• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Roxa Smith. El recuerdo es un paisaje

<i>Jubilance</i>, Roxa Smith. Óleo sobre lienzo, 2013

Jubilance, Roxa Smith. Óleo sobre lienzo, 2013

Una paleta que evoca color de trópico es la que crea la artista visual nacida en Caracas, Roxa Smith. Escuchamos su voz y repasamos su obra a través de esta entrevista realizada por Mariza Bafile en la Serie Artistas Venezolanos en Nueva York

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Nueva York

Puertas abiertas hacia mundos que despiertan nuestra más voluptuosa curiosidad, espejos de realidades que invitan a entrar y a explorar, para entender más, para ver más. Así son las pinturas de Roxa Smith, artista de origen venezolano quien, tras una larga trayectoria, está ahora viviendo en Nueva York, ciudad donde ha realizado recientemente unas exitosas exposiciones.

Son pinturas llenas de luz y de color, pero sobre todo, son pinturas donde cada detalle cobra vida, habla. Detalles que a veces se sobreponen a otros, que nos llegan replicados en espejos, insertados en un tapiz o por medio de sombras. Son el paisaje de los recuerdos que se acumulan, se mezclan y se difuminan.

La mirada de Roxa hacia los interiores de las casas, reflejo del interior de nuestro ser, es minuciosa, casi de voyeur, ahonda en esos espacios invisibles que mejor que otros nos hablan de la personalidad de cada quien, de nuestros deseos y nuestras realidades, del mundo que se ve y del otro que flota en el aire, invisible a la mayoría pero dispuesto a mostrarse con claridad a los que tienen la osadía y el valor de descubrir.

Roxa nace en Caracas y casi todos los años transcurre sus vacaciones en una casa de campo a pocas horas de Nueva York. Es la casa de familia de su mamá. Una casa con una historia dramática y misteriosa: tras un incendio que devasta sus interiores, logra salvar del fuego su fachada. Serán la madre y la tía de Roxa las que se dedicarán a devolverle la vida y a rescatar del olvido su identidad.

Roxa está cursando estudios de Economía en la Universidad de Maine cuando decide seguir las clases de Historia del Arte de un profesor hindú. Puertas que se abren liberando deseos escondidos, esas clases le cambiarán la vida. Una necesidad hambrienta de belleza la lleva a recorrer Europa de mochilera. Al regresar sabe que su futuro es el arte.

Empieza pintando paisajes, queda horas mirando el Ávila dispuesta a fijar en la tela su aristocrática belleza. Los colores de la naturaleza venezolana le quedan impresos en el alma y con ellos ilumina los grises de ciudades como Nueva York donde el trópico es un anhelo. “No le tengo miedo a los colores. Me crié en un país donde la gente ama los colores, la naturaleza se expresa con tonalidades fuertes y la luz juega a ponerlas en evidencia.”

Habla con los colores, los explora, los mezcla con la paciencia de los antiguos artesanos. “El trabajo para mi es como un bordado: toma mucho tiempo y tiene un sinfín de detalles. A veces me siento muy afín a los que en la Edad Media bordaban paisajes en los tapices.”

Inquieta busca su camino, estudia y experimenta. En ese andar con el alma revuelta, explorando su interior, decide volver a sus primeros pasos, el de los paisajes y para hacerlo regresa a la casa de familia, esa que había logrado sobrevivirle al fuego. Quiere pintar sus hermosos alrededores. No puede. Una lluvia constante y beneficiosa, diríamos hoy, la obliga a quedar en casa, en ese espacio que había compartido cada momento de su familia, que atesoraba recuerdos y ecos lejanos de risas y llantos. Los interiores empiezan a hablarle. Roxa los escucha y les da vida.

Sus pinturas van explorando detalles, sombras, claroscuros de la vida diaria. La casa de sus ancestros, con el respiro atrapado de tantos seres queridos, ayuda a Roxa a encontrar su camino. Sus pinturas se llenan de colores y de recuerdos; de imágenes que brotan de los recodos de sus pensamientos, de detalles frutos del azar, de la sombra de una silla, del reflejo de un espejo o de un momento de vida inmortalizado en una foto.

Objetos y animales se vuelven humanos y comunican, representan sentimientos y estados de ánimo. Su creatividad es una fuente infinita. Son de esa época sus autorretratos; pinturas que realiza tras pasar horas preparando meticulosamente cada detalle de maquillaje. Los autorretratos, así como todos sus retratos, nos hablarán de paisajes interiores que se mezclan con los paisajes externos. Seguirá una colección entera de miniaturas, otra donde son protagonistas unos robots llenos de alegría y humanidad.

El recuerdo es el leit motive que unirá todos sus cuadros, recuerdos de infancia, recuerdos de personas y de lugares amados. A los que se fueron, dejando el regalo de un pasado compartido, ha dedicado cuadros de ofrendas ricos de detalles.

Ahora Roxa está experimentando un nuevo camino estético a través del collage. La emoción por esta nueva búsqueda se refleja en el brillo de sus ojos mientras nos lo cuenta. “Juntar piezas de papel en un collage, para construir la imagen de lo que tengo en mi alma, me lleva a ser más abstracta. Mi control es menor, el papel tiene una vida propia que debe ser tomada en cuenta y que influencia el resultado final.”

Roxa regresa con frecuencia a Venezuela. En Caracas viven su padre, su hermano y un sinfín de primos y amigos muy queridos. “Año tras año he visto el país deteriorarse. Chávez supo darle voz a una parte de la población pero no lo hizo para mejorar su condición sino para manipularla. Yo no pierdo la esperanza de que el pueblo, todo, despierte de ese sueño engañoso y busque otros caminos para crecer.”

—Roxa la nostalgia acompaña todo tu trabajo. Si tuvieras que darle un color a esa nostalgia ¿cuál escogerías?

Una sonrisa mientras murmura entre sí: “Rosado, turquesa, rojo…” Luego regresando de un lejano andar: “No hay un solo color para la nostalgia porque esa nostalgia brota de un país que contiene todos los colores, infinito arco iris que atesoro como regalo de madre.”