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Receta para el thriller teatral

Escena de Díptico Maeterlinck

Escena de Díptico Maeterlinck

“El suspenso en teatro viene dado por la dimensión humana del conflicto que se plantea en la pieza, debe ser una situación con la que el espectador piense que ‘eso’, sea lo que sea, puede ocurrirle a él”

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En el nombre del suspenso se han realizado varias de las mejores obras del séptimo arte. Basta recordar a Hitchcock, quien se servía de pájaros, una soga o el sonido agudo y repetitivo de violines para viajar en nuestra psique y sembrar el terror en su audiencia. Las nuevas tecnologías de sonido y efectos especiales han contribuido a que cine y terror se conviertan en la fórmula por excelencia del éxito comercial. Un guión de suspenso es difícil de visualizar en un espacio distinto al de la pantalla grande, más improbable aún es imaginarlo en un escenario.

El hecho teatral es efímero y orgánico. Lo primero porque tiene una fecha de caducidad que bien puede ser de una temporada o de un par de horas; lo segundo porque se trata de algo fresco, vivo, que debe apreciarse en el momento y que no permite correcciones posteriores o efectos especiales, tan usados en los thrillers cinematográficos. 

Entonces, ¿de qué se vale el teatro para construir un verdadero ambiente de suspenso en intriga? ¿Cómo puede quitarse la máscara -de comedia o de drama- para asustar al espectador que sabe que lo que está viendo es ficticio? En la nota introductoria del libro 10 Classic Mistery and Suspense Plays of the Modern Theatre, el editor Stanley Richards cita tres ingredientes esenciales que toda pieza de suspenso debe tener según el dramaturgo y productor inglés Reginald Denham, reconocido por sus piezas de suspenso. Para ilustrarlos me sirvo de dos ejemplos representados con anterioridad en la escena capitalina: Ha llegado un Inspector, del inglés J. B. Priestley en versión de Ugo Ulive dirigida por Basilio Álvarez y Díptico Maeterlinck, que consiste en la reunión de dos piezas cortas del dramaturgo belga Maurice Maeterlinck: Interior y La Intrusa, con selección y dirección a cargo de Orlando Arocha.

El suspenso en teatro viene dado por la dimensión humana del conflicto que se plantea en la pieza, debe ser una situación con la que el espectador piense que eso, sea lo que sea, puede ocurrirle a él. Interior, parte del Díptico Maeterlinck, habla de una mujer que debe darle a una familia la terrible noticia de que su hija mayor ha muerto. ¿Quién, en la Venezuela actual, no se ha imaginado en tan terrible escenario? Interior nos muestra, con la trémula voz de un personaje muy bien interpretado por Haydée Faverola, lo frágil que es la felicidad y cómo ésta puede transformarse repentinamente en tormento y desesperación. La empatía es clave para construir suspenso en la caja negra.

Esta tensión creada debe tener una válvula de escape para que el público no se sienta sofocado. Es entonces cuando la figura cómica se convierte en el segundo requisito de Denham. Por ejemplo, en Ha llegado un Inspector las respuestas cortantes del personaje estelar –encarnado por Jorge Palacios– al cinismo de los señores Birling  poseían un humor elegante que ayudaban al público asistente a digerir el misterio principal de la pieza: ¿de qué forma los Birling habían contribuido al suicidio de Eva Smith? A su vez, la armonía existente en la paleta de colores –tonos pastel, rosa viejo y blanco– y la iluminación ayudaban a mantener la calma en el proceso mental del espectador, que intenta recrear los hechos expuestos para resolver el caso. Y la escenografía inclinada, surreal, era una pista del desenlace inesperado de este thriller.

Por último, pero no menos importante, deben dejarse cabos sueltos porque ello, según Denham, estimula la especulación del espectador. Tomemos por ejemplo La Intrusa, de Díptico Maeterlinck. “No hace falta que me mientan, ellos me lo dicen todo”, afirma el personaje ciego de la magistral Diana Volpe. ¿Quiénes son ellos? ¿Se trata realmente de una mujer ciega...o de una médium? ¿Qué ocurría en la casa de aquella familia? Las interrogantes son un trozo de suspenso que el público se lleva a su casa de recuerdo y lo mantiene analizando la pieza aún cuando ya el telón se cerró y los actores vuelven a su condición de personas reales.

El ver que en la escena capitalina se está explorando el suspenso psicológico y se lleva a escena de forma efectiva es, para mí, la prueba de que el público está listo para digerir algo distinto a la comedia, el drama o la tragedia. Después de todo, un montaje del género que sea tendrá éxito si está bien elaborado. Es también indicativo de que el teatro venezolano está avanzando hacia otros parajes desconocidos para el público e incluso para sí mismo, pues en la historia del arte dramático en Venezuela son escasos o nulos los montajes de suspenso.

Ya usted sabe que en el cine puede asustarse. Ahora intente con el teatro, le aseguro que no se va a arrepentir. Sólo una advertencia: en el cine los fantasmas se hacen con efectos especiales. Aquí en el teatro son de carne y hueso.