• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Salinger poliédrico

En este clásico retrato de J. D. Salinger, el escritor posa para la cámara de Antony di Gesu en 1952 / Fotografía tomada de Internet

En este clásico retrato de J. D. Salinger, el escritor posa para la cámara de Antony di Gesu en 1952 / Fotografía tomada de Internet

A lo largo de una década, producto de una investigación que alcanzó a más de 200 personas, David Shields y Shane Salerno tuvieron acceso a cartas, fotografías, fragmentos de diarios y los más diversos testimonios, que hasta ahora habían permanecido inaccesibles. Cabe decir: alcanzaron a franquear el muro que Salinger había levantado para ocultarse del mundo

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

“No hay ni uno de nosotros que no esté escribiendo en cierta forma sobre la guerra, y también sobre el Holocausto, pese a que no seamos del todo conscientes de ello”

J.D. Salinger


Ni antes ni después un escritor ha conocido apogeo semejante: durante años sus devotos –no se les puede llamar de otro modo‒, intentaban verle. Le enviaban cartas, notas desesperadas. Algunos hacían largos viajes para hablarle. Le emboscaban en la tienda de comestibles. Averiguaban dónde vivía y daban gritos desde la cerca metálica. Uno de ellos dijo: “Yo quería conocer a aquel tipo y hacerle preguntas y sentarme y decirle, ¿sabe usted una cosa? Yo tuve esos mismos problemas en mi adolescencia y usted parece ser la única persona que lo entiende (…..) Me escuchó cuando yo era adolescente. Usted escucha lo que tienen dentro los hijos”.

Luego de haber conquistado la fama de forma casi fulminante, con obcecación milimétrica, se encerró. Se buscó, no un lugar donde vivir, sino un búnker. Y llevó una vida inscrita, no en la tensión entre fama y anonimato, sino entre fama y ocultamiento. Y de allí proviene el impulso contrario de algunos periodistas y medios (Time, Newsweek, Life y otros), lectores y biógrafos, que pasaron años de sus vidas en el empeño de retratar a Salinger, entrevistarle, ansiosos por conocer dónde se había encerrado, con quién y cómo vivía, si seguía escribiendo o no. Sila vida de Salinger parece diseñada para suscitar especulaciones, otro tanto ocurre con las acciones emprendidas por quienes han tratado de romper el velo: hay episodios truculentos y hasta ridículos, que a menudo imponen la pregunta sobre la legitimidad de estos empeños destinados a ventilar la vida ocultada de Salinger.

Mientras la biografía de Kenneth Slawenski (J.D. Salinger. Una vida oculta) avanza en medio de errores y tergiversaciones de la realidad, y se concentra en descifrarlo a través de las claves tácitas o evidentes en sus obras; y mientras la biografía de Ian Hamilton (En busca de J.D. Salinger) parte de las leyendas sobre Salinger y dedica buena parte de su desempeño al análisis –su veracidad o no, contrastadas con los datos recopilados en una investigación no muy fructífera‒, David Shields y Shane Salerno escogen el método de la paciencia: diez años de entrevistas y una exhaustiva revisión de innumerables documentos. De ello surge un ingenioso documento coral: sucesión de varios centenares de fragmentos, seleccionados de cartas de diverso carácter, testimonios, entrevistas, materiales periodísticos y diarios personales, que se articulan con más de 150 fotografías que nunca antes habían sido publicadas. Lo que estos autores lograron abunda en méritos: viejos amigos que nunca declararon, amantes que habían guardado silencio, esta vez lo hicieron. Voces fundamentales que todavía se negaban, aceptaron hablar después de la muerte del escritor. Algunas piezas claves del rompecabezas finalmente aparecieron.

Las guerras de Salinger

Lo que Jerome David Salinger vio a partir del 6 de junio de 1944, lo que la historia del horror militar conoce como el Día D, es irrepetible. Ninguna recapitulación podría siquiera vislumbrar las condiciones en las que el 12 Regimiento de Infantería desembarcó en la Playa de Utah, ni mucho menos la calidad de los sufrimientos y la cantidad de muertos y heridos que se producían cada minuto (una idea: de los 3100 soldados que lo integraban, en tres semanas, más de 2000 habían perdido la vida). Nada de la vida conocida por los soldados quedaba salvado. Hasta el peor de los infiernos imaginados palidecía ante el pozo de fuego, sangre derramada, cuerpos mutilados y gritos enloquecidos de dolor que se escuchaban. Es improbable que alguien que provenía de Park Avenue no hubiese sido marcado por la brutalidad de lo que vio en el bosque de Hürtgen o en las Ardenas. Pero todavía faltaba lo peor: Salinger fue uno de los primeros soldados norteamericanos en ingresar a Kaufering IV, uno de los subcampos de Dachau. No hay mucho que añadir: las montañas de cadáveres judíos todavía humeaban. El olor a carne quemada jamás le abandonaría.

Salinger sobrevivió luego de 299 días de furiosos combates. Su descollante talento lo convirtió en oficial de contraespionaje. Seguía en el 12 Regimiento, pero podía moverse a su antojo. Hacía trabajo de inteligencia: incautaba y estudiaba documentos. Interrogaba a los nazis capturados. En poco tiempo, fue testigo del desgarramiento, de la fractura, de la fragilidad de lo humano. Allí, en los bosques donde la muerte campeaba, Salinger adoptó su visión del fundamento autodestructivo del hombre.

El apogeo del chico judío

Fue criado en Park Avenue, con celo y mimos renovados. El padre, judío; la madre, católica. En su casa se celebraba la Navidad y también el Janucá. Estudió en una academia militar y de ella dijo que la había aborrecido y también que le había gustado. Esas contradicciones se amplificaron a su regreso de la guerra: despreciaba la condición burguesa, pero se interesaba por el prestigio de las grandes universidades y por Hollywood. Siempre quiso ser escritor y publicar en The New Yorker (lo logró a los 22 años). Tenía el sarcasmo a punto. Confiaba en su capacidad narrativa. Hablaba de sus aspiraciones: escribir la gran novela americana. En la edición de Story de marzo-abril de 1940, le publicaron por primera vez un relato.

Antes de la guerra, cuando conoció y se enamoró de Oona O’Neill (hija del dramaturgo Eugenio O’Neill, Premio Nobel de Literatura), algunos de sus relatos habían aparecido en varias revistas. Era distinto. Pensaba distinto. Sentía fascinación por los juegos mentales. Le percibían como un geniecillo. Hemingway, que influyó en Salinger, fue su amigo. Y dijo: “tiene un talento brutal”.

Entonces tuvo que irse a la guerra, lo que acabó su historia con Oona (cuando cumplió 18 años, ella se casó con Charlie Chaplin). “Las mujeres que vinieron después de Oona fueron simples máquinas de viajar en el tiempo. Su obsesión de toda la vida con las chicas tardoadolescentes fue, al menos en parte, un intento por recuperar a la Oona edénica”.

En plena guerra, circulaba poseído de su necesidad de escribir. Andaba con su máquina en el Jeep. Se le oía teclear en las trincheras. Un día, en medio de un bombardeo, le vieron metido debajo de un mesón, sumergido en su escritura. Al regresar a New York tenía cinco medallas, había sufrido un colapso nervioso que le mantuvo hospitalizado durante dos semanas, y su alma, el tiempo lo demostraría, se había roto como una vieja cañería.

Años de post guerra

En octubre de 1945 falsificó unos documentos para evitar la Ley de Anticonfraternización, y así casarse con Sylvia Welter, médico, de nacionalidad alemana. Al mes de regresar a Estados Unidos, en octubre de 1946, la relación se acabó, hundida por la sospecha o la evidencia de que Sylvia había colaborado con la Gestapo. Entonces se reunía con escritores a beber, se instalaba en la calle 52 a escuchar a Billie Holiday, estudiaba el zen. En 1948 se convirtió en una figura de The New Yorker: le publicaron “Un día perfecto para el pez plátano”, “El tío Wiggily en Connecticut” y “Justo antes de la guerra con esquimales”.


El guardian en el centeno. Portadilla

El guardián entre el centeno fue escrita a lo largo de una década “Salinger llevó consigo los primeros seis capítulos en las playas de Normandía y en el bosque de Hürtgen, en el campo de concentración y en el pabellón siquiátrico. Y se pasó la guerra entera llevando la novela entera en su imaginación. El libro sostuvo su mente durante lo insostenible e hizo que su corazón soportara lo insoportable. Se interpuso entre el precipicio y él”. A finales de 1950 terminó la novela. Cuando apareció en 1951, hubo comentarios adversos. Pero estos resultaron no más que voces apagadas en medio del atronador aplauso. El guardián se convirtió en la fe, en el sello de cientos de miles de personas en Estados Unidos. Como dijo el actor John Cusack: “Simplemente lo querías llevar encima”. En menos de un año, Salinger se hizo rico y famoso. El perfeccionismo de su prosa y la sensación de que sus personajes eran seres de carne y hueso, fanatizaron a los lectores (la biografía cuenta los casos de asesinos que justificaron sus crímenes alegando que actuaron inspirados por los personajes de Salinger, lo que incluye a Mark David Chapman, el asesino de John Lennon). Con los años se convertiría en el undécimo libro más vendido de todos los tiempos. Tras el apogeo, Salinger tomó la decisión de ocultarse del mundo el resto de su vida. Se compró una casita metida en un bosque de 36 hectáreas en Cornish, New Hampshire, y en mayo de 1953 se recluyó. Los éxitos editoriales no terminarían allí. Por ejemplo: cuando publicó Franny y Zooey en 1961, a pesar de que sus dos partes ya habían sido en The New Yorker, vendió casi un millón de ejemplares en un año. Maestro del iceberg: decía lo mínimo pero sus narraciones estaban llenas de hondas proyecciones.

Intimidad expuesta


Biografía de Salinger. Texto 4. Portadilla roja

Jean Miller (14 años), al menos en el relato de esta biografía coral, sería la primera de numerosas jóvenes al borde de la pubertad, de las que Salinger se enamoraba, seducía y abandonaba. Cuando no las tenía cerca, les escribía cartas larguísimas, que deslumbraban a sus destinatarias. Su ingenio se manifestaba personalmente y en su prosa (“Empecé a venerarlo, que tal vez sea una palabra demasiado fuerte, pero es que yo era muy jovencita. No tenía nada que ver con su aspecto físico. Tenía que ver con su mente poderosa y brillante”). Las historias se repiten. Una de aquellas jovencitas, Joyce Maynard, escribió un libro de memorias, que causó un debate.

También aquí, como en ninguna de las otras dos biografías mencionadas, el creciente interés de Salinger por la filosofía y las religiones orientales, en particular el vedanta (corriente del hinduismo que incita al retiro del mundo) se expone de forma tan desplegada. Cuando en 1955 se casó con Claire Douglas (hija del crítico de arte inglés, Robert Langdon Douglas), Salinger testificó que era su primer matrimonio. De esa relación, que resultaría infame para ella, provienen Margarety Matt Salinger, sus hijos. Se divorciaron en 1966. En el año 2000, Margaret publicó El guardián de los sueños, en el que denuncia a un padre cada vez más alejado, a medida en que ella se convertía en una mujer. Esto, además de la revelación de que a causa de sus creencias Salinger se bebía su propia orina, desató otra controversia, que llegó al punto de enfrentar a Matt con su hermana. Salinger tuvo una tercera esposa, Colleen O’Neill, 40 años más joven que él, que lo acompañó los últimos años de su vida. Murió en enero de 2010, dejando casi intacto el enigma que se dedicó a construir y a alimentar a lo largo de medio siglo.

 

SALINGER

David Shields y Shane Salerno

Editorial Seix-Barral

España, 2014