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Retrato de caballero venezolano dando tumbos por el mundo

Miguel Gomes presentó su libro en Caracas y en la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo | FOTO: Manuel Sardá/ Archivo

Miguel Gomes | FOTO: Manuel Sardá/ Archivo

“Esta es incluso una novela del exilio/diáspora/migración, de los que se fueron y no olvidan y siguen pendientes de cada noticia, cada bajeza, cada falta de respeto y de medida”

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Miguel Gomes publica su primera novela, Retrato de un caballero y, como era de esperarse, es una delicia. Es amena, compleja, jocosa, llena de recovecos y desdichas y admite varias lecturas, desde la sabrosísima de tumbona en una piscina hasta la muy complicada que puede llevar a una tesis de grado.

El retrato a veces me parecía que era el de ese caballero llamado Miguel Alexandre Gomes, que usa el nombre de Lucio Cavaliero para su cuentista que busca escribir una novela. Como los cuentos de Lucio son sospechosamente parecidos a los de Miguel y la novela que está escribiendo tiene grandes similitudes con la que tenemos en las manos, podemos pensar en este Retrato como en un uróboro, una culebra que se muerde la cola, aunque a veces la cola cambia a otra distinta.

La novela, descubrirán ustedes no más leer el índice, es un tríptico, en el que la historia central es de amor, la izquierda una farsa y la derecha un drama con tintes de tragicomedia. En la farsa se nos cuentan las peripecias del protagonista, cuya vida fácil y sabrosa pasa a ser difícil y terrible, volviendo luego a ser más sabrosa aún. Los lugares son Caracas, New York y Salamanca, ciudades que son muy importantes tanto para Lucio como para Miguel.

En esta comedia desopilante que son las hazañas de Lucio Cavaliero –un tipo que les digo desde ya que es un detestable seductor del tres al cuarto que se merece lo que le pasa por mantenido, rijoso y machista– hay de todo: mujerzuelas vinculadas al gobierno; daños por irrespetar la corte celestial autóctona; entrevistas vergonzosas en diarios oficialistas que obviamente dan vergüenza; autoficción; violencia de géneros literarios; desastres económicos que casi convierten a Lucio en un personaje de Intriga en el Car Wash; metaficcionalidad; nuevos chismes de la editorial Casal; historias del cuerpo; rollos de emigrantes idos y venidos con el desfase que significa que no se es, pero sí se es y a la larga siempre se será un extraño extranjero; una nueva veta esotérica que no le conocía a Miguel en la que además de maldiciones que aunque son de burro llegan al cielo, hay también una secta solo de hombres cuarentones; mucha literatura; cantidades de referencias al arte y a la arquitectura; toneladas de música (este libro debería venir con soundtrack); escatología en los dos sentidos del término;  conspiraciones para desaparecer una carta de Simón Bolívar; Eros y Tánatos; acoso a un historiador; persecuciones totalmente cinematográficas que incluyen nieve y balas; una historia de amor con final abierto; recuperaciones del padre y pérdidas de la madre. El caso es que este Retrato de un caballero, podría ser, como la novela de Lucio, “un cruce de cables de Chandler o Hammet con novela bizantina y ensayo de Uslar Pietri”, y yo le añadiría Philip Roth y la picaresca.

Pero en realidad, entre esta miríada de temas y eventos, hay también tragedia. La gran protagonista de la novela es la Venezuela de este siglo. Aquí tienen cabida los horrores, destrozos, penas y absurdos que nos ha infligido este malhadado gobierno, haciendo sufrir a Lucio, su familia, sus amigos y a nosotros los lectores, porque en muchas páginas nos hace recordar aquel detalle sórdido olvidado, la cadena coprolálica que decidimos expulsar de nuestra mente, el desaguisado miserable del que no queremos acordarnos, o el infeliz manifiesto que nos consternó. Y si el compendio de desmanes le duele al protagonista y a los lectores, podemos imaginarnos lo que sufrió el autor compilándolo. El retrato de Miguel, como el remake de Ídolos Rotos que escribe Cavaliero es una “fábula del deterioro”, para usar el término que Gomes ha utilizado tan bien en sus ensayos. Y esta recolección de desastres pasa a ser asimismo un retrato de nuestra dura vida, del sinsentido que nos acosa, de la “nueva barbarie del siglo XXI que replicaba perversamente los autoritarismos del XIX”. Y es que los desafueros del gobierno contra los ciudadanos lastiman a los de aquí y a los de allá, porque todos sentimos el mismo pesar al ver cómo lo bueno que fue desaparece y lo malo se agrava hasta niveles insoportables.

Esta es incluso una novela del exilio/diáspora/migración, de los que se fueron y no olvidan y siguen pendientes de cada noticia, cada bajeza, cada falta de respeto y de medida. Y es que en el retrato de Lucio, Venezuela y Caracas siguen doliendo hondamente a pesar de la distancia y él tiene esa horrible sensación de que “la ciudad ya no está allí. Si vuelvo puedo descubrir que no existe o que sus restos han estado siempre conmigo”. Porque los que se fueron y los que nos quedamos compartimos la misma aflicción por ese “país lejano al que se lo tragaban las tinieblas”.

Ya saben entonces que con el Retrato de un caballero de Miguel Gomes van a entretenerse mucho, van a reírse cantidad, y van a sufrir recordando afrentas, entuertos y daños. Y aquí retrocedo. El memorial de agravios por los que hemos pasado no es la tragedia de la tragicomedia de Gomes. La tragedia es irreparable y esta calamidad no durará para siempre sino todo lo contrario, será recompuesta, porque esta vez sí contaremos con el favor del Bronzino, lo antes posible.

 

Retrato de un caballero

Miguel Gomes

Seix Barral

Caracas, 2015