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Estado de la lengua en Venezuela II
Responde: Alberto Hernández

Alberto Hernández / Foto puertasdegalina.wordpress.com

Alberto Hernández / Foto puertasdegalina.wordpress.com

Siete preguntas conforman la serie, que dio inicio ayer. 12 intelectuales y escritores han respondido a las preguntas formuladas. El lector está invitado, desde el 17 hasta el 28 de julio, a seguirla diariamente en la página web de El Nacional

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—¿A la crisis venezolana, se corresponde una crisis de la lengua en Venezuela? En otras palabras: ¿cuál es el estado en nuestro país, de la lengua en uso?

—La calle, el país de todos los días, se abre a muchos engendros significativos. Unos trucados, otros alimentados por una alucinación contagiosa, en tanto diccionario de uso inmediato. Eso muestra desnuda la crisis que padecemos. Somos palabras y como tales construimos –o nos construyen– cánones y derribamos modelos lingüísticos. En el caso de la lengua, de su uso cotidiano en medio de esta hecatombe, el venezolano se ha visto obligado a formar parte de un índice que lo ha convertido en una suerte de repetidor de voces, que antes no usaba porque no conocía sus significados o porque temía pronunciarlas.

El estado de esa lengua nueva, anafiláctica, vulgar, que hoy masticamos destaca deslucido, cargado de consignas, de aspavientos, de ruidos y estridencias. Se ha perdido la morfología, el sustento de la estructura en cuanto a la construcción de las oraciones, lo que pervierte la elegancia del discurso. No es exagerado decir que muchas veces nos mordemos la lengua en lugar de usarla correctamente.

La lengua –entonces– también está en crisis. Sufre las consecuencias del fanatismo, puesto que la mejor manera de mostrar ese fanatismo es a través de las palabras. En este sentido, voces venidas de otros patios han invadido nuestra manera de decir, no para enriquecer sino para debilitar el español nacional con el que conversamos o callamos. Porque también callamos en la lengua que nos dieron nuestros padres.

—Los estudiosos señalan que una de las consecuencias, derivadas de la lengua totalitaria, es la alteración del vínculo de las personas con lo que llamamos verdad: con los hechos y con la lógica de los hechos. ¿Ha logrado la lengua del régimen y sus prácticas, alterar la percepción de la realidad por parte de los ciudadanos?

—Wiston Smith, el personaje de George Orwell en 1984, ambula por cualquier calle de Venezuela. Nos observan unos ojos. Por eso somos ese sujeto ahora provisto de un nuevo paisaje, el que negamos, pero el que a veces también se nos aparece como un espejismo. Es un personaje que duda de su lógica. La voz totalitaria, la neo-lengua, afirma que nuestra felicidad terrenal existe gracias a la revolución. Cuando la tal felicidad es una palabra en desuso real. Esgrime hiperbólicamente una verdad que –en muchos– es la Verdad: somos porque nos dicen esa verdad. Quien no sepa de ella o no la admita está fuera de la patria verbal. De la realidad. De modo que hemos sido alterados en nuestras inflexiones orales, sobre todo, y muchos periodistas y hasta escritores han caído en la trampa de esa distorsión. De modo que el espejismo persiste en ciertos estratos sociales. Se impone una palabra y esta borra la anterior. Y así la realidad. Venezuela nace con Chávez. Es decir, el pasado no existe, solo aquel donde caben el discurso de Bolívar y el de la nombradía izquierdosa.

—Chávez puso en práctica el uso reiterado del insulto a sus oponentes. ¿Cree que los insultos del poder deben responderse en los mismos términos?

—Esta pregunta me remite a aquel viejo libro sobre el arte de insultar. O me conduce a volver a las páginas de Pío Gil. Devolver un insulto con otro no tiene sentido. Creo que allí entra triunfal el humor. Usar el cerebro frío en lugar del corazón.

El idioma cuenta con recursos expresivos que pueden usarse con mucha elegancia para desmontar un insulto. El prestigio de una lengua está en la inteligencia con que se usa.

Ejemplos en Venezuela abundan. Las respuestas de Andrés Eloy Blanco, Leoncio Martínez, Pedro León Zapata, Aquiles Nazoa, Laureano Márquez, entre otros talentos de nuestro país imbuidos en el mundo del humor, a quienes les tocó ser agredidos por el poder.

Chávez usaba el verbo del patán. De allí que hoy la grosería forme parte más que antes del tejido callejero, producto de la estridencia que emerge de Miraflores y de la boca de funcionarios cercanos o no al Ejecutivo.

—¿Hay algún insulto, afirmación, eslogan o acusación lanzada por el régimen de Chávez y Maduro que le haya afectado personalmente?

—Al llegar Chávez al poder, comenzaron llamadas telefónicas a mi casa. Mi postura crítica en los medios impresos al parecer sensibilizaba la ternura de muchos revolucionarios. “Eres un traidor, un traidor a la patria, un escuálido”, etc., que realmente no me afectaban. Pero sí las amenazas cargadas de un odio destinado a quebrar la moral de quien ejerce el periodismo y la escritura: “Tienes unas hijas bien buenas”, y agregaban algún término con su obligado calificativo. Esas amenazas a través de sonidos vulgares y violentos sí me afectaron, porque tocaban a mi familia.

—Deseo pedirle que comente la frase que sigue a continuación, copiada de la cuenta oficial de Twitter del Ejército: “La lucha por la independencia continúa, Bolívar galopa con su espada desenvainada”.

—El contenido de esa frase invoca la presencia del héroe, la de una épica que ha sido convertida en una grave amenaza contra aquellos que no cabalguen con las ideas de la llamada revolución bolivariana.

Bolívar llega de nuevo a cortar cabezas. A fusilar a Piar. El Decreto de Guerra a Muerte recobra su vigencia en manos de una Fuerza Armada que ni siquiera nació de aquella revuelta libertaria. Bolívar montado en un tanque de guerra. Bolívar con un fusil Khalashnikof. Bolívar redivivo en la boca de algún general cubierto de medallas ganadas detrás de un escritorio. Bolívar en una moto.

También quiere decir que Bolívar fracasó, porque no logró redondear la Independencia. Independencia que ellos, este gobierno, sí logrará.

—¿Es legítimo el uso de la palabra traición en la opinión pública? ¿Hay quienes han cometido traición? ¿En qué sentido ha ocurrido?

—El discurso militar es anacrónico. Es un discurso artificial, cursi, rocambolesco. Hablar de traición hoy –por no estar de acuerdo con un régimen– es regresar a etapas superadas.

El uso de esa voz es absolutamente ilegítimo. No cabe en democracia. La disensión no es traición. La democracia permite el discurrir de las ideas, de la inteligencia como política o de la política como inteligencia.

Ahora, si hablamos de quién ha cometido traición en cuanto a arruinar, desvalijar, entregar el país a otras potencias, diría que esa acción está del lado del gobierno que no tiene empacho en utilizar esa palabra para culpar al otro, al opositor.

El discurso militar ha invadido el discurso político. De allí que con mucha frecuencia usen términos que han quedado relegados a los viejos manuales donde la política no es precisamente bienvenida.

—¿Debe ser la lengua una política pública del Estado democrático? ¿Dirigida a qué objetivos?

—La lengua funda la democracia. Quien habla libremente crea la disensión. El estado democrático debe incentivar el uso de la lengua para la democracia, desde la democracia y con la democracia. El ejercicio de la lengua debe ser fecundado por las acciones de la política, por la creación de los talentos, por el trabajo.

Esa política pública debe estar dirigida a ampliar la democracia, a permitir el crecimiento del ser humano. Pero también y con mucho ahínco a la defensa de la cultura.

La lengua no impone nada. Ella es la boca de quien habla en libertad. El hablante se somete a muchas pruebas. Una de ellas tiene que ver con la expresión de Lampedusa en El gatopardo: “Cambiar para no cambiar nada”. Desde esa perspectiva se debe ser cuidadoso cuando el Estado asuma la lengua como pivote para su defensa. En este momento debe aparecer la democracia.  

Democracia y lengua no se contradicen. Se retroalimentan.