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Reinventando espacios: Trazos de la Ciudad Universitaria

Ruta de Autor, me parece, se ha venido planteando como una sólida iniciativa contra ese antipático metal de la costumbre. Es una experiencia que nos ayuda a volver a mirar, a volver a recorrer un lugar

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Recorrer un sitio hermoso (u horrible) por vez primera es, a veces, una experiencia que nos marca, que tiene consecuencias precisas (ecos, resonancias) en nuestras vidas. Esa experiencia de lo que se abre de repente ante nuestros ojos –cual flor salvaje, recóndita, rara– es uno de los impulsos más frecuentes del viaje. Buscamos, en el viaje, repetir la fuerza de esa experiencia perpetuamente fundacional, hacerla siempre honda, viva, primera. Otra historia es la de volver a los lugares en los que ya hemos estado. Como releer un libro: esa vuelta, ese reencuentro, puede ser más decisivo todavía: abrirnos otra dimensión de la mirada, hacernos otros. ¿No es la relectura la verdadera lectura?

Pero a fuerza de repetir regresos, algunos lugares van perdiendo su fuerza, su color. Lo que se nos hace cotidiano, lo que se nos vuelve mero día a día, puede de repente inyectarse de plomo y tedio, hacerse gris. De tanto mirar algo, de tanto recorrer un sitio, ocurre, a veces, que ya no sabemos o podemos mirarlo y recorrerlo más. Sus maravillas primeras se disuelven ante nuestros ojos y el lugar deviene un espacio de la nada, una suerte de no espacio. Devenimos, en algunos casos, completamente ciegos y sordos a su hechizo posible. (No repetimos la emoción –el sentimiento– de lo sublime natural, por ejemplo, al mirar el Ávila, simplemente porque lo vemos cada día; esto es: ya no lo vemos. Lástima grande, tal ceguera progresiva).

Ruta de Autor, me parece, se ha venido planteando como una sólida iniciativa contra ese antipático metal de la costumbre. Es una experiencia que nos ayuda a volver a mirar, a volver a recorrer un lugar, acaso como por vez primera. Y que confía la tarea y el poder de ese regreso a la experiencia fresca de la mirada de otro, la mirada de un autor. Entiendo que este hermoso proyecto le ha seguido la pista a ciertos clásicos y a sus miradas: hay una ruta, por ejemplo, de Canaima, que busca hacer mirar al viajante desde el ojo de la ya clásica novela homónima de Rómulo Gallegos: es sólo un punto para redescubrir más de un mágico paisaje acaso olvidado. Creo que hay iniciativas parecidas relacionadas con muchos otros lugares: la isla de Margarita, ciertos barrios madrileños, algunos recovecos de la Cataluña profunda. Pero estas breves notas se quieren referir a la reciente experiencia local y caraqueña de Ruta de Autor: “Trazos de la Ciudad Universitaria”. Asistí, curioso, a la segunda de estas rutas, la del 15 de noviembre de 2012. Un grupo pequeño, acotado, cálido, se disponía a recorrer uno de los pocos lugares preciosos que le quedan a nuestra desdichada ciudad, pero no se trataba de un paseo turístico en el que se explican, por ejemplo, dónde está el rectorado, la biblioteca o el Aula Magna, no se trata de mirar murales y esculturas escuchando el sonsonete monocorde de un guía que sintetiza fechas, corrientes artísticas, biografías. Se trata, en Ruta de recorrer espacios muy puntuales de la UCV y de mirarlos, ahora, de la mano de dos autores. Uno de ellos, narrador. El otro, arquitecto y poeta. Ambos, profesores universitarios que, no obstante, dejan de serlo en este paseo, pues mirarán (y nos harán mirar) desde la personalísima experiencia de la relectura y reescritura del espacio universitario como autores. Rodrigo Blanco Calderón y Hernán Zamora han integrado la Ciudad Universitaria a sus poéticas, a sus investigaciones, a su canto y cuento del mundo. Y es desde allí que miran, que con ellos miramos, lo que ahora nos resulta nuevo, distinto, lo que va evaporando la vieja capa de plomo y de gris, lo que regresa al espacio universitario su esplendor y color primeros, fundacionales.
De eso se trata, me parece, esta iniciativa. Ruta de Autor nos invita a redescubrir, desde la mano del otro, desde la mirada del otro, espacios que sentíamos agotados, espacios que habíamos, incluso, olvidado, en su evidente y fehaciente riqueza y profundidad.

La ruta parte del reloj, en la plaza del rectorado, y permite allí, bajo su sombra discontinua, una reflexión sobre el tiempo y los tiempos, que se apoya en textos de Walter Benjamin y en lo que las creadoras de Ruta de Autor (Aymara Arreaza y Lorena Bou) comprenden como el punto de partida ideal para empezar el hilo, la trama del recorrido. De allí se sigue por los pasillos laterales, al pie de la montaña, que comunican con las canchas de tenis y las piscinas. Y se avanza, luego, hacia el comedor y el estadio olímpico. Blanco Calderón y Zamora van recuperando, sopesando y articulando, verbalmente, algunos de los trazos de ese recorrido: iluminándolo desde insospechadas, personalísimas perspectivas que Arreaza y Bou van pulsando e impulsando en tanto motores de la reinvención posible de cada lugar. La historia de la universidad, de cómo fueron pensados sus espacios, de los sentidos múltiples de sus edificios, de las historias de profesores y estudiantes con vidas por lo menos curiosas que pasan del tejido real al ficcional y parecen, luego, de golpe, devolverse, acompañar a los paseantes allí presentes, quienes no son –no somos– espectadores y mudos oyentes de la ruta, sino que la van –la vamos– complementando con sus –nuestras– propias experiencias y miradas: habla otro arquitecto, otra narradora, un urbanista, hombres y mujeres que prefieren reservar su profesión y hablan simplemente como civiles, o como ucevistas ya lejanos –sus propias rutinas laborales, sus propias vidas los han desprendido, un poco, del regreso frecuente al lugar en el que, sin embargo, se hicieron profesionales y amigos y esposos y padres– re-conociendo aquella ciudad empolvada, oculta. De allí a la Facultad de Arquitectura y las instalaciones que, de momento, han montado algunos audaces y originales estudiantes; luego al Pasillo de Ingeniería, a la vibrante atmósfera de ese mundo de libreros; y, de inmediato, a la Facultad de Humanidades y Educación y uno de sus pequeños jardines internos, en donde se rinde un breve y conmovedor homenaje a Hanni Ossott, en el espacio que recibiría sus cenizas, en el espacio todo que guarda su memoria poética y docente, y que ha calado, seguramente, en la fibra profunda de todo lector venezolano, de todo estudiante de Letras, de todo docente que hoy, allí y ahora, lo sea, pero que antes fue, justamente, su alumno o su lector. Siguen los cuentos y las reflexiones, siguen los diálogos que redimensionan el espacio de la universidad, y sigue también el recorrido, que ahora atraviesa Tierra de Nadie (fuente inagotable de imágenes, de historias) y la Plaza Cubierta con sus múltiples, variopintas maravillas. Allí se cierra la ruta. Otros espacios quedan, aún, vírgenes de este tipo de recorrido, pero otras rutas vendrán y permitirán redescubrimientos otros, nuevas miradas y paseos, nuevos modos de volver a mirar, como por vez primera, con el asombro del niño, del loco, del bobo, esos muchos espacios que la rutina, implacable, va tapiando en nuestros ojos, y que iniciativas como Ruta de Autor, a quienes ahora miramos con gratitud y reconocimiento, nos han permitido volver a mirar, sin el peso de aquel velo de plomo: espacios, de nuevo, por fin, liberados, develados, reinventados.