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Un Shakespeare en Caracas

Portada para la obra “Hamlet”, adaptación realizada por el director Ugo Ulive y representada por el Grupo Teatral Skena en Caracas

Portada para la obra “Hamlet”, adaptación realizada por el director Ugo Ulive y representada por el Grupo Teatral Skena en Caracas

“Sólo entonces me doy cuenta de la inmensidad de Shakespeare: hoy, a 450 años de su nacimiento, parece definir en cuatro palabras la tambaleante situación que presenta el teatro venezolano como institución: Ser, o no ser. He ahí el dilema”

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“La idea no es vivir para siempre, es crear algo que sí lo haga” decía un platinado Andy Warhol en su Factory. Lo lógico sería citar al dramaturgo que apellida el título de este trabajo pero mi idea es reconocer a William Shakespeare, el mayor exponente del teatro isabelino, como un autor pop. Me explico, fue uno de los primeros dramaturgos en darse cuenta de que el teatro debía ser comercial, sin que ello significara caer en la vulgarización o recurrir a animales entrenados en escena, cosa que se estilaba en su época. Segundo, la treintena de piezas que escribió han viajado por todo el mundo y sus argumentos han servido de inspiración para centenares de versiones tanto teatrales como cinematográficas.

Tercero y más importante aún: fue un autor que conocía perfectamente a su público y que se valía de hadas y duendes del solsticio de verano o tres hermanas brujas reunidas ante un caldero en un páramo para acercarse a él. Creó personajes que representan un verdadero reto para los actores profesionales, aún después de cuatro siglos y medio de haber sido concebidos porque en ellos se encierra la esencia más pura de la humanidad. Para Diana Volpe, primera actriz, directora y productora teatral, “son la representación de nuestras ansiedades, angustias, y deseos. En sí mismos encierran toda la humanidad de un tipo, todo lo que es la ambición, todo lo que es el amor, los celos, la idea de lo grande en una persona”.

A pesar de ello no es un autor que suela representarse de forma constante en el escenario caraqueño. De hecho sus piezas tienen si acaso un siglo representándose en Venezuela: las primeras piezas teatrales llevadas a escena en el país fueron comedias de Lope de Vega, Calderón de la Barca y otros autores del llamado Siglo de Oro español a finales del siglo XVIII. Las obras de Shakespeare en cambio llegaron dos siglos después, específicamente en las dos primeras décadas del siglo XX tal como afirma Leonardo Azparren Giménez, reconocido investigador y crítico teatral, además de ser Individuo de Número en la Academia Venezolana de la Lengua. “Las primeras noticias que yo tengo de Shakespeare en Venezuela se remontan a las dos primeras décadas del siglo pasado. Una compañía trajo un Hamlet que fue muy celebrado por la crítica”.

Después, según Azparren Giménez, pasan casi cincuenta años sin que se represente a Shakespeare en Venezuela “…hasta que en 1959, mayo para ser exactos, Nicolás Curiel en el Teatro Universitario hace Noche de Reyes. Después en mayo de 1962 hace Romeo y Julieta, y en 1976 hace un espectáculo que él llamó Yo, William Shakespeare. En los años anteriores no hay noticias, yo no tengo noticias”, aclara el experto. A partir de las décadas de los sesenta y setenta el dramaturgo isabelino comienza a representarse intermitentemente en las tablas caraqueñas, época en la cual Azparren Giménez destaca los montajes de La otra historia de Hamlet del director Humberto Orsini, Romeo y Julieta de Ugo Ulive, y el Hamlet dirigido por Horacio Peterson en el antiguo Ateneo de Caracas.

Pero la intermitencia nunca se convirtió en permanencia, y Shakespeare aún se mantiene entrando y saliendo de la escena venezolana como entra y sale un actor secundario por las patas del escenario. De los montajes recientes vale la pena destacar el Hamlet de Ugo Ulive dirigido por Armando Álvarez con el Grupo Skena en 2012, Macbeth de Orlando Arocha el año pasado y Otelo de Javier Moreno, que estrenó temporada la semana pasada.

Ante esta circunstancia es válido preguntarse por qué en el circuito teatral de Caracas, que actualmente tiene un promedio aproximado de 70 obras semanales  –sin contar los festivales– no es costumbre llevar a escena un texto de Shakespeare. Entonces surge otra pregunta: ¿qué implica trabajar una pieza de Shakespeare?

“El proceso para adaptar Otelo comenzó hace 5 años” recuerda Javier Moreno, quien acaba de estrenar la aclamada pieza en las instalaciones del Centro Cultural BOD. “Comencé por ver cómo reducir los personajes y terminé usando sólo seis, después logré que tuviese una duración de una hora cuarenta y cinco minutos aproximadamente”. En cuanto al lenguaje afirma que realizó una traducción alternativa, puesto que muchas veces no estaba conforme con lo que leía y terminó adaptándola a su manera. “Pero siempre fui respetuoso; este es un teatro de texto”, afirma.

Orlando Arocha, quien dirigió Macbeth el año pasado en La Caja de Fósforos de la Concha Acústica de Bello Monte, tuvo una experiencia parecida. “Trabajó con traducciones del español, inglés e italiano para llegar a la traducción que a él como director más le satisfacía” recuerda Diana Volpe, que en la puesta en escena de Arocha encarnó a la pérfida Lady Macbeth acompañada de Juan Carlos Gardié en el papel de Macbeth. Pero el trabajo de la traducción no fue sólo el de guardar la similitud de significados entre el inglés y el español sino, en palabras del propio Arocha: “lo que hicimos fue tratar que sonara a un lenguaje cercano a nosotros pero sin perder su elegancia y su contenido literario”.

Sin embargo cuando se refieren a la dificultad de sus montajes, cada director tiene una opinión distinta. Para Moreno, Otelo es el trabajo más difícil que le ha tocado enfrentar a nivel de dirección teatral por tratarse de una tragedia. “Es muy fácil rayar en el melodrama, poner a alguien a llorar y ya. Pero mantener la dignidad del personaje es un trabajo muy arduo”.

Para Arocha, en cambio, los textos de Shakespeare no representan ninguna dificultad adicional con respecto a otros montajes realizados. “Cuando uno estudia un texto, ya sea de Shakespeare o de un autor contemporáneo hay un diálogo: es lo que el director piensa y lo que dice el texto; ese diálogo varía según las condiciones mismas de la obra y no del autor”.

Diana Volpe tampoco ve en Shakespeare un acercamiento distinto al que haría con otros textos. Ella explica que “una como actriz se acerca a un texto teatral buscando la verdad, buscando entender su personaje y trabajarlo”. Sin embargo aclara que por tratarse de un clásico recurrió a todo el material que pudo conseguir sobre el enfoque que sus predecesoras le habían dado a la legendaria Lady Macbeth. “Leí todo lo que las grandes actrices inglesas habían hecho con ese personaje, incluso aquellas que a principios del siglo XX llevaban un diario sobre eso” puntualiza la consumada actriz.

Si la complejidad de Shakespeare es relativa, ¿qué lo hace entonces tan ajeno a los escenarios venezolanos? Para Arocha el problema parte del punto de vista, de la sacralización que surge en torno a Shakespeare como uno de los pilares fundamentales del teatro no sólo isabelino, sino moderno, ya que “…se le toma como una cosa venerable, intocable, que es a mi parecer el camino incorrecto. Yo creo que no se trata tanto de adaptarlo sino de verlo desde la perspectiva del momento que se está viviendo”.

Una de las razones que cita Leonardo Azparren Giménez es la escasez de profesionales capaces de encarar un papel de esas magnitudes: “Shakespeare supone altísimas exigencias artísticas de interpretación, y yo creo que eso hace que mucha gente no se atreva a montarlo; en el teatro venezolano son pocos los que tienen capacidad artística para montar a Shakespeare (…) Hay individualidades que son profesionales, pero no se trata de la mayoría” puntualiza.

La verdad es que la escena venezolana –con sus excepciones– no está preparada para realizar un montaje de Shakespeare más de dos veces al año. La escasez de instituciones dedicadas al quehacer teatral, aunada a la ausencia total de una institución profesional que lo respalde, son situaciones que dificultan la formación de profesionales que asuman este reto y garantice que sean debidamente retribuidos por ello, como lo fue el dramaturgo en su momento.

Sólo entonces me doy cuenta de la inmensidad de Shakespeare: hoy, a 450 años de su nacimiento, parece definir en cuatro palabras la tambaleante situación que presenta el teatro venezolano como institución: Ser, o no ser. He ahí el dilema.