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Sofía Imber y Carlos Rangel entrevistan a Raymond Aron

Raymond Aron/ Fotografía tomada de Internet

Raymond Aron/ Fotografía tomada de Internet

Lo que sigue es un fragmento de la entrevista que, el 15 de febrero de 1982, Sofía Imber y Carlos Rangel le hicieron a Raymond Aron, en el programa “Buenos días”, que transmitía Venevisión. El material completo está disponible en la muy recomendable Web de la Sala Virtual de Investigación del CIC-UCAB.

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—Sofía Ímber: En un reciente sondeo de opinión en su país, resultó que Raymond Aron es considerado hoy, en forma abrumadora, como el primer intelectual de Francia; ésa es una novedad considerable porque hasta ahora los triunfadores en el terreno del reconocimiento por la opinión pública, habían sido hombres como Sartre, que fue un pro-soviético, o como Camus, que por lo menos no quiso o se abstuvo de exponer las consecuencias en política internacional, de su rechazo al comunismo, que hace en su libro El Rebelde. Profesor Aron, ¿a qué se debe ese reconocimiento, aunque sea tardío, de sus ideas?

Raymond Aron: Hay por lo menos dos respuestas, la primera de ellas la dio André Malraux hace mucho tiempo. Malraux me dijo: “Espere, porque el tiempo arregla todas las cosas”. Ahora bien, si uno quiere una interpretación más halagadora para mí, digamos entonces que ha ocurrido con frecuencia que el curso de los hechos me ha dado la razón, y que hoy en día muchos intelectuales reconocen que lo que yo he escrito a través de los últimos años, ha estado confirmado por los hechos; de modo que ambas respuestas, ambas interpretaciones son cálidas.

—SI: Hay que retenerlas, dice el profesor...

RA: Hay que recordarlas.

—SI: Esencialmente, ¿en qué consisten sus puntos de vista sobre la URSS que durante tanto tiempo lo mantuvieron en una especie de ostracismo en la comunidad intelectual francesa, y que ahora son admitidos hasta por el Partido Comunista italiano?

RA: Yo creo que es sencillo: hace 35 años pienso que el régimen soviético es el prototipo de lo que uno llama un régimen totalitario. El Estado absorbe la sociedad civil, más es un régimen ideocrático, es decir, que en nombre de una ideología, el Estado impone una disciplina totalitaria. Agrego además que a medida que pasa el tiempo todo el mundo tiene que reconocer que el régimen soviético, económicamente no es eficaz y que si se combina la ausencia de eficacia, es decir, la ineficacia con el fracaso económico, entonces no hay razón para no considerar al régimen soviético como un peligro, sobre todo porque el régimen soviético consagra para gastos militares un porcentaje enorme –13 al 15% de su presupuesto total– y que además ocurre que si el régimen soviético estuviese exclusivamente limitado a su país, uno diría que es una cuestión, un problema de los rusos, pero el régimen soviético tiene una voluntad expansionista de tal proporción, que lo convierte en una amenaza para el resto de la humanidad a pesar de su fracaso económico.

—SI: ¿A qué se debe la influencia tan grande y tan duradera del marxismo?

RA: Hay razones comunes para todos los países del mundo para la permanencia de la influencia del marxismo, y hay razones que son más bien típicas de países como Venezuela, por ejemplo. Las razones generales de esta influencia son que el marxismo es todavía hoy, la filosofía de la historia más seductora para aquellos quienes buscan el absoluto sobre la tierra; el marxismo analiza el capitalismo, descubre algunos de sus males y anuncia un mundo nuevo que irá surgiendo de catástrofe en catástrofe, es decir, a través de catástrofes sucesivas. Yo he empleado para señalar esto, la expresión del “optimismo catastrófico”, porque me parece muy adecuada para calificar el marxismo; esto permite, combina una interpretación despiadada de la realidad actual, una crítica despiadada de la realidad actual con la promesa de un mundo donde los hombres se reconciliarían y habría una fraternidad, y en este sentido diría que el marxismo es una ideología que se parece mucho a una visión religiosa. Hace cuarenta años yo empleé para calificar al marxismo, la expresión de “religión secular”, en un mundo tan lleno de problemas como el actual, el marxismo responde a la necesidad afectiva e intelectual de muchos intelectuales, y luego hay una segunda filtración específica para los países que uno califica de subdesarrollados, caso que no parece ser el de Venezuela –por lo poco que he podido ver– y en este caso de los países llamados del Tercer Mundo, el marxismo-leninismo en gran medida explica el subdesarrollo de esos países, su atraso, por la buena fortuna de otros países; de manera que los intelectuales latinoamericanos quienes por muchas razones, algunas de ellas desde luego válidas, suelen ser anti-norteamericanos, encuentran por lo tanto en el marxismo-leninismo la racionalización de sus resentimientos, de sus pasiones y de sus esperanzas, y ésa es la razón de la fortuna del marxismo en esos países. Yo no quisiera parecer ni ser agresivo con relación a los intelectuales latinoamericanos, porque en todo esto se parecen mucho a los intelectuales europeos.

―SI: Sartre llegó a decir que el marxismo era el horizonte intelectual insuperable de toda reflexión histórica y política. ¿Cómo aparece hoy esa afirmación?

RA: En efecto, las relaciones de Sartre con el marxismo, fueron intermitentes. Diría, utilizando una frase de Proust, que son las intermitencias del corazón. Hubo momentos en los cuales Sartre criticó muy duramente al marxismo-leninismo, y en otros hay, por ejemplo, esa frase que usted acaba de citar, que el marxismo sea el horizonte intelectual insuperable de nuestra época. Esa frase por cierto, se encuentra en la Crítica de la razón dialéctica, pero como Sartre tenía el gusto de la dialéctica decía, primero, que el marxismo era el horizonte insuperable de nuestra época, pero inmediatamente señalaba que "el marxismo es totalmente estéril", afirmación que contradice a la primera. De modo que el marxismo para él era a la vez, el futuro provisor y un fracaso intelectual; tomen ustedes la que prefieran porque ambas cosas se encuentran en Sartre, es decir, Sartre no era enteramente ciego con al marxismo, pero a la vez, con estos errores de origen emotivo. La otra explicación sería que Sartre detestaba tanto a la sociedad burguesa, que quería entonces encontrar bondades en su antítesis, es decir en el marxismo-leninismo.

SI: Usted fue condiscípulo y amigo fraterno de Sartre justamente hasta que la divergencia de opiniones sobre el comunismo los separó. ¿Cómo puede Sartre hacer afirmaciones como la que citamos hace un momento, o incluso una mucho más enorme, a su regreso del viaje que hizo a la URSS acompañado por Simone de Beauvoir, cuando dijo que la URSS era el país más libre del mundo?

RA: Esa frase la dijo Sartre mucho después de aquel viaje a la URSS, eso fue como a principios de la década del 60, por esas fechas fue cuando Sartre dijo eso, que Rusia era el país más libre del mundo; Sartre dijo esto en una rueda de prensa, o en una declaración después de su regreso de Moscú, y lo que yo creo al respecto, es que Sartre no releyó lo que había dicho, -y siento la tentación de absolverlo de esa frase tan desgraciada-, porque es algo absolutamente absurdo. Yo creo que usualmente aún cuando Sartre era un compañero de viaje de los comunistas, no tenía ni se hacía ilusiones en modo alguno sobre la URSS.

SI: Perdón profesor, pero Sartre desde 1946 sabía que había millones de personas en campos de concentración.

RA: Sí y no...Lo cierto es que esta mañana, en este programa, me encuentro en la curiosa situación de haberme convertido en el defensor de mi camarada de escuela Jean Paul Sartre-; es cierto que Sartre nunca ignoró el hecho de que existieran en la URSS campos de concentración. Firmó, conjuntamente con Maurice Merleau-Ponty, un editorial en su revista Les Tempes Modernes, en el cual reconocía y denunciaba la existencia de campos de concentración en la URSS. Entonces, ¿por qué pese a reconocer tal cosa, siguió Sartre aceptando durante muchos años después de ello, ser un compañero de ruta o un tonto útil de los comunistas? Tal vez habría que buscar explicaciones psicológicas, o incluso psicoanalíticas, puesto que racionalmente es difícil encontrar una interpretación o una explicación satisfactoria a esa actitud. Yo diría simplemente lo siguiente: en aquel momento Sartre consideraba que él no podía no ser revolucionario, a partir del momento cuando él se dice que tiene que ser revolucionario el único movimiento revolucionario era aparentemente el marxismo-leninismo, y entonces partiendo de ese razonamiento, uno diría que es una racionalización delirante”.