los arbustos, y la charla con familiares, visitantes y amigos, atentos a su acento Valerano. El respeto por todo lo que me rodeaba tiene por nombre: Isolda, agregó Jaime. La tentativa se remonta hasta las meditaciones de mi mujer Lizabetta. En Inglaterra fue atraída por el éxtasis, cuando escuchaba las iluminadas grabaciones de las potencias Wagnerianas; en ellas, aparecían los sueños, donde la exhalación del gran teatro de Bayreuth la convocaban para adornar su sueño en la transparencia y serenidad de un regio palco. Frente a Lizabetta emergía el rumor de Cornualles y dentro de sus lejanías el estremecimiento trágico de mástiles, brumas, un errante y apagado corazón dentro de Isolda y la mudez horizontal de la espada, bajo el atuendo mortal de Tristán.

 

Ahora no son roces operísticos, la experiencia va a otro lado y es ajedrez de la India y Arabia que asoma su misterio en recinto protegido por elevados pilares. Adentro nos asombra el pudor y silencio de los jugadores sobre tableros que despliegan figuras de caballos, torres, peones con vestidura medieval de guerrero en simulacro de batallas con sus pérdidas y ganancias. Prosiguen las correrías y tropieza como un Pantagruel en arrojo de fugitivo para luego caer en acusaciones y juicios. De inmediato la suerte del dado pronunciaba sentencias.

Ahora el juego lo coloca en el inquietante menester de los naipes del póker, soltados sobre alegrías y maldiciones desde el terciopelo de una sospechosa mesa o velador. El recorrido comenzaba por los sembrados de la Plata, extensión perteneciente al pródigo y profundo quehacer del fraternal amigo, Mario Maya. Se erguían especies de fortalezas con ruedos, sillas y otros elementos de esparcimiento. Los asistentes portadores de emoción y voces altas, se erizaban en un desafío que expandían espuelas, picos y plumajes. Mientras en su casa de Santa Rita, Lizabetta concluía la escritura de un libro donde los tiempos y vivencias de los Terán, salían del remoto acontecer de regocijos y melancolías, bajo la muda guardia de un destino. El brote intelectual de Lizabetta se llama “The Hacienda” y ha sido leído en predios periodísticos británicos con resultados aprobatorios en buen grupo de lectores y críticos. En medio de agites ciudadanos. Jaime fue visitado por jóvenes enrolados en los atractivos movimientos de la decidida guerrilla andina. Era decisión cubierta por motivos políticos, económicos y sociales lo que desató los enfrentamientos cívico-militares. En el desarrollo de los hechos se asomó el duende político con su valentía o delación. Su carencia de destreza lo apartó de la móvil participación. En el curso del tiempo, otros aconteceres acosaron la estabilidad hogareña.

Lizabetta en el laberinto y fluir de todo lo escrito percibió motivos existenciales para decidir el abandono de lo forjado y vivido; y un día escogido, levantó vuelo a Londres en compañía de su hija Isolda, todavía dueña de ruiseñores y burbujas.

Los aconteceres transcurrieron en el antiguo escenario de Caplan South mientras Isolda revivía hechos afincados en la soledad que la acosaba. Resolvió regresar, hacerse partícipe de las cavilaciones y sacudidas paternas adheridas al término del paisaje blanco de Mendoza Fría. Era la pureza y candor de familiares, viajeros, amigos plenos de agrestes cariños.

Al lado derecho del riachuelo se fabricó un Bar diseñado por su primo Luis Daniel, local de esparcimiento y gratas conversaciones. Inició en su vehículo un viejo Jeep, viajes hacia lugares cercanos. Se detuvo en el Baño, lugar de reposo y diversiones, el Baño se hallaba en la región de Motatán y Jaime untado con azufre fue a las duchas de aguas calientes, descubrió el curioso despegue de un puñado de zamuros como impulsados por recóndita energía. Jaime hace tiempo en texto de estudio de la ornitología se interesó por los complejos fenómenos de los vuelos y sus destinos. A la salida por la puerta principal captó el vuelo solitario de un Zamuro.

Esa mirada la motivaban inquietud espacial donde sus pesquisas descubrieron el desplazamiento del ave por las alturas del filo de los Encantados y redondeces del Pan de Azúcar.

Al regreso y entrar a su casa dijo: este zamuro me ha despejado algunos recuerdos de extraviadas lecturas, por ejemplo, John Keats en sus versos de Melancolía dejó escrito (Belleza que es mortal que esta siempre con la mano en los labios).

Las reflexiones del anciano marino de Colereridge (Invitado en una piedra: nada puede hacer ya sino escuchar también. Se filtraron así las exploraciones hundidas en los manuscritos de Poe, Poeta de quebrantos y agonías desbocadas entre Nueva York y Baltimore. Este zamuro siempre mantuvo sus visitas y se desparramaba por despojos y osamentas que traían del Trapiche, empleados a la espera de los carros basura. Me acerqué al visitante insólito, estaba silenciosamente parado sobre el borde del sostén todavía abierto, al asomarme, el ave, lucía un poco inquieta con su callada postura; sentí que deseaba hablar y pude comunicarle: Tú te llamas Napoleón, te lo mereces; inmóvil me miró, abrió sus alas y emprendió vuelo hacia la altura nebulosa.

Veloz pasó el tiempo y en desconocida hora descendió. Y en el tic-tac del momento, guardé una oculta y áspera sonrisa, y mi susurro fue hasta el volador. Le pregunté: ¿Napoleón, has estado en Waterloo, has volado sobre sus guerras, como te pareció el

caserón del Duque de Hierro que llaman Wellington?

Napoleón el animal parecía responder y comenzó a elevarse de modo pesado, imperfecto y letales sinuosidades.

En rara ocasión Napoleón aleteó en la irregularidad del ventanal en momentos de divertimentos cuando me hallaba en el Trapiche y pude con la intuición medir sus espectrales pasos, y la apretada inseguridad al dirigirse a los restos carnívoros esparcidos en la desolada habitación. Napoleón trató de salir, pero unos temblores lo dominaron y se resbaló en caída sobre montón de breñas apiñadas en la parte baja de la pared. Jaime se aproximó y comenzó a llamar. Donde cayó el ave se cernía un rígido frío; todo estaba yerto y enrarecido. Rápidamente nuestro joven halló un trapo negro para así cubrir el vuelo final de Napoleón.

Activó su usado Jeep y subió a la altura de un cercano risco, en medio de la tristeza cavó una fosa y de pronto le llegó el sonido de un pausado trote de asno que llevaba montado un viejo Jornalero, ayudante campesino de Don Cesar dueño de los cañaverales, difunto y querido padre de Jaime. El jornalero y hombre de confianza se bajó de su asno preguntó ¿qué envoltura es esa que cargaba usted entre sus manos?

Jaime mirando al cielo y las lejanas sombras contestó: Un tardío visitante a las puertas de mi estancia ¡Eso es todo y nada más!