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Ruega por una bala

Vasili Grossman autor de <i>El libro negro</i>

Vasili Grossman autor de El libro negro

Un refugio para la pregunta sin respuesta, para la pregunta cada vez más demoledora de cómo fue posible. Cómo fue que unos seres humanos hicieron lo que hicieron con otros seres humanos

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He perdido la cuenta de las historias que he leído. Confundo las historias de Ucrania con las de Letonia, las de Estonia con las de Bielorrusia. Puesto que es la propia condición humana lo que los testimonios ponen a prueba, hace ya algunos meses, cuando empecé a leer El libro negro, me refugié en una idea que no logré sostener más allá del centenar de páginas: que hay formas peores de matar y de morir. Gradaciones, niveles de crueldad. Asesinos peores que otros. Buscaba un consuelo. Un refugio para la pregunta sin respuesta, para la pregunta cada vez más demoledora de cómo fue posible. Cómo fue que unos seres humanos hicieron lo que hicieron con otros seres humanos.

Ya no recuerdo en qué punto de la lectura se cuenta el caso de un verdugo, a quien le faltaba un ojo. El hombre no está en capacidad de disparar porque su puntería es errática. Un criminal tuerto que no atina a dar en el blanco. En consecuencia, mata a martillazos. Preciso: mata niños judíos a martillazos. Lo que clama es la desesperación pura. Alguien ruega al hombre que cumpla su odio haciendo uso de un fusil. Que mate con balas a la cabeza (a las cabecitas). No se ruega ya por la vida. La súplica se refiere a la manera de matar (en otras palabras: que el último resquicio de humanidad ha dejado atrás la posibilidad de vivir y centra todo su debate en el trasunto de la muerte). Al verdugo (un sujeto a medias impedido, que asume que el lugar de su existencia consiste en eliminar vidas sólo porque se trata de judíos) hay que convencerle: que un disparo de fusil a la cabeza no supone riesgo alguno para su objetivo. Que no errará y que con ello contribuirá al programa de exterminio al que se ha adherido. Que el único riesgo que le amenaza, el de fallar en la tarea de matar al prójimo (a nuestros prójimos) no existe. Que al poner el fusil sobre la cabecita de un niño judío y jalar el gatillo, la orden de Hitler sería satisfecha.

Lo incalculable

Cumplir con el mandato de matar: de ello dan cuenta las más de mil doscientas páginas que compendia El libro negro. Lo incalculable aquí son los modos de causar sufrimientos al cuerpo. De convertir al cuerpo (al cuerpo judío) en cuerpo que padece, que se somete al dolor extremo, antes de quitarle la vida. Lo incalculable son los instrumentos para castigar y violentar el cuerpo: para golpearlo, para herirlo, para desgarrarlo, para descuartizarlo. Lo incalculable son las tácticas y el ingenio para convertir a seres humanos en presa de una caza que se había propuesto nada menos que el exterminio total. Pero sobre todo, aquí lo que niega toda forma de mesura, lo que no hay modo de acomodar en la comprensión es la furia organizada, la ira sistematizada, la voluntad, irrefrenable y disciplinada a un mismo tiempo, de erradicar la vida de un pueblo.

En cualquier punto del día y la noche, porque cada segundo debía ser aprovechado. A la intemperie, en bosques, a la vera de caminos, carreteras o ríos. En las mismas casas de las víctimas, en hospitales, graneros, depósitos, pequeñas tiendas y edificios de cualquier uso. En aulas e iglesias. A niños delante de otros niños. A niños delante de sus madres. A madres y padres delante de sus hijos. A todos juntos. En filas. En lotes. De uno en uno. En ejecuciones sumarias. Luego de largas sesiones de torturas. Luego de reír a carcajadas. Luego de violar niñas, mujeres o ancianas. Luego de saquear y quemar. Luego de acorralar en los lugares más inhóspitos. Luego de aplicar unas formas de violencia imposibles de clasificar. En Ucrania, Lituania, Bielorrusia, Estonia, Rusia, Letonia y también en Varsovia.

El libro negro es una secuela. El registro coral del sufrimiento, la sangre y la muerte ocasionada por la orden de Hitler de exterminar al pueblo judío. Es la expresión, no sólo de la modernidad sino también de la condición humana: lo que una orden de matar en condiciones ilimitadas, atizados los odios durante años y décadas, puede causar a los estigmatizados y perseguidos. Pero también es un reporte de resultados de una labor de planificación cuya adjetivación es vana. Transcribo un largo párrafo de Vasili Grossman: “Los asesinatos en masa y la conversión de millones de personas en esclavos transcurrieron de acuerdo con un calendario y unas normas. Todo se ajustaba con precisión a unos objetivos fijados en plazos trimestrales y mensuales. El transporte de millones de personas condenadas a muerte o a la esclavitud requería la correspondiente planificación de los transportes ferroviarios. La construcción de las cámaras de gas y los crematorios para la incineración de los cadáveres requirió la colaboración de químicos, expertos en termodinámica, ingenieros y especialistas en construcción. Todas estas instalaciones fueron construidas a partir de proyectos previamente elaborados; esos proyectos fueron discutidos y aprobados. La tecnología del exterminio en masa fue segmentada en una serie de funciones consecutivas, como si se tratara de un proceso industrial cualquiera. Las joyas y el dinero de los muertos se enviaban a las arcas del Estado; sus muebles, objetos personales, ropa y zapatos eran sometidos a un proceso de selección, se los almacenaba por separado y eran redistribuidos (…) No, decididamente, no fue una tormenta la que se abatió sobre Europa. Fueron la teoría y la práctica del racismo. Un plan y su realización práctica. Un plano arquitectónico y el edificio erigido a partir de las líneas trazadas sobre el papel”.

Las voces que hablan en El libro negro no lo hacen como Grossman, escritor capaz de trazar en pocas líneas un cristalino boceto de la Shoá. Las víctimas no concluyen. Padecen. Narran. Tienden la mano en busca de salvación. Hablan del día en que vieron llegar a los nazis y a sus aliados. De cómo sus rutinas fueron cercadas. Intentan contar cómo, impotentes, les arrebataron a sus parejas y a sus hijos. De cómo vieron cuchillos y bayonetas entrar en la carne de personas indefensas a las que amaban. Cómo “los alemanes alzaban a los niños clavando las bayonetas en sus cuerpecitos”. De fosas y tiros en la nuca. De trenes atestados de sufrientes que desaparecieron para siempre. Uno escucha cómo sus voces tiemblan cuando, frase tras frase, describen la aniquilación de familias, de comunidades, de pueblos, de ciudades enteras. Son la voz, las voces de la Shoá.

Incitación

No recorrí El libro negro como quien se lee una novela de principio a fin. Fue intermitente, a lo largo de unos seis meses. Sé que no es fácil, luego de lo aquí comentado, incitar a su lectura. Pero me siento en el deber de insistir. Por una parte, porque es un enorme documento que puede leerse en cualquier parte: donde se abra está el aliento mórbido del fanatismo y el odio racial llevado a los lugares de la muerte. Al lugar de lo atroz. Y hay algo más: no soy de los que comparte que hay que conocer la historia para evitar que ella se repita. Creo que esa idea es precaria y no más que una ágil ilusión, que salta de boca en boca con apreciable facilidad. Más bien me inclino a pensar que puesto que ocurrió, tarde o temprano regresará. En otros tiempos, bajo otros disfraces, animada por otras consignas. Y es que ni la voluntad de poder total, ni el odio, ni el racismo como agentes de lo público, han sido desactivados. Están ahí. Esperando. Y en cualquier momento se desatarán. Es lo que El libro negro nos advierte, nos recuerda. Que volverán.