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El Sistema Marginal: La Colección

“El sistema de los objetos” (Siglo XXI, México, 1969)

“El sistema de los objetos” (Siglo XXI, México, 1969)

Presentamos al lector un fragmento del libro “El sistema de los objetos” (1969) que ofrece una crítica cultural a la sociedad de consumo. A esta obra le sucederán “La sociedad de consumo” (1970) y “Crítica de la economía política del signo” (1974)

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En el Littré entre otras acepciones del término objeto, se lee la siguiente: “todo lo que es la causa, el sujeto de una pasión. Figurado y por excelencia: el objeto amado.”

Reconozcamos que nuestros objetos cotidianos son, en efecto, los objetos de una pasión, la de la propiedad privada, en la que la inversión afectiva no cede en nada a las demás pasiones humanas, una pasión cotidiana que a menudo se impone a todas las demás, que a veces reina sola en ausencia de las demás. Pasión templada, difusa, reguladora, cuyo papel fundamental en el equilibrio vital del sujeto y del grupo, en la decisión misma de vivir no sabemos apreciar bien. En este sentido, los objetos son, aparte de la práctica que tenemos, en un momento dado, otra cosa más, profundamente relativa al sujeto, no sólo a un cuerpo material que resiste, sino un recinto mental en el cual yo reino, una cosa de la cual yo soy el sentido, una propiedad, una pasión.

El objeto abstraído de su función

Cuando utilizo el refrigerador con fines de refrigeración, realizo una mediación práctica y entonces no es un objeto, sino un refrigerador. En esta medida, no lo poseo. La posesión nunca es la posesión de un utensilio, pues éste nos remite al mundo, sino que es siempre la del objeto abstraído de su función y vuelto relativo al sujeto. A este nivel, todos los objetos poseídos son objeto de la misma abstracción y se remiten los unos a los otros en la medida en que no remiten más que al sujeto. Entonces se constituyen en un sistema gracias al cual el sujeto trata de reconstituir un mundo, una totalidad privada.

De tal manera, todo objeto tiene dos funciones: una la de ser utilizado y la otra la de ser poseído. La primera pertenece al campo de la totalización práctica del mundo para el sujeto, la otra al de una empresa de totalización abstracta del sujeto por él mismo fuera del mundo. Estas dos funciones están en razón inversa la una de la otra. En el límite, el objeto estrictamente práctico cobra un status social: es la máquina. A la inversa, el objeto puro, desprovisto de función o abstraído de su uso, cobra un status estrictamente subjetivo. Se convierte en objeto de colección. Deja de ser tapiz, mesa, brújula o chuchería para convertirse en “objeto”. Un “magnífico objeto” dirá el coleccionista y no una magnífica estatuilla. Cuando el objeto ya no es especificado por su función, es calificado por el sujeto. Pero, entonces, todos los objetos son iguales en la posesión, en esa abstracción apasionada. Uno solo no basta: es siempre una sucesión de objetos, en el límite una serie total, lo que es el proyecto consumado. Por eso, la apreciación de un objeto cualquiera es tan satisfactoria y tan decepcionante a la vez: toda una serie la prolonga y la llena de inquietud. Es un poco lo que ocurre en el plano sexual: si la relación amorosa apunta al ser en su singularidad, la posesión amorosa, por su parte, y como posesión amorosa, no se satisface más que con una sucesión de objetos, o con la repetición del mismo, o con la suposición de todos los objetos. Sólo una organización más o menos compleja de los objetos, que remita los unos a los otros, hace de cada objeto una abstracción suficiente para que pueda ser recuperado por el sujeto en la abstracción vivida que es el objeto de posesión.

Esta organización es la colección. El entorno habitual conserva un status ambiguo: lo funcional se deshace sin cesar en lo subjetivo, la posesión se mezcla con el uso de una empresa constantemente burlada de integración total. La colección, por el contrario, puede servirnos de modelo: es allí donde triunfa esa empresa apasionada de posesión, donde la prosa cotidiana de los objetos se vuelve poesía, discurso inconsciente y triunfal.

El  Objeto  Pasión

“La afición a coleccionar –dice Maurice Rheims– es una suerte de juego pasional” (La vie étrange des objets, p. 28). En el niño, es el modo más rudimentario de dominio del mundo exterior: colocación, clasificación, manipulación. La fase activa de coleccionamiento parece situarse entre los 7 y los 12 años, en el período de latencia entre la prepubertad y la pubertad. La afición a coleccionar tiende a desaparecer en el momento en que comienza la pubertad, para resurgir a veces inmediatamente después. Más tarde, son los hombres de más de 40 años los que se dejan atrapar por esta pasión. En pocas palabras, es visible por doquier una relación con la circunstancia sexual; la colección se nos manifiesta como una compensación poderosa en ocasión de las fases críticas de la evolución sexual. Es exclusiva siempre de una sexualidad genital activa, pero no la sustituye pura y simplemente. Constituye, por relación a esta última, una regresión hacia la etapa anal, que se traduce en conducta de acumulación, de orden, de retención regresiva, etc. La conducta de coleccionamiento no equivale a una práctica sexual, no apunta a una satisfacción pulsional (como el fetichismo), y sin embargo puede llegar a una satisfacción reaccional no menos intensa. El objeto cobra aquí, por completo, el sentido del objeto amado. “La pasión del objeto nos lleva a considerarlo como una cosa creada por Dios: un coleccionista de huevos de porcelana considera que Dios no creó jamás forma más bella ni más singular, y que la imaginó para dar gusto a los coleccionistas...” (M. Rheims, p. 33). “Estoy loco por este objeto”, declaran y, sin excepción, incluso cuando no interviene en esto la perversión fetichista, mantienen en torno a su colección un ambiente de clandestinidad, de secuestro, de secreto y de mentira que tiene todas las características de una relación pecaminosa. Este juego apasionado es lo que hace sublime esta conducta regresiva y justifica la opinión según la cual todo individuo que no colecciona nada no es sino un cretino y un pobre despojo humano.”

Así, pues, el coleccionista no es sublime por la naturaleza de los objetos que colecciona (éstos varían según la edad, la profesión, el medio social), sino por su fanatismo. Fanatismo idéntico en el rico aficionado a las miniaturas persas y en el coleccionista de cajas de cerillos. Por esto la distinción que se pretende realizar entre el amateur y el coleccionista, el último de los cuales amaría los objetos en función de su sucesión en una serie, en tanto que el primero lo haría por su encanto diverso y singular, no es decisiva. El goce, de uno y otro, proviene de lo que la posesión juega, por una parte, sobre la singularidad absoluta de cada elemento, que lo hace equivalente de un ser, y en el fondo del sujeto mismo, y por otra parte expresa la posibilidad de la serie, por consiguiente, de la sustitución indefinida y del juego. Quintaesencia cualitativa, manipulación cuantitativa. Si la posesión está constituida por la confusión de los sentidos (del tacto, de la vista), por la intimidad con un objeto privilegiado, está no menos constituida por el buscar, el ordenar, el jugar y el reunir. Y para decirlo de una vez, hay en esto un indicio de harem, cuyo encanto es el de la serie en la intimidad (con un término privilegiado siempre) y de la intimidad en la serie.

El hombre es por excelencia señor de un serrallo secreto en el seno de sus objetos. La relación humana, que es el campo de lo único y de lo conflictivo, nunca permite esta fusión de la singularidad absoluta y de la serie indefinida: de donde viene que sea fuente continua de angustia. El campo de los objetos, por el contrario, que es el de los términos sucesivos y homólogos, nos tranquiliza. Claro está que a costa de una astucia irreal, abstracción y regresión, pero no importa. “El objeto –dice Maurice Rheims– es para el hombre una suerte de perro insensible que recibe las caricias y las devuelve a su manera, o más bien las remite como un espejo fiel no a las imágenes reales, sino a las imágenes deseadas” (p. 50).

El   más   hermoso   de  los   animales   domésticos

La imagen del perro es apropiada: los animales domésticos son una suerte de intermediario entre los seres y los objetos. Perros, gatos, pájaros, tortugas o canarios, su presencia patética es indicio de un fracaso de la relación humana y de un recurso a un universo doméstico narcisista, donde la subjetividad, entonces, se consuma en plena quietud. Observemos, de pasada, que estos animales no están sexuados (a veces están castrados para el uso doméstico), y que están también desprovistos de sexo, aunque sean vivientes, como los objetos, y de esta manera pueden ser efectivamente tranquilizadores a costa de una castración real o simbólica por la cual desempeñan junto a su propietario el papel de regulador de la angustia de castración, papel que desempeñan también, evidentemente, todos los objetos que nos rodean. Pues el objeto es el animal doméstico perfecto. Es el único “ser” cuyas cualidades exaltan mi persona en vez de restringirla. En general los objetos son lo único existente cuya coexistencia es verdaderamente posible, puesto que sus diferencias no nos enfrentan unos a otros, como es el caso de los seres vivos, sino que convergen dócilmente hacia mí y se suman sin dificultad en la conciencia. El objeto es lo que más se presta a ser “personalizado” y contabilizado a la vez. Y para esta contabilidad subjetiva, no hay nada exclusivo, todo puede ser poseído, investido o, en el juego del coleccionista, colocado, clasificado, distribuido. El objeto, de este modo, es en sentido estricto un espejo: las imágenes que nos remite no pueden menos que sucederse sin contradecirse y es un espejo perfecto, puesto que no nos envía las imágenes reales, sino las imágenes deseadas. En pocas palabras, es un perro del que no queda más que la fidelidad. Y puedo mirarlo sin que él me mire. He ahí por qué se invisten los objetos de todo aquello que no pudo lograrse en la relación humana. He ahí por qué el hombre regresa, de tan buen grado, para “recogerse”. Pero no nos dejemos engañar por este recogimiento y por toda una literatura a la que enternecen los objetos inanimados. Este recogimiento es una regresión. Esta pasión es una huida apasionada. Indudablemente, los objetos desempeñan un papel regulador en la vida cotidiana, en ellos desaparecen muchas neurosis, se recogen muchas tensiones y energías en duelo, es lo que les da un "alma", es lo que hace que sean "nuestros", pero es también lo que constituye la decoración de una mitología tenaz, la decoración ideal de un equilibrio neurótico.

 

EL SISTEMA DE LOS OBJETOS

Jean Baudrillard

Editorial Siglo XXI

México, 1969