• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Serie 21 crímenes de papel 5/21: No se puede ser tan extranjero

“Moravia”, de Marcelo Luján

“Moravia”, de Marcelo Luján

En esta quinta entrega de la Serie 21 crímenes de papel, Juan Carlos Chirinos nos adentra en el "suspense" de "Moravia", la novela de Marcelo Luján

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Los lectores de novelas de suspense, como las llama Patricia Highsmith, comenzamos cada nuevo libro con el ansia de anticiparnos al momento en que se comete ese crimen que nos ha tenido en vilo. Queremos correr delante del autor. Claro, eso si el crimen no ha ocurrido antes de que comenzáramos a leer. Y en esta Moravia, de Marcelo Luján (Buenos Aires, 1973), el crimen parece haber ocurrido, en realidad, hace ya muchos años. En la historia, y en el imaginario del autor. Al menos, desde aquella noche en Alcalá de Henares en que él y yo transitamos sus calles solitarias hasta la estación de ferrocarril, luego de haber pasado una Noche de los Libros madrileña hablando del humor y buscando inútilmente alguna librería abierta donde desahogar nuestra fiebre lectora. Pues me parece que esta novela de la que quiero hablar hoy ya se gestaba en su cabeza, o quizá cumplía el sueño de los manuscritos justos, esos que esperan al editor inteligente que les dé cacería. Al compás de los pasos y las animadas palabras de Marcelo, siempre de viva conversación, ya se incubaba Juan Kosic, el bandoneonista de ancestros checos, cuyo destino y su mundo estará marcado por una anécdota ya contada en su momento por otro novelista y que el lector obediente no descubrirá sino hasta la última página, pues ya se sabe que la literatura es un vasto sistema de vasos comunicantes.

El asunto es como sigue: Juan regresa al pueblo donde viven su madre y su hermana después de quince años de destierro, ya exitoso intérprete de bandoneón; vuelve con su mujer, con su hijo, con su futuro. Pero el retorno no es del todo feliz, aunque él lo desea: quiere darle una sorpresa a su familia y, dejando a la mujer y al niño en otro pueblo, llega solo. No lo reconocen, pero él no se arredra y decide registrarse en la pensión que ella regenta, divertido. Sin embargo, la casa a la que él ha vuelto no es igual a la que dejó tres lustros atrás. Su madre no le auguraba ningún futuro como músico, y quizá jamás esperaría que ese señor tan elegante y con tantísimo dinero fuera su propio hijo.

Pero no estoy contando toda la verdad. Claro, con las novelas de este tipo nunca se debe contar toda la verdad; o sí. Hay que dejar que esta se cuele sin que el lector lo perciba demasiado pronto, mostrándole las imágenes más atractivas del libro, las que le digan que debe entrar y leer, porque el reseñista no lo ha dicho todo, no lo va a decir todo; o sí. Me pasa con los libros que, a veces, para dar con su forma definitiva, los pienso como si fueran piezas musicales; la forma musical a la que se parezca un libro puede en ocasiones decirnos mucho de la historia que se desarrolla allí. Y cuando leí, y he vuelto a leer, Moravia, no pude dejar de pensar en un poema sinfónico ‒uno compuesto, tal vez, por Antonín Dvořák, para no salir de lo checo‒ estructurado en dos mitades, en dos sabores distintos, con claridades y opacidades que se confunden de un lado a otro. Sostenido todo, desde luego, por la precisión del lenguaje y la frase que empuja al lector por una línea que sabe inevitable: la escritura de Luján destella alternativamente ráfagas de poesía y prosa, adensando la atmósfera con buena literatura. La primera parte, la llegada de Juan y su familia a Argentina, el recuento de su vida antes de regresar, y el viaje, enorme, que emprenden hasta la casa de la madre, conforman toda una puesta en escena de un discurso que aparentemente no anuncia nada de lo que ocurrirá a continuación. Hay como una paz, un discurrir anecdótico cercano a una lírica, urbana, sí, pero que mira hacia eso desmesurado que es un país tan extenso como Argentina. Una cultura que cruza las fronteras para buscar su destino y cree hallarlo en el éxito profesional, pero no sabe que allí de donde salió es donde el sentido de su vida lo aguarda. Y entonces comienza la segunda parte, el otro movimiento de este singular poema sinfónico.

Juan llega a casa de su madre, exótico, desconocido, forastero, rico: “No quiso mostrar el dinero. De verdad. Y no lo habría hecho de haber podido evitarlo. Pero como la cartera estaba acostada, al desenganchar una de las hebillas los billetes saltaron como langostas sobre el mostrador”. Y semejante a Odiseo cuando regresa a Ítaca oculto su verdadero ser en las ropas de un mendigo, desconocido para todos ‒pero no para Argos, el perro, anciano y fiel‒, mortífero para sus enemigos; a Juan Kosic su máscara de extranjero rico también le servirá para encontrarse con sus verdaderos enemigos. Solo que con la melodía del bandoneón nunca se sabe, y siempre es mejor no ser tan extranjero en tierras donde esa música tiene su dominio.

Un poema sinfónico es esta Moravia, de Marcelo Luján, que hay que leer con atención y regocijo pues, además, trae una coda creada por el papá de todos los que escriben fuera de su país.

 

Moravia

Marcelo Luján

El Aleph Editores

Madrid, 2012