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Recuerdos del Bosque salvaje y otros viajes

“Bosque salvaje”, Editorial Equinoccio

“Bosque salvaje”, Editorial Equinoccio

Historias atemporales que juegan entre el pasado y el presente son las que conforman la obra “Bosque salvaje” de Reinaldo Cardoza. Para Lucía Jiménez son tan cercanas a la cotidianidad que pecan de familiares, mas no de comunes

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Cinco viajeros emprenden la búsqueda de un recuerdo abandonado en la juventud. Todos tienen en común el viaje, la nostalgia, la despedida y el internado. Al final, todos ellos parecen transformarse en uno solo: Reinaldo Cardoza, el autor. Su entrega, Bosque Salvaje, es una pequeña colección de cuentos un tanto melancólicos, llenos de hermosas metáforas sobre la muerte y las despedidas, sobre crecer y sobre volver a casa.

A medida que nos adelantamos en la lectura, los personajes anónimos nos transportan a su lado. Sin mucho esfuerzo, nos encontramos sentados junto a ellos en el autobús a la hacienda en algún recoveco merideño, o en el avión con escala en Caracas de camino a Cumaná, mientras escuchamos atentos a las palabras de nuestros amigos que nos cuentan su historia o la de aquel curioso compañero del internado que nunca han vuelto a ver. La lectura entonces se vuelve natural. Casi adivinamos el último destino.

La lectura se acaba y nos quedamos pensando en el internado. Es el lugar común presente en todas las historias y que las conecta. Este colegio, aparentemente en las afueras de una ciudad merideña pero sin huellas reales, es el pasado de todos los personajes –si es que no es uno solo–. De la manera más astuta, amarra a los narradores a los recuerdos de adolescentes esperanzados. Ellos luego nos relatarán las historias de reencuentros y venganza. El internado será el culpable de sus desventuras y el objeto de sus reproches. Es en realidad el personaje principal de todos los cuentos, en el que se modelan los jóvenes y se convierten en hijos, padres y esposos distantes, hombres tristes, culpables, atrapados en la necesidad de volver al pasado: al internado.

Descifrar la tragedia se convierte en el hilo conductor entre un cuento y el siguiente. ¿Sabremos realmente qué sucedió en el pasado, en el colegio? Éstas son historias sin finales tristes ni felices, solo finales; y por eso son trágicas. Conectadas unas a otras, pero evidencias de ser en realidad una misma historia, Cardoza juega con las mentes lectoras que esperan ansiosamente la revelación de la pieza clave, la que finalmente nos descubra cómo se conectan los personajes, y quizá –solo quizá– como se transforman en el mismo pobre desgraciado. No es un final esperanzador, pero es justo el final que queremos que sea.

Bosque salvaje son historias atemporales. Son un juego entre el pasado y el presente con pocos deseos de mirar al futuro en un intento de reavivar la búsqueda interminable de respuestas más allá de las realidades cotidianas. Sin embargo, son tan cercanas a esa cotidianidad que pecan de familiares, mas no de comunes. Resaltan por su lenguaje de excelencia literaria, sin rastros coloquiales que alejen al extranjero, y por su conexión en lo ficticio con los personajes, y en lo real con la naturaleza curiosa de cualquier lector.

De la muerte y otras despedidas

Hay otros dos personajes principales que conectan todos los cuentos: la muerte y las despedidas. Con ellas presentes, nos atrevemos a adivinar que la familiaridad de estos cuentos de Reinaldo Cardoza nace de la manera en que nos recuerda nuestros propios encuentros y entierros. Es un viaje en común porque todos tendremos que crecer, envejecer, y poco a poco, debemos despedirnos de aquellos que nos acompañan, como lo hacen los viajeros en los cuentos. Luego solo los tendremos en el recuerdo.

Las despedidas y la muerte son temas reciclados pero en este caso son tratadas tan delicadamente, tan cercanas, que nos absorben nuevamente. Es un relato diferente y repetido al mismo tiempo… suficiente para atrapar al lector desde las primeras líneas en las que el personaje protagonista recuerda las flores a su madre, en el primer cuento.

La segunda historia es una salida a la más agria de las despedidas. Los hombres y mujeres comunes pensamos en la muerte como la peor de los destinos, el final sin retorno. Constantemente buscamos alternativas metafísicas, religiosas o filosóficas, que calmen nuestro sufrimiento y nos reconecten con el alma del muerto. En la literatura, cada autor tiene su forma de responder a esa necesidad, pero la de Cardoza es de las más artísticas. Un cuadro quedará guardando a su madre pues ella quiso refugiarse en un recuerdo capturado en óleo. Así, ella será siempre parte del cuadro y no se habrá ido realmente, habrá escapado de la muerte. No hay despedidas, solo un viaje.

En las historias de Bosque salvaje también están presentes las no despedidas. Los encuentros fallidos de los personajes constantemente nos hacen recordar las despedidas que no pudieron darse, y que nos dejaron un vacío perenne, un momento inconcluso, un asunto sin resolver que se convierte en arrepentimiento. Entonces vemos, como lo hacen los personajes ficticios, que esperaremos siempre el momento que nos brinde una segunda oportunidad. Por eso vuelve Cardoza al internado y ahí se queda, esperando que el Bosque salvaje le devuelva una despedida.