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Saloma y sus erizos

Saloma y sus erizos / Vasco Szinetar

Saloma y sus erizos / Vasco Szinetar

Sólo puedo hablar ahora de un asombro: el que ocurre en alguien cuando lee y asiente. Ahí estaba, desde hace tiempo, esperándome, en descanso de tanto ajetreo, un ejemplar de Saloma

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Voy escribiendo estas líneas con entusiasmo: estoy ante dos de mis más recientes descubrimientos en materia poética. Octavio Armand y Alfredo Chacón encarnan, sin duda, cada uno a su manera, un lujo de la lengua, una fiesta, sonido envolvente de la poesía inmersa en una cámara de ecos que dispara mil y un resonancias en la memoria y los sentidos.

Sólo puedo hablar ahora de un asombro: el que ocurre en alguien cuando lee y asiente. Ahí estaba, desde hace tiempo, esperándome, en descanso de tanto ajetreo, un ejemplar de Saloma. Sencillamente me dejé deslumbrar por una textura poética de paso preciso y veloz; escritura aérea, rapto que seguro pasó por largas fermentaciones, ramaje ansioso de la danza. El último poema de mi edición, fechado entre septiembre de 1958 y julio de 1960, fue escrito en París y se me antoja que la capital del siglo XX pudo haber sido un fabuloso telón de fondo para ese canto que todo lo conjura. Pero mi primer encuentro con la poesía de Chacón tuvo lugar mucho antes, en un verso suelto. No sé de dónde viene, pero dice así: me han frecuentado imágenes persecutorias. Y me lanzan, como decía, a un asentimiento que a su vez me hace preguntarme de qué está hecho un poeta. Chacón, más que un mero malabarismo verbal, propone la amable torcedura de una lengua que me deja perseguido, amenazado, no por una poética, ni un método, sino por el hilo muy fino de unos versos –Seda domando el movimiento– que son capaces de ir habitando los espacios del intelecto, sí, pero también de la sensibilidad: un sentir que razona pero también resuena en otras frecuencias, desconocidas incluso para mi distraída lectura; seguro tendrán su tiempo para revelarse, así lo entiendo en Saloma, acaso oculto saludo a la Nadja de Breton: No vacilabas, brisa, todo vencías,/ y te empeñabas en seguir,/ como a una voz de otrora,/ los oleajes sin cauce del amor./ Y te agrandabas, sola,/ hasta abarcar, como una red sumisa,/ el abismo, la armoniosa manada de los astros.// Es hoy. El alba se abalanza./ El día se hace inmenso/ en acechanza inmóvil trepada de reflejos.//

Hoy te descubro, soledad,/ en el rumor de la distante lumbre que me ofreces.

Revelarse, dije más arriba, esta palabra me lleva a pensar en Octavio Armand. Una tarde, de pronto era la primera o segunda vez que conversábamos en el café de su intermitente partido de feacios, Octavio me dijo que cada poeta debía buscar su “revelado personal”. Esto se me impuso y aún se me impone, si pienso otra vez en Chacón, como imagen persecutoria. Armand, según entendí, me habló de una aventura, un encuentro del sentido que está en lo lúdico de toda experiencia con la lengua. Lo importante es el trayecto, tener los ojos abiertos y los sentidos disparados, dispuestos a la cacería de conexiones, parecía decirme en las múltiples tramas que subyacen en ese ejercicio de la inteligencia y la sensibilidad que es para él una conversación. Conjeturo que algo así pasa cuando se lee a Armand y a Chacón, poetas en buena medida exigentes: uno debe hacer el revelado, entrar en el cuarto oscuro de la lectura y salir con una página que es una foto y a su vez la radiografía de un instante de lectura muy íntimo pero con su origen en lo leído. Es pasar de un no entender al ir entendiendo con los sentidos, tangencialmente. Johan Gotera diría: Octavio revela la foto antes de tomarla. Cosa de lentos y pacientes, sin duda. Pero Armand, atrevida mezcla de Zenón y Séneca, humor y consolación burlona, sin duda mucho más sutil, dirá que todo esto no es más que la ritualización del entusiasmo. O para seguir las pistas de Cómo escribir con erizo…: Yo tenía otro destino/ Me lo habían señalado los dioses:/ encontraría el corazón/ y sembraría allí mis puños.// Esos dioses ya no existen./ Lo que toco se derrumba/ o cede como el hormigueo de las llagas.// Mis puños mienten./ Mis puñetazos parecen chismes.

Armand, hay que decirlo, es un cubano del doble exilio pero también de Nueva York y Caracas. Cuando pienso en sus libros, se me ocurre esta propuesta de lectura: en el futuro –ojalá que una lejanía con horizonte– será anacrónico hacer antologías por nacionalidades: los poetas estarán reunidos por afinidades electivas, tonos y ritmos, sonoridades y texturas. La literatura, recordando a Lezama, superará su etapa de catálogo. ¿Será porque, a fin de cuentas, una lengua, la lengua haciéndose dentro de la lengua, terminará siendo el elemento unificante? Ese podría ser un país posible. No tanto una residencia, un timbre fiscal, una boleta de infracción, una cédula que recoge una foto que más tarde será fantasma. Dirá esa erizada, retadora voz: No estás en tus ojos./ No estás en tu voz./ No estás en tu sombra./No estás.

¿Pero de dónde son estos cantantes? ¿Quién puede precisarlo con certeza? ¿Acaso un Kinbote? Todo esto para insinuar que en alguna medida ya no pertenecen del todo a unas coordenadas terrestres –Apure, Guantánamo– sino a una era de la literatura que aún no tiene nombre. O quizá sí: oblicuamente, la de Lezama y Orígenes. Esa juntura, así sea en onda lejana, sigue moviéndose y prolongándose en lecturas que alguna vez me harán ver las otras tradiciones que también se mueven en sus libros; salomizados, erizantes, pueden dar cuenta sobre lo real y sus órbitas no tan visibles. Este sería un origen secreto, sospecho, compartido por Armand y Chacón. En todo caso, ellos se encargarán de desdecirme. Y si lo hacen no importa: yo estoy solamente aquí –y pronto ya no estaré: felizmente, podré recogerme en mi tranquilidad de espectador– para decir adelante, poetas, Saloma y Son de ausencia, Palabras asaltantes y Clinamen, Piel menos mía Y todo lo demás