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Raymond Aron: abrazo al siglo XX

Raymond Aron (1905-1983) / Fotografía tomada de Internet

Raymond Aron (1905-1983) / Fotografía tomada de Internet

La publicación de la edición íntegra de sus portentosas "Memorias", hace posible el reencuentro con esta figura capitular del pensamiento del siglo XX. Artículos de Arturo Úslar Pietri, del ensayista mejicano Christopher Domínguez Michael, y un fragmento de la entrevista que Sofía Ímber y Carlos Rangel le hicieran en 1982, cuando Aron estuvo de visita en Venezuela, completan este Dossier en su homenaje

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­Casi mil páginas de argumentos: apretados, incansables, en torrente. Poco sé de la vida de Aron: de hecho, sus Memorias transcurren siempre más allá de cualquier evocación personal. La intimidad de Aron es la de las ideas, de las motivaciones inherentes al pensar. Lo diré así: Aron no invita nunca al lector a su casa, al menudeo de lo cotidiano. Las realidades físicas por las que transcurren sus recuerdos son aulas, salas de redacción, despachos de pensadores o políticos. Y ni siquiera: las menciona al paso, como si no las percibiera. Pero a cambio de eso, es capaz de recapitular con articulado preciosismo, los puntos de vista de lado y lado, las causas en controversia, lo que alguien sostuvo y lo que él respondió, ante un determinado hecho o debate.

En el único momento en que Aron abre una rendija a su esfera personal, casi al final del libro, cuenta que en abril de 1977 sufrió una embolia. Y allí, en frase sumarísima asegura que el ataque le hizo preguntarse si disponía del tiempo y las fuerzas necesarias para seguir adelante con sus proyectos. Dos años después, en el verano de 1979, sintió el deseo de volver a su pasado. Y ahí arrancó a escribir estas Memorias que son, en mi experiencia, una obra fuera de lo común: un pensador que cruza, brazada a brazada, las turbulentas aguas del siglo XX.

Niño judío

Pertenecían a la burguesía media del judaísmo francés. En la biblioteca de su casa había una sección dedicada al caso Dreyfus. El padre, que había sido masón, era ajeno a las cuestiones religiosas. Familia liberal, a menudo sus ideas coincidían con la izquierda. Aron recuerda haber vivido desde siempre bajo un sentimiento de culpa: su padre debía trabajar mucho para mantenerles. Pero eso no le impidió crecer con una vocación de confianza en sí mismo. Ese carácter le proveyó de energías para buscar, a lo largo de las décadas, satisfacción a su deseo de pagar la deuda imaginaria que mantenía con su familia.

Estudió en un liceo de Versalles. Salvo un episodio, un grupo de niños que lo persiguió mientras le gritaban “judío, judío”, su infancia transcurrió en un ambiente plácido. Cuando llegó el momento de hacer el curso preparatorio en París, entendió sus desventajas escolares. Ansioso, se había propuesto ser el primero y se enfiló hacia ese objetivo. Aron se escandaliza: en aquella época no se interesaba por lo que ocurría en la Gran Guerra (al momento de la firma del Tratado de Versalles, tenía 14 años). Le decían “el abogado”: su talento para la argumentación era notorio. Durante su primer curso de filosofía, año escolar 1921-1922, supo que aquello le concernía. Sintió fascinación por el “universo encantado de la especulación”. Al poco tiempo, descubre que hay un saber que busca, que no determina. Un pensamiento sin comedia. Tuvo profesores que eran maestros del pensar. Cuatro años más tarde concursa por una plaza de profesor y obtiene el primer lugar. Había pasado un año entero leyendo a Kant diez horas al día, lo que le curó de cualquier vanidad (“nada reemplaza, aun para aquellos que no se dedican a la labor filosófica, el desciframiento de un texto difícil”).

La izquierda insuficiente

La izquierda era el clima establecido. Aron recuerda que durante una década sus opiniones estuvieron marcadas por una inclinación hacia los humildes y el desdén hacia los poderosos. Pero comenzó a sentir que aquello impedía entender el funcionamiento real de la sociedad. Tenía amigos como Jean-Paul Sartre, Paul-Yves Nizan y Georges Canguilhem. Estudiaba a Aristóteles, Rousseau y Comte. Frecuentaba a Alain (“no quería interpretar a los hombres por abajo”): cuando le evoca, recuerda el papel determinante que Alain tuvo en el descubrimiento de sí mismo, no como alguien que se conformaba con la denuncia de los poderes, sino como un sujeto siempre merodeando la pregunta del qué hacer, del cómo resolver, es decir, la pregunta del gobernante.

En 1930 y 1931 se instala en Colonia como profesor ayudante de francés. Fue de los excepcionales que vio venir la catástrofe que causaría Alemania. El 10 de mayo de 1933, en compañía de Golo Mann, fue testigo de la quema de libros por parte de los nazis. Al año siguiente regresa a París. Entre 1933 y 1937 escribe tres libros. Conoce a Horkheimer, Adorno y Pollock, voceros de la Escuela de Frankfurt (“se arrogaban a Marx”).

Prosa de perfectas inflexiones

Aron piensa y escribe bajo la técnica de la distancia. Su "ver de lejos", hasta los hechos más inmediatos, marca el temple de sus análisis. Se lo impone como un deber intelectual: mirar hasta sus propios pensamientos como si fueran de otro. En la confrontación entre quedarse y partir, entre ver desde adentro o desde afuera, Aron escoge esa suerte de exilio y de costosa soledad que consiste en pensar desde lo distante. Su mente rompe con las gratificaciones de lo inmediato, con las emociones que privan en los compromisos intelectuales.

Desde muy temprano descubre lo equívoco de la percepción humana. Los prejuicios, morales o no, deben ser desmontados. Comprender no debería ser equivalente a excusar. Lee a los sociólogos (Manhnheim, Rickert, Weber) y a los filósofos (Heidegger, Husserl). En cierto modo, su método es el de los fenomenólogos. Máquina de preguntar: los hechos lo impulsan a las esencias, a las tendencias implícitas, al estudio de las fuerzas, a la indagación del modo en que los hechos son captados y registrados. Esto no lo conduce a negar la intuición, desconocer el sentido no visible que tienen las cosas. “Había comprendido y aceptado la política tal como es: irreductible a la moral; ya no intentaría dar prueba de mis buenos sentimientos, no con palabras ni con firmas. Pensar en la política es pensar en los actores y, por lo tanto, analizar sus decisiones, sus fines, sus medios, su universo mental”.

Las Memorias tienen algo rotundo, abrumador si se quiere: Aron es capaz de reconstruir, episodio a episodio, posiciones y debates en relación a los asuntos de la política, el pensamiento y los grandes asuntos de la geopolítica, como si todo hubiese ocurrido en la última media hora. En esos ejercicios, que dan cuenta de una descomunal energía intelectual, también expone con filigrana sus fallos argumentales y sus errores de percepción. La revisión de Aron tiene entre sus objetivos al propio Aron.

El vasto campo de intereses

A partir de septiembre de 1939 se incorpora a la guerra. No duraría: en 1941 lo conminan a dirigir, desde Londres, La France libre, revista del exilio. Esa experiencia cambiaría su vida: dedicaría buena parte de su existencia al periodismo. La lista es notable: Point de vue, Combat y Le Figaro: en este último, durante 30 años, escribió más de 4 mil editoriales. Al reflexionar sobre su pasión periodística, Aron dice: cedí a la tentación de lo fácil. Al peligro del elogio insustancial. Y añade en algún lugar: el periodista conquista fama rápidamente, pero su posibilidad de progresar en el tiempo es limitada.

Del periodismo a la política; de la política al pensamiento; del pensamiento a la confrontación de las ideas; del aula a la calle; de la lectura a la escritura, en un cruce de trayectorias imposible de describir, la vocación de Aron es curiosa: fija posición, pero no avasalla a sus adversarios. Reivindica los argumentos de otros. A pesar de que denuncia su propensión a hacerse siempre con la última palabra, predomina su goce por las ideas, vengan de donde vengan.

Cada uno de los temas a los que vuelve podría ser objeto de un estudio. Listo algunos, solo con la intención de sugerir la dimensión del hombre, su conexión insoslayable con el siglo XX: La República de Vichy, el Frente Popular, La Resistencia, la Depuración, las tensiones con Estados Unidos, la Guerra de Argelia, La Guerra de Corea, la Guerra Fría, el estalinismo, la invasión a Hungría en 1956, la Guerra de Vietnam, la Guerra de los Seis Días, mayo de 1968, la creación de la OTAN, la Comunidad Económica Europea, y tantos otros: como si aquella aspiración de Terencio, que escribió “nada en el mundo me es ajeno”, hubiese encarnado en Aron.

El opio de los intelectuales

Dice Aron: Apoyar a la Unión Soviética después de 1945 era un acto de ceguera moral. El que algunos hombres de letras se adhieran a una causa (como Gide y su apoyo a la causa comunista), se explica más por el deseo de construirse como personaje que por una visión de la historia.

El fracaso de las sociodiceas está en relación con el hecho de invocar objetivos irrealizables. Así, todo programa revolucionario es demagógico. La mayor fragilidad de la promesa revolucionaria es su indisposición para la duda. Las distintas variantes derivadas del marxismo se hacen pedazos cuando desdeñan dos premisas esenciales: No hay verdades absolutas y no hay humanidad sin tolerancia. Justo porque no hay verdades absolutas, los izquierdistas no reconstruyen sino que falsean los hechos.

Entre 1952 y 1954, Aron escribió El opio de los intelectuales. Los tres capítulos que lo conforman, el primero de ellos puesto a desarticular tres mitos –Izquierda, Revolución y Proletariado–; el segundo, al desmontaje de la idolatría; y el tercero, que esboza las conductas de los intelectuales ante las utopías: nada en ellos ha perdido ni la eficacia técnica, ni el genio desmitificador.

La linterna de Aron

Me importa mucho compartir esto con el lector: más significativa que la acumulación episódica es el activismo del pensamiento de Aron en cada página, en cada párrafo, en cada frase. Es un inspirado, un generador. Un ser dotado para aislar intencionalidades. Toda realidad, combustible para su lúcida perspectiva. Aron parte de los hechos, pero no se deja arrastrar por ellos. Se pregunta si es dado conocer los vínculos de un hombre con su tiempo. Se estremece al constatar lo invisible que puede resultar la historia a los ojos del espectador más próximo. A quien se proponga reducir la magnificencia de su pensamiento a una etiqueta, habría que preguntar: ¿qué clase de liberal era Aron, que denunció el optimismo inherente en la idea de progreso? Obsecado, vuelve al meollo sin final, de la legitimidad del hecho de tomar una posición. De ello, una derivación –no una rendición– que sobrecoge: aceptar que vivimos rodeados de preguntas que carecen de sentido.

Opina: el intelectual competente no pude conformarse con un ideario básico. La economía, el funcionamiento de lo productivo, las cuestiones geoestratégicas, la diplomacia, han de formar parte de sus recursos. El intelectual competente vive unido, por muchos lazos, a su tiempo. Tal el piso de su probidad. De no ser así, de carecer de una visión multidimensional, no será más que un propagandista.

Este artista de las distinciones y las precisiones, otra vez en un sinnúmero de ocasiones, nos obsequia perfiles y mapas del pensamiento de quienes fueron sus interlocutores decisivos como André Malraux, Georges Canguilhem, Alexandre Koyré, Alexandre Kojève, Éric Weil, Octave Auriac, Lucien Levy-Bruhl y tantos otros. Son homenajes cargados de sentido, agudas reflexiones sobre lo que cada uno agregó a la exigencia de pensar el mundo. Ellas alcanzan hasta sus más pertinaces adversarios como Jean-Paul Sartre.

En 1950 Aron experimentó el abismo: su hija Dominique, que entonces tenía seis años, murió. A partir de ese momento, algo en su relación con todo lo que le rodeaba se hizo más esencial. Todo en él se hizo más profundo. En 1977, el trombo que casi lo mató, lo puso en la ruta de volver sobre sus pasos. Si sus Memorias es un libro prodigioso, lo es porque es un tratado de la gratitud. ¿Gratitud de qué? Del hecho de pensar. De haber aprendido a salvaguardar los hechos de todo determinismo. De haber asentido y disentido. De haber sido cuestionado y elogiado. De haber combatido sin odiar, de haber aprendido a retroceder ante su propia indignación. De haber alcanzado a convertir su época en un programa de vida. De haber entendido que todo problema, a fin de cuentas, es nuevo, único y complejo.

Memorias. Medio siglo de reflexión política

Raymond Aron

RBA Libros

España, 2013