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Sacar la pobreza, erigir la frustración

Miguel Bracelli es arquitecto, fotógrafo y profesor de Arquitectura. Además es director y fundador de Proyecto Colectivo. En estas líneas reflexiona acerca de las barricadas, esas barreras urbanas que ameritan leerse desde distintas perspectivas

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Las barricadas son las tácticas militares de la sociedad civil. Idea que anticipa el primer conflicto al que estas estrategias están sujetas. Lo “civil” y lo “militar” se encuentran en una misma situación, cada uno asumiendo roles ajenos a su propia estructura. De allí se deriva toda la contingencia que caracteriza a las barricadas como defensa y manifestación.

Aunque la función que les da mayor sentido a estas construcciones es la de ser escudo, en Venezuela se han convertido en una de las armas de la sociedad civil para librar una batalla que ha tenido múltiples expresiones en los últimas semanas. Sus formas son estandarte del descontento: la puesta en escena de reclamos al Estado, a veces sólo como escenario y otras veces vivas en acción.

Entre estos dos estados de las barricadas, la mera contundencia de su imagen ha quedado soslayada como medio expresivo. La efervescencia del acontecimiento, la violencia asociada, así como los conflictos que desencadenan, han concentrado la atención en su naturaleza operativa. La discusión desde el sector opositor se reparte en entenderlas como la solución a un problema o, como un nuevo problema a resolver.

El debate parece haberse agotado. Aun cuando el estímulo de las barricadas es compartido, son muchos los argumentos sólidos que explican la incapacidad de las barricadas para cambiar las exigencias que demandan. Entre los planteamientos más validos está su dificultad para sumar seguidores a la contienda, algo clave cuando se entiende que todo cambio posible en Venezuela nace de base y desde adentro.

Hasta ahora algunas barricadas han generado hechos lamentables, otras han producido mucho ruido y el resto sencillamente nada. Entenderlas en retrospectiva permite tener una lectura distinta. No sólo en la distancia de algo que ya ha transcurrido, sino en la transición inmediata de la noche al día, cuando se consume la acción y la basura. Viéndolas a ellas solas –como escenarios recién armados o desarmados luego de una función– es cuando se percibe la pobreza que las constituye.

No hay novedad alguna en construir barreras en las urbanizaciones de las grandes ciudades del país. El modelo de ciudad jardín se pervirtió desde hace tiempo con muros cercando edificios, luego con rejas cerrando calles y ahora con las guarimbas creando límites efímeros. Barreras que combaten lo mismo, a veces con arrogancia y otras veces con ingenuidad. Las barricadas son un efecto de impulsividad, imposición e inmediatez producto de múltiples crisis que, al igual que los viejos muros, encierran el problema. La mayor diferencia está en el material con que están hechas, en lo pobre de la forma y del recurso.

La clase media en Venezuela ha sacado su pobreza a la calle. La miseria generada por décadas en una economía en declive, así como lo mísero de una estrategia que nace en desesperación. Las barricadas hablan con más fuerza en silencio, inhóspitas se explican mejor. Estos escenarios son un manifiesto, trozos de ciudades desoladas que se valen de su precariedad para erigir la frustración.