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Recuerdos del futuro

No hay intención alguna de homologar las historias de von Däniken en su exitoso best seller de fines de los años sesenta, pero el título sirve para construir este relato  

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Hace un par de décadas, Pdvsa se propuso desarrollar un programa cultural en el privilegiado sitio de La Estancia de La Floresta, la vieja hacienda de café de la familia Sosa, cedida a la petrolera estatal.

El proyecto de remodelación de la edificación colonial había sido destinado primero a sede para recepción y albergue de huéspedes ilustres de la industria petrolera, pero de inmediato el proyecto dio el afortunado giro que lo orientó a la creación de un centro cultural. Fue así como Biserca, Bienes y Servicios C.A. filial de Petróleos de Venezuela, dirigida por Ada Bermúdez de Bass, creó en 1993 el Centro de Arte La Estancia, habiendo consultando a varios expertos entre los que se contaban expertos de la Galería de Arte Nacional y el artista, diseñador y docente Miguel Arroyo acerca de cuál podría ser la especificidad cultural de dicho Centro. Arroyo respondió de inmediato sobre la importancia e interés de abordar el diseño y la fotografía dentro del circuito cultural-artístico más notable del continente, integrado por los museos y galerías del Estado, entidades bancarias, industrias nacionales y privados, localizado en la ciudad de Caracas. De este modo, Biserca aceptó la propuesta de Arroyo, y para emprender la tarea convocó al diseñador gráfico Álvaro Sotillo y a mí, quienes respondimos con entusiasmo al desafío.

Había un costo de oportunidad que se debía aprovechar: en primer lugar, la necesidad de instalar la noción de diseño y la fotografía en el marco de la producción cultural de Venezuela; en segundo lugar, la oportunidad de abrir el debate acerca de la construcción de un país capaz de producir sus propios bienes, mejorar su base industrial con sus propias iniciativas, reducir  su dependencia de las importaciones, crear nuevas fuentes de trabajo y estimular el emprendimiento. Esto es, contribuir a la creación de un país independiente y orgulloso de su capacidad inventiva y productiva, que nos permitiera dejar de ser de consumidores para transformarnos en productores.

Se trataba de definir un campo hasta el momento no abordado por la primera industria nacional: el del diseño, que así presentado superaba el imaginario colectivo que relacionaba el término con adornos y otras frivolidades. En efecto, la banalidad y el elitismo están totalmente fuera de esa aproximación a la noción de diseño, y lo que se intentaba era desmentir ese prejuicio y dar a conocer toda la potencialidad de ese noble oficio.

Así, a partir de ese año de 1993, se iniciaron las actividades de investigación, desarrollo tecnológico, divulgación y estímulo del diseño en el Centro de Arte La Estancia, que en pocos años se logró identificar como uno de los extraños “polos de atracción” del conocimiento cultural y tecnológico, lo cual contrastaba notablemente con la realidad de un cuerpo social enfermo de incredulidad. El Centro quizás tenía la apariencia de un recinto elitesco, sin embargo, el resultado fue que transformó el tradicional circuito cultural semanal antes mencionado. La asistencia del público fue creciente y, lo más significativo, venían especialmente jóvenes de distinta procedencia, condición social y formación, un público que habitualmente no concurría a museos y poco tenía que ver con la cultura tradicional: era gente de la calle.

Evitando improvisaciones e inauguraciones para réditos políticos de corto plazo, me tocó la responsabilidad de planificar una primera exposición con la identificación, catalogación clasificación y guión de productos industriales diseñados en Venezuela en los últimos cinco años, o sea, exponer el “estado del arte” de la capacidad creativa e inventiva venezolanas.

Tras dos años de investigación en los que el equipo que dirigí rastreó todo el territorio nacional, el domingo 12 de noviembre de 1995, a las diez de la mañana, inauguramos la primera exposición de diseño industrial venezolano: “Detrás de las Cosas”, cuyo diseño museográfico estuvo a cargo de Ignacio Urbina. Se trataba de la primera muestra de diseño industrial, porque si hubo alguna anterior, no lograba reunir más que el trabajo de limitados círculos profesionales. Pero esta búsqueda y selección cubrió gran parte del país dando lugar a un sorprendente testimonio de la creatividad venezolana en los rincones menos esperados.

El texto del catálogo señalaba que detrás de estabilizadores eléctricos, sillones odontológicos, peñeros de fibra de vidrio, sillas de paleta construidas con madera de capure, carrocerías de microbuses, budares de aluminio, estructuras expandibles y muchos otros productos venezolanos que bien podrían llenar nuestras necesidades diarias, había la esperanza de realizarnos como un país productor, había gente que inventaba, que estudiaba y trabajaba para el mejoramiento de la calidad de vida no sólo suya, sino del país.

A esta exposición la sucedieron otras de variados temas y cada vez mejor calidad, junto con seminarios, charlas y conferencias nacionales e internacionales. Todas esas exposiciones iban acompañadas por catálogos que contenían elaboradas gráficas, con la idea de tener un registro permanente, didáctico y de alta calidad, de los temas tratados, y que se convirtieron en un valioso material de consulta. También se creó un Centro de Información sobre arte y diseño abierto al público, que se constituyó rápidamente en el punto de referencia de todos los centros educativos del país.

Luego de veinte años de aquel acontecimiento inaugural, hoy quiero recordar su trascendencia e interrogarme acerca del motivo de su mutación como mensaje y como hito, no fundacional, pero intentó hacer realidad un mandato histórico que hoy todavía parece resonar en el vacío: “O inventamos o erramos”. El maestro Simón Rodríguez lo dice así en esta cita:

La América está llamada (si los que la gobiernan lo entienden) á ser el modelo de la buena sociedad, sin más trabajo que adaptar. Todo está hecho (en Europa especialmente). Tomen lo bueno –dejen lo malo –imiten con juicio –y por lo que les falte inventen".

Inventar entonces lo que nos falte, no por suponer que todo está mal, sino porque efectivamente falta. Y de esto nos ocupábamos nosotros en aquel Centro, de aprovechar las enseñanzas y avanzar inventando.

Cabe el término mutación cuando nos referimos a su destino actual porque el Centro de Arte La Estancia existe todavía, pero ya no es el diseño el motor de su desarrollo. No. Quizás encarnando los presupuestos más radicales del capitalismo schumpeteriano, se asumió que la destrucción creativa sea el motor de avance, y ahora la creatividad y la invención significan la refundación del mundo, sin importar el capital social y cultural ya construido, la necesidad de “tomar lo bueno” y la “imitación con juicio” que aconsejaba el maestro de Bolívar. Así es como el paradigma de la destrucción domina la escena.

La situación actual del diseño y su participación en el desarrollo industrial, en la creación de pequeñas y medianas empresas, en la provisión de productos de consumo, en el empleo productivo entre otras posibles consecuencias de su acción, no se ve por ningún lado. Es posible advertir entonces la deliberada omisión, quizás por una matriz hoy acusada de reformista, de otro de nuestros mandatos históricos:

Es menester sacar la mayor renta de las minas para invertirla totalmente en ayudas, facilidades y estímulos a la agricultura, la cría y las industrias nacionales. Que en lugar de ser el petróleo una maldición que haya de convertirnos en un pueblo parásito e inútil, sea la afortunada coyuntura que permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora del pueblo venezolano en condiciones excepcionales (Arturo Uslar Pietri, “sembrar el petróleo”, diario Ahora, 14 de julio de 1936).

Se ha querido borrar la experiencia de esta pequeña historia cultural contemporánea venezolana sin otro proyecto de desarrollo que la sustituya, solo a cambio de un poder popular que con justicia reclama derechos y justicia social pero no ha logrado construir proyecto. Estamos así, en esta situación posmoderna: sin proyecto, con sólo el presente, y sin educación, porque educación es proyecto.

En esto estábamos hace 20 años, el 12 de noviembre de 1995, cuando inauguramos esa exposición: apostando a la invención, al diseño, a la producción, al reconocimiento de hombres y mujeres venezolanos con ideas e iniciativas, a un país capaz de producir lo que consume, mejorando su calidad y aumentando su cantidad. En el sustrato de estas acciones estaba la confianza en que el desarrollo de las fuerzas productivas permitiría la verdadera transformación social.

Hoy un manto de olvido cubre aquel trabajo, y cualquiera que desee indagar sobre la experiencia encontrará silencio y hermetismo. Es verdad que a uno, como suele decirse, nadie le quita lo bailado. Pero a Venezuela sí se lo han quitado, porque la mayoría de los productos que consumimos ahora en estas tierras son importados.

Se suele decir que la historia la construyen los vencedores, pero primero hay que vencer, y la misma historia enseña que para eso no cuentan las intenciones si no los logros. Veamos entonces cómo estamos 20 años después. Hay que tener el cuero duro al tomar consciencia que, al recorrer los pasillos de los supermercados, detrás de cada uno de esos productos hay una persona que trabaja, que alimenta a una familia y cuyos hijos estudian, que pertenece a una industria y que está en un país cualquiera que no es Venezuela. Un país que crece mientras nosotros consumimos impávidos, viendo pasar la historia. 

 

Durante 4 años, estas fueron las primeras 15 exposiciones realizadas en el Centro de Arte la Estancia:

  • Detrás de las cosas, 1995
  • Chicho Mata. El hombre de Uribe, 1996
  • DGV 70–80–90 Diseño Gráfico en Venezuela, 1996
  • Hans J. Wegner. Hacedor de sillas, 1996
  • Sentados en un siglo. Emblemas cotidianos en Venezuela, 1997
  • Hablemos de reciclaje. Innovación y ambiente, 1997
  • Grandes fotógrafos en colecciones venezolanas, 1997
  • El arte por el arte. L'art pour l'art. Carteles de Mende; & Oberer
  • Miradas domésticas. Diseño español contemporáneo, 1998
  • 40 años de Leica M. Momentos mágicos, 1998
  • Tools Toys. Herramientas lúdicas, 1998
  • Venezuela Incorporada. Rediseño de identidad, 1998
  • Nedo M. F. Una retrospectiva, 1998
  • Un asiento venezolano llamado Butaca, 1999
  • La Butaca moderna. El asiento de al lado, 1999