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Shakespeare nuestro contemporáneo

“Wilde creía ver en esta actitud de la crítica una forma inicua de juzgar el genio de Shakespeare. Reconocía que en el Teatro Isabelino abundaban las incoherencias pero que señalarlas para desmedro de sus grandes dramaturgos como Christopher Marlowe, William Shakespeare o Ben Johnson, era vicioso y perverso”

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Oscar Wilde pensaba que si había alguna razón para excusar a William Shakespeare de sus numerosos anacronismos, era precisamente porque el bardo de Avon siempre se cuidó de evitarlos hasta donde fuera posible.

Wilde razonaba así en su memorable ensayo titulado La Verdad de las Máscaras (The Truth of the Masks) al dirigir un amargo comentario contra quienes consideraban que montar a los romanos de Shakespeare como romanos, a los griegos como griegos y a los daneses como tales, exigía un rigor histórico que jamás tuvo su desordenado autor.

No pocos críticos se han detenido con horror ante los llamados “anacronismos” shakesperianos: el caso de Troilo, en Troilo y Cressida, quien cita a Aristóteles ocho siglos antes del nacimiento de éste; Cleopatra, en Antonio y Cleopatra, quien distrae las horas jugando billar en el Egipto de los Ptolomeos, o los asesinos en Julio César quienes, al calor de la conjura, se orienten por los tañidos de un reloj en el Foro Romano.

Wilde creía ver en esta actitud de la crítica una forma inicua de juzgar el genio de Shakespeare. Reconocía que en el Teatro Isabelino abundaban las incoherencias pero que señalarlas para desmedro de sus grandes dramaturgos como Christopher Marlowe, William Shakespeare o Ben Johnson, era vicioso y perverso.

Además, según Wilde, el Teatro Isabelino se representaba a la usanza de su época y, en tal sentido, Shakespeare jamás pretendió que sus romanos aparecieran en escena vestidos de toga y manto púrpura. Shakespeare bien podía prescindir del rigor histórico, pero nunca de la ilusión que transmitía el vestuario. Así fuera en ropaje renacentista y no en togas romanas, Wilde pensaba que en Shakespeare el vestuario era prácticamente todo. De otra forma Shylock no sería el mismo sin su gabardina judía, ni Ricardo III sin su joroba. Según Wilde, un Shakespeare sin la plasticidad del vestuario y la ilusión que esto conlleva reduciría sus obras al simple esqueleto de la crueldad o la compasión filosófica. Nada más.

Pero los juicios de Wilde han sido puestos en entredicho por muchos directores de teatro de este siglo quienes se han encargado de demostrar que una obra es grande mientras sea capaz de despertar cierta ilusión en el espectador, independientemente del tipo de vestuario o del rigor histórico con que se le represente.

A manera de ejemplo, tengo delante de mí un artículo del Shakespeare Quarterly, publicado por la Folger Shakespeare Society en Washington D.C. El artículo reseña un montaje moderno de Noche de Reyes en Munich. El director propone la obra casi a la manera de un western, en donde el grupo de actores aparece vestido de vaqueros. Hablan ruidosamente en la barra de una taberna mientras alternan con un alcohol pendenciero. De pronto, la ambigüedad sexual del gran personaje de esta comedia de enredos, llamada Rosalinda, queda confirmada por el rudo chaleco de flecos que esta dama (quien oculta su verdadera identidad) lleva puesto junto a sus templadas pistolas y el sombrero de vuelo ancho que le oculta su femenina mirada.

Seguramente Wilde se habría escandalizado ante un Shakespeare tan simple y prosaico como el de Noche de Reyes en Munich y el de muchos otros montajes modernos a los que nos ha tocado asistir como espectadores en este siglo.

Pero si hasta los tiempos de Wilde, la representación de las obras de Shakespeare se debatía entre la exactitud histórica o la magnificencia del vestuario, el siglo XX ha pretendido demostrar que Shakespeare no precisa ni de lo uno ni de lo otro.

Para nuestros directores de hoy, Shakespeare vive simplemente a través de sus metáforas y verdades eternas sin necesidad de que la joroba configure la maldad de Ricardo III. Para muchos de ellos, lo importante es que Hamlet sea Hamlet en Elsinor o en una bodega de jóvenes existencialistas en París. O que Romeo y Julieta se juren amor entre los odios irreconciliables de sus familias en Verona o en el Bronx de Nueva York. O que Macbeth aparezca en armadura o en blue jeans. Esto es lo que precisamente permite que veamos a Shakespeare como uno de nuestros contemporáneos.

NOTA

Hemos tomado este dedicado a Shakespeare, de la colección de ensayos titulada Bajo la mirada peregrina, publicada por Fundarte en 1999.