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Registro 001: Eugenio Sand y el rey Conejo

Señor Conejo | Foto cortesía Antonio Sarabia

Señor Conejo | Foto cortesía Antonio Sarabia

Dedicamos esta semana a la narrativa con este relato de Enza García Arreaza (Puerto La Cruz, 1987), escritora y poeta venezolana

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nadie es

tan infeliz como para saber por qué busca a otra persona

Luis María Pescetti

(Para Axel Capriles)

 

I

Mi nombre es Eugenio Sand. No se preocupe, yo traje mis cigarrillos y mi pañuelo. Tengo diez años y nadie sabe exactamente de qué color son mis ojos, es una ventaja. Odio mi nombre porque es nombre de viejo. Nombre que se convirtió en estatua y ahora estoy condenado a que me caguen las palomas. Pero estoy viejo, sí, ya sé. Han pasado cincuenta años desde aquella noche. Le han caído cincuenta años a mi cuerpo y a la ciudad que anunciaba sus promesas en voz alta. Democracia y mujeres fáciles, ¿qué más íbamos a pedir? Pero ya sabe, señorita, hacer sagradas las cosas nos inmola.

 

II

–Eugenio, despierta.

–Deja el fastidio, mijita –rezongó tapándose la cara.

–Despierta, por favor. Tuve una pesadilla con un conejo.

–¿Cómo?

–Soñé que me habías regalado un conejito de madera, como los que vimos en Ginebra el año pasado. Tenía los ojos de vidrio y la cola de algodón. Pero cuando le dabas cuerda se ponía vivo y quería morderlo todo y casi me arranca un dedo, y como eso no me gustó nadita y no me quise quedar con él, entonces te molestaste conmigo. Querías encerrarme en la caja donde vino el conejo.

–Solo fue un sueño, Claudia. Duérmete.

–¿Me puedo quedar contigo?

–Está bien.

Pero el conejo estaba sentado en una esquina y los observaba, peinándose los bigotes.

 

Claudia no pudo conciliar nada, ni sueño ni quietud. Le picaba el cuerpo. Se escabulló fuera del abrazo de su hermano, que roncaba como un felino doméstico que se iba espichando, y se dirigió a la cocina, planeando asaltar la despensa de las galletas. Pero sus padres estaban allí, en una madrugada con grillos afilados y una botella descorchada.

–No me puedes pedir otro hijo. Con estos dos ya tengo demasiado.

–¿Demasiado? Pero si las cachifas se encargan de todo. Además, estabas al tanto de la tradición familiar cuando te casaste conmigo.

–¡No puedo tener tres hijos! ¡No puedo! Hace diez años yo estaba enamorada, era otra.

–Yo necesito un tercer hijo, Helena.

–Qué vas a entender tú, insensible. No sabes lo que es tener esa bola de carne por dentro, que no te deja respirar. No sabes lo que es tener la cuca hinchada durante meses mientras la piel se te rompe como concha de cebolla.

–¿Qué creías? ¿Qué nuestro matrimonio era nada más que viajes y placeres? Yo también sufro en este negocio. No tengo tiempo para mí. Hace mucho que no escribo.

–Ah, el pobre señor no tiene tiempo de escribir.  

–¿Y tú necesitas más tiempo para qué? ¿Para pintarte las uñas mientras parloteas con tus imbéciles amigas del club? Vas a cumplir veintiocho años, Helena. Y quiero otro hijo.

 

III

Entonces Claudia vio al rey Conejo. Al parecer, Eugenio lo conocía desde antes, porque los dos bajaron las escaleras, muy cordialmente, como quienes han tomado café y comentados los pormenores del paisaje social del reino.

–Esto nos viene de familia –aclaró el niño. –No lo conociste porque ya falleció, pero tuvimos un tío que vomitaba conejos. Se mudó a Buenos Aires, no sabemos por qué pensó que un cambio de clima curaría su mal.

–¿Cómo que vomitaba conejos?

–Pues así, como cuando vomitas la comida que te hace daño. ¿Recuerdas cuando te comiste aquella grosera porción de carato de mango y no paraste en toda la noche? Así, Claudia. Solo que esta vez se trataba de vomitar el cálido cuerpecito de un conejo, cual motita de algodón tintineante.

 

–Pero los periódicos dijeron que a su hermana la secuestró un enemigo de negocios de su padre, el doctor Sand. Solo que la maniobra se les escapó de las manos y el escarmiento llegó a un mal irreparable. ¿No es cierto que la encontraron maniatada en la cajuela de un automóvil?

–No, no es cierto. Antes no había Twitter ni setecientos metiches en un lugar fotografiando los incidentes del mundo. Hubo una época en que mi familia podía pagar por una historia. Verá, a Claudia se la llevó el rey Conejo.

–No entiendo en lo absoluto.

–Entender, señorita. Entender es una tierna ficción, tan vieja como la fe que tenemos en el diablo.

 

IV

Eugenio le susurró al oído que hiciera una reverencia.

–Todo está bien, en serio. Por suerte al rey le gustan más las niñas que los niños.

Claudia sonrió y con su pijama azul traída de París, hizo la reverencia que el Conejo monarca respondió con una sonrisa.

Papá y mamá continuaban discutiendo en la cocina sobre el presunto advenimiento de un nuevo integrante. Habían ingerido todo el alcohol que cabe en una disputa cuyos bandos no están dispuestos a ceder. Se impuso el mareo y el puño: Fernando Sand desenfundó sus razones y le tapó la boca a su mujer. Pero ella ni siquiera intentó gritar.

Por su parte, el trío inusual volvió a subir las escaleras y se reunieron en el cuarto de los juguetes. (A veces alguna de las muchachas de servicio hacía como que iba a limpiar ahí y en realidad se encontraba con el carpintero o el muchacho de las frutas; ellas creen que no nos fijamos). Con la solemnidad más sentimental que la noche podía permitirles, ocuparon los tres asientos de una mesita colmada por creyones y soldados de metal. Claudia no se resistió y dio cuerda a una caja de música que simulaba un carrusel equino.

–El año pasado, ¿o tal vez fue hace más de un año? –irrumpió el monarca–. Perdónenme, a veces mi memoria tiene agujeros. Lo que quiero contar es que hace algún tiempo conocí a vuestra prima, Alicia. ¿La recuerdan?

–No.

–Ah. Si no me equivoco era la hijita más pequeña del tío K.

–El tío K. también se fue huyendo de Pérez.

Indeed, el tío K. se fue huyendo, lo tenían en salsa, como suelen decir en estas colonias. Pero como ustedes sabrán, no es prudente que un rey como yo recuerde con demasiada precisión a los padres de mis queridos niños.

–¿Qué pasó con Alicia?

–Ah, sí, estaba recordando a Alicia. Alicia era mi reina. Yo la invité a que me siguiera a otro país a través de un túnel. Planeaba desposarme con ella en el espléndido jardín de rosas rojas. Esto les viene de familia, como sabrán. Esta relación conejil data de siglos. Pero ella se distrajo. Apareció un nuevo pretendiente que le tomaba fotografías y le escribía cartas preciosas. Y yo, me temo, soy un monarca intolerante. Lo último que recuerdo es que Alicia empezó a dormir mucho.

–¿Por qué has venido, entonces? –inquirió la niña que miraba fijamente la caja musical, ahora rota.

–Todavía necesito una reina, estoy muy solo.

–Si te la quieres llevar, me parece espléndido –anunció Eugenio, que había sacado una conserva de guayaba de su bolsillo–. Y si quieres vuelves en unos años y te llevas al próximo que venga. Yo era muy feliz cuando estaba solo. Todos los juguetes eran para mí.

–Pero Eugenio –dijo la niña con los ojos brillantes como dos estrellas derretidas.

–No te asustes –explicó el rey, quitándole un mechón de la cara. –Es más fácil que vomitar a uno como yo. Solo tienes que cerrar los ojos. Y tragar.  

 

V

–Y eso fue todo. El conejo se la llevó. Fue como un desmayo, como suele suceder en el momento cumbre de algún evento fantástico y definitivo. ¿Le ha pasado? ¿No le pasa que cuando se entrega a un hombre no puede recordar cada cuerpo quebrado en su propio cuerpo, cada gesto de lascivia o desesperación? ¿Qué? ¿Le incomoda la pregunta? No me engañe. Yo sé que en estos tiempos las mujeres hablan de estas cosas como si nada.

–No, no es eso. Es que esto sigue sin tener sentido. Pensé que había aceptado concederme la entrevista para contar la verdad sobre Claudia.

–Vaya y pregunte, señorita. Créame. Aquí todo el mundo conoce al rey. Y una vez que lo vives no puedes resistirte nunca más. Se lo voy a probar.

 

Miré hacia la calle, el local estaba colmado, nadie podía escucharse. Se aproximaba una niña de ocho años, el viento batía su ligero vestido rojo. Supe que tenía ocho años porque era la niña de las fotografías que yo guardaba en mi carpeta con la investigación correspondiente. Un hombre la traía de la mano. Los ojos de Eugenio brillaron como dos estrellas derretidas. Quise gritar, el mesonero se disponía a servir más café cuando distinguí que el hombre no tenía cara. ¿Por qué nadie más estaba gritando?