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Serie 21 crímenes de papel 6/21: El juego de los deseos

La mujer de espaldas, de José Balza

La mujer de espaldas, de José Balza

Juan Carlos Chirinos en esta sexta entrega de la Serie 21 crímenes en papel comenta una joya de la cuentística de José Balza, “La mujer de espaldas”, originalmente publicado en el volumen “La mujer de espaldas: ejercicios holográficos, 1980-1985” (Monte Ávila Editores, 1986)

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Hace tiempo pienso que cuando un narrador comienza a contar historias, va en línea recta hacia un relato determinado; a los poetas les pasa algo semejante: su primer poema es el inicio de una ruta que los llevará a un puerto, y quizá regresen a él periódicamente: el poeta siempre termina escribiendo un poema sobre el poema mismo, un metapoema, una de cuyas cumbres es aquel famoso de Lope, “Un soneto me manda hacer Violante/ que en mi vida mi he visto en tanto aprieto;/ catorce versos dicen que es soneto; burla burlando van los tres delante”: manifiesto, manual y obra exacta a un mismo tiempo. Asimismo, llega un momento en que el narrador ‒digamos que casi todos los narradores, para dejarle espacio al azar‒ se ve impelido por una fuerza interna a ensayar un texto policial, aunque ese no sea el género por donde su prosa transite con más comodidad. La razón es que en este género productor de intrigas reposa la razón de ser de la narrativa: la búsqueda obsesiva de la respuesta a una pregunta que aún no se ha formulado. Cuando el narrador narra, hurga y crea al mismo tiempo: piensa. Es el criminal-artista que pone nombre al cosmos, como quería De Quincey; pero también es el curioso, el detective, el que interpreta las señales de ese cosmos que va creando para poder plasmarlo de la mejor manera posible. ¿Y no es el esquema de suspense el territorio perfecto para que esa comunión tenga lugar, para que el metarrelato se manifieste?

José Balza (San Rafael de Tucupita, 1939) es sin duda uno de los grandes nombres de la narrativa en español de nuestros días; novelas como Percusión y Medianoche en video lo confirman, al igual que sus brillantes ensayos y sus numerosos relatos, que ocupan desde hace tiempo un lugar antológico; baste citar el hermoso “Los almendrones de enero”, la enigmática “Carta a Tlit”, ese sobrecogedor texto que es “La sombra de oro” y, desde luego, el relato que nos ocupa, “La mujer de espaldas”, publicado en 1986.

Pero antes de entrar en el meollo del relato, el narrador hace un guiño a eso que se conoce como la estrategia de las muñecas rusas: el relato que nos interesa está dentro de otro relato, y este contiene otro relato distinto, que es el que le dará explicación a todo; la historia nos llegará a través de varias voces, así que nunca estaremos seguros de que lo que se nos cuenta ocurrió como lo leemos: “Tras el indiscriminado entusiasmo dejado en su estilo por el modo de Tom Wolfe, el joven periodista (en verdad: con más de treinta años; dos divorcios) quería que sus reportajes tuviesen algo de poema, de novela, de drama; o quería redactar noticias tan vivaces que fuesen como novelas. Tal vez sólo ansiaba escribir ficción, pero el oculto y paradójico temor de narrar con fórmulas periodísticas, lo mantiene prisionero del gran diario en el cual trabaja. Su simpatía, su desparpajo cultural, sus guiños mentales me permitieron asociarlo con cierta idea exterior de lo que debe ser un escritor”, comienza la narración y en un breve párrafo el autor define el tono y la forma de los personajes: todo aquí será elusivo, todo tratará de ser una cosa y en realidad serán otra muy distinta.

Este periodista le cuenta al narrador ‒un lexicógrafo al que se supone debe entrevistar y que es nuestro narrador inicial– una difusa historia que un anciano limpiabotas le ha contado y que este conoció siendo niño en Puerto Cabello: “un francés gordo, envejecido, absolutamente desconocido, con sólo una semana en el puerto, mató a la extranjera, apuñalándola en un lunar con forma de lis, que tenía en la espalda”; he aquí el crimen. El resto del relato –el asesino, François, se entrega y hace las veces de cuarto narrador– explica el por qué y el cómo de la historia: y aunque el lector ya conoce el desenlace, es la manera como se desarrollan los acontecimientos lo que atrapa. Como el asesino, que creyó la muerte de la víctima “desde el primer minuto”, el buen lector de novelas policiales sabe que no importa que eso se sepa desde el principio, ni que sepamos el nombre del asesino y los de la juguetona, pueril, veleidosa víctima (Marie-Jos/María Inés). La materia de que está hecho el relato tiene su asiento en cómo se unen los hilos que, al cabo de los años, juntan a un viejo de Marsella con una extranjera en Puerto Cabello; es decir, cómo el autor crea ese universo delante de nuestros ojos, a través de tantos narradores –y a la vez crea un cuento policial.

Sin duda alguna esta es una valiosa joya en la cuentística de José Balza; he vuelto a él varias veces desde que lo leyera en aquella delicada edición de 1986 –no olvido a la mujer de espaldas de la portada–, buscando eso que hace que este delicioso relato policial sea el territorio propicio para la eclosión de eso tan peligroso que es el juego de los deseos.


LA MUJER DE ESPALDAS                                                                                                                                                                                                                                  José Balza                                                                                                                                                                                           Monte Ávila Editores                                                                                                                                                                            Caracas, 1986