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Rudolf Höss: “Yo nunca me paré mucho a pensar si estaba mal”

<i>Hanns y Rudolf. El judío alemán y la caza del Kommandant de Auschwitz</i>

Hanns y Rudolf. El judío alemán y la caza del Kommandant de Auschwitz

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No seguiré aquí la estructura que Thomas Harding diseñó para Hanns y Rudolf. El judío alemán y la caza del Kommandant de Auschwitz. El título escogido la sugiere: intercalando capítulos que narran la vida de uno y otro, avanza en el tiempo hasta el momento, hacia el final del libro, en que Howard Hervey Alexander, un judío alemán, capturó a Rudolf Höss, el comandante de Auschwitz, tras finalizar la guerra.

Höss pertenecía a una familia católica de clase media, de la región de Baden-Baden. Nació en 1901. Educado con extrema severidad, era un niño solitario. Paseaba por los bosques. Siendo pequeño visitaba las granjas vecinas donde se hizo fanático de los caballos. Los niños temían sus arrebatos de rabia. Su abuelo y su padre habían sido militares. De adulto, Höss recordaba a su padre como un “fanático intolerante”. Desde muy pequeño Höss tuvo que inventarse una vida.

Tenía 14 años cuando se alistó para participar en la Primera Guerra Mundial. Mintió sobre su edad. Cuando llegó el momento del combate, Höss mostró una destacada habilidad para hacer uso del fusil. A pesar de que fue herido en varias oportunidades, esto no le impidió volver a distintos campos de batalla. Fue condecorado en tres ocasiones por la valentía que mostró en la guerra que costó 9 millones de vidas y que acabó con la derrota de Alemania.

Cuando tuvo noticias en 1918 de que los ‘Freikorps’, grupos de paramilitares nacionalistas y anticomunistas, se estaban reorganizando (su historia se remonta al siglo XVII), se unió a ellos. Höss volvió a ser un soldado. Aunque ilegalizados en 1921, los ‘Freikorps’ entrenaban, acopiaban armas y se dedicaban a propinar salvajes palizas a sindicalistas e izquierdistas. En ese ambiente, gente cargada de odio y que esperaba su revancha, Höss consiguió trabajo en una granja ubicada a 250 kilómetros de Berlín. En noviembre de 1922, en compañía de unos camaradas, tuvo la ocasión de escuchar por primera vez a Adolf Hitler, que lideraba el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP). Cuando terminó el acto se sumó a la cola para inscribirse. Recibió el carnet #3240.

 

Punto de quiebre

Martin Bormann (que llegaría a ser Secretario de Hitler) era el capataz de la granja. En mayo de 1923, junto a Höss y a un grupo de amigos, van a beber. Se encuentran a un ex compañero, de quien se decía que era un traidor. Borrachos, salen del lugar a caminar. En un camino, el grupo lo golpea, le dispara y lo degüellan. Días después, Höss y Bormann son detenidos. Pactan: el primero asumirá toda la responsabilidad para liberar al segundo. Höss fue condenado a diez años por asesinato, pero bajo la categoría de preso político. Voraz, leía, observaba a los presos. El precario gobierno de colisión que se instaló en 1928 decretó una amnistía. Tras cuatro años encerrado, Höss salió a la calle con el objetivo de convertirse en el propietario de una granja y construir una familia.

A través de la Sociedad Artamanen, que alentaba el regreso al campo, Höss obtuvo un trabajo en Pomerania. En agosto de 1929 se casó con Hedwig Hensel. En 1930 participó en un Congreso de la Sociedad Artamanen. Allí se encontró con un hombre al que conocía desde 1921, y con el que conversó largamente: Heinrich Himmler. Hitler tomó el poder en enero de 1933. En septiembre de ese mismo año, Höss se inscribió en las SS: se proponía crear una caballería para ese cuerpo. Himmler le sugirió que presentara una solicitud para convertirse en supervisor de Dachau, campo de concentración que había sido puesto en funcionamiento en marzo, dos meses después de que Hitler se hiciera con el poder. Höss, que al comienzo rechazaba la brutalidad de los métodos, fue inmunizándose: “era capaz de ejercer una profunda crueldad, y a continuación volver a su casa a cenar como si no hubiese ocurrido nada relevante ni perturbador”.

En agosto de 1938 fue trasladado al campo de Sachsenhausen, al norte de Berlín. En un episodio atroz, Höss disparó a la cabeza a un miembro de las SS que había tenido una conducta compasiva con un comunista detenido. Entonces demostró ser un funcionario más que confiable. En abril de 1940 recibió una orden, de parte de Himmler: construir las instalaciones y luego dirigir un campo en la Alta Silesia, en las proximidades de un pueblo que los alemanes llamaban Auschwitz. Ya en el otoño el campo estaba listo: 22 módulos de ladrillos interconectados por caminos de adoquines. En noviembre de ese año, cuando se reunió con Himmler para presentarle reporte de avances y hacer peticiones de apoyo, Höss recibió la orden de incautar los terrenos vecinos y ampliarlo todavía más.

 

El genio de Auschwitz

Los Höss vivían en un gran chalet, ubicado a sesenta metros de los hornos crematorios. Los separaba un alto muro de cemento. Rodeados de un gran jardín, eran atendidos por dos prisioneras encargadas de los niños, además de un jardinero, una cocinera, una institutriz, un sastre, un pintor, una costurera, un peluquero y un chofer. En esa casa recibían las visitas de grandes personajes nazis: Heinrich Himmler, Josef Kramer o Josef Mengele. A Hedwig la llamaban ‘el ángel de Auschwitz’.

Höss tenía estilo: no levantaba la voz, detestaba las palabras vulgares, pero fue capaz de ametrallar sin titubeos a una masa de quinientas mujeres judías a comienzos de 1941. Mientras, bajo sus órdenes, Auschwitz crecía: Birkenau o Auschwitz II debería recibir 100 mil prisioneros, y una fábrica de gomas, IG Farben, tendría 10 mil esclavos como masa trabajadora. En julio de 1941 se inició el programa de eutanasia: entre varios prisioneros sometían a la víctima, mientras el médico inyectaba, directamente en el corazón, una dosis de fenol. En el verano de 1941 viajó a Berlín para sostener la histórica reunión que sostuvo con Himmler.

A solas, Himmler le dijo a Höss: “El Fuhrer ha dado la orden de que se ponga en práctica la Solución Final de la cuestión judía, y nosotros –las SS– tenemos que ejecutar esas órdenes. Los judíos son el enemigo eterno del pueblo alemán, y deben ser borrados de la faz de la Tierra. Ahora, durante esta guerra, debemos exterminar, sin excepción, a todos los judíos que caigan en nuestras manos”. Puesto que tenía la ventaja de estar al lado de una arteria ferroviaria, y que estaba alejado de cualquier observador, Auschwitz había sido elegido para liquidar a millones de judíos. En lo sucesivo, Höss recibiría órdenes de Adof Eichmann, responsable de la deportación de esos judíos (en el juicio, cuando Höss narró el episodio, dijo de ese momento: “mi horizonte no era lo bastante amplio para permitirme elaborar un juicio personal sobre la necesidad de exterminar a todos los judíos”). Höss no sabía de qué modo podrían cumplir con la tarea. Pero esa incertidumbre no duraría: dos meses después, el segundo comandante de Auschwitz, Karl Fritzch, aportaría el procedimiento del Zyklon B, que hacía posible matar a más de 4 mil judíos por día. El problema había sido resuelto. Más adelante, Höss escribió: “Entonces me sentí muy tranquilo”.

 

Genocidio y homenaje

Höss se empeñaba en perfeccionar el método. Entre 1940 y 1944 ingresaron a Auschwitz más de 1 millón 300 mil prisioneros, según la estimación más conservadora. Allí murieron más de 1 millón 100 mil prisioneros. Höss fue ascendido. Puesto que entendía el agotamiento que suponía matar a esa escala, creó escapes: desde un burdel hasta una orquesta de música clásica. Su esposa describía aquella vida como “paradisíaca”. En una carta ella escribió: “Quiero vivir aquí hasta que me muera”.

En diciembre de 1943, Höss fue destituido, acusado de no supervisar con eficiencia: varios funcionarios estaban involucrados en el robo de las piezas de oro provenientes de las dentaduras de los judíos. Pero en mayo de 1944 fue restituido: a la larga, sería el comandante eterno de Auschwitz. El que fue conocido como “Aktion Höss”, el asesinato de más de 400 mil judíos húngaros entre mayo y julio de 1944, le ocasionó un homenaje: decenas de altos jerarcas nazis se reunieron el 29 de julio para elogiar la impecable eficiencia de su gestión.

Se aproximaba el fin y Höss lo entendía. En abril de 1945 prepara la huida. Himmler le ordena destruir documentos y evidencias. Höss huye por carreteras secundarias. Su balance mental de la derrota no es moral: se basa en los errores tácticos cometidos por Hitler y el Tercer Reich. Höss decide desaparecer. Adquiere otra identidad. Por radio, tiene noticias del suicidio de Himmler. Höss es detenido por un comando británico: no le reconocen y le dejan libre. Durante el verano de 1945, reconvertido en granjero, vive en un granero ubicado en las proximidades de la frontera con Dinamarca.

 

La otra mitad

Me refiero a la otra mitad del libro de  Thomas Harding, que he omitido en esta relación, y que cuenta la historia de Howard Hervey Alexander, el judío alemán (cuyo verdadero nombre era Hanns Alexander), que luego de huir de Alemania en 1938, logró convertirse en combatiente del ejército de Inglaterra y, al finalizar la guerra, en oficial experto en la caza de nazis.

La historia de Howard Hervey Alexander está llena de peripecias y emociones (su lectura es, por sí misma, otro estímulo que incita a leer el libro de Harding). Luego de capturar a Gustav Simon, el jefe nazi de Luxemburgo, le asignan la captura de Höss. Los hechos parecen propios de la más elaborada ficción. La noche del 11 de marzo de 1946, al frente de un comando, Alexander ingresó al granero y detuvo a Höss. El 15 de marzo, interrogado por el Grupo Crímenes de Guerra, en Camp Tomato, Höss confesó haber coordinado el asesinato de dos millones de personas. A la pregunta que días después le hizo Whitney Harris, sobre cuántas personas fueron asesinadas en Auschwitz, Höss respondió: tres millones; dos millones y medio en cámaras de gas, y medio millón por hambre y enfermedades.

Habla Höss: “Puede usted estar seguro de que no siempre resultaba agradable ver aquellas montañas de cadáveres y oler ininterrumpidamente el hedor de la incineración, pero lo había ordenado Himmler, e incluso había explicado que era necesario, y realmente yo nunca me paré mucho a pensar si estaba mal. El problema en sí, el exterminio de los judíos, no era nuevo; sólo que al principio me asustaba el hecho de que me correspondiera a mí llevarlo a cabo. Pero después de recibir una orden clara y directa, e incluso acompañada de una explicación, no quedaba más opción que cumplirla”. Más adelante: “Yo tan solo era el director del programa de exterminio de Auschwitz. Fue Hitler quien lo ordenó, a través de Himmler, y fue Eichmann quien me dio las órdenes sobre lo que había que hacer con los convoyes”.

 

 

Hanns y Rudolf. El judío alemán y la caza del Kommandant de Auschwitz

Thomas Harding

Galaxia Gutenberg

España, 2014.