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Ramón J. Velásquez, el testigo apropiado

Ramón J Velásquez, jurista e historiador/ Ernesto Morgado

Ramón J Velásquez, jurista e historiador/ Ernesto Morgado

Velásquez supo siempre ocupar el lugar adecuado y, lo que es evidente en el libro de Banko y González Escorihuela, manejar como un maestro de las lides del poder

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Bajo cierta perspectiva, Ramón J. Velásquez: Un país, una vida es un libro a contracorriente. En tiempos donde los autores parecen estar siempre en campaña, en pasarela, en vitrina o en subasta, los dos historiadores a quienes debemos este meticuloso trabajo, Catalina Banko y Ramón González Escorihuela, han escogido colocarse, no en un segundo plano, pero sí en un punto donde el lector olvida por completo su presencia y se abona con todos los sentidos a “escuchar” (leer) la voz agraciada y veterana de Ramón José Velásquez.

Cuidado: no se trata de que los autores hayan encendido un grabador y dejado hablar a su entrevistado a lo largo de varias sesiones, transcrito sus palabras y entregado el manuscrito a la imprenta. No. Aquí se trata de otra cosa que es justicia destacar: la edición impecable del texto. A Banko y González Escorihuela se debe la “viabilidad” de la lectura. Su inmejorable fluidez. La doble estructura del recorrido: en la primera parte domina el criterio cronológico; en la segunda parte, secciones temáticas: retratos de grandes figuras del siglo XX; el vínculo de Velásquez con el periodismo (no olvidemos que, entre otras cosas, fue director de este diario en dos ocasiones); sus aportes a la institucionalidad venezolana (Velásquez posiblemente representa el que podría ser el más importante capítulo de la promoción editorial de la Historia de Venezuela); la cocina de sus propios libros y, lo que no podía faltar, el anecdotario de los hechos que lo condujeron a ser designado Presidente de la República.

Por más de seis décadas Velásquez ha sido una presencia recurrente en las luchas, en los pliegues y en el ejercicio del poder venezolano. Un emblemático. Un hombre de provincia que, por méritos incontestables, logró convertirse en el más notable testigo de los hitos político-institucionales del siglo XX venezolano, hasta un punto donde esa condición lo hizo el hombre apropiado para conducir al país en medio de una peligrosa crisis.

Ramón J Velásquez es el testigo apropiado de la Venezuela del siglo XX. Apropiado, por su reiterado don de gentes, que lo hizo siempre potable en toda circunstancia, para la inmensa mayoría de los factores, incluso cuando la pugna había desplazado al diálogo. Apropiado, por la extraordinaria intuición que significó en su vida escoger una voz para testificar y compartir con el país, siempre en el momento apropiado, aquello que vio, escuchó o intuyó, para beneficio de la comprensión de nuestra historia contemporánea. Apropiado, porque aquí y allá, en las escenas más disímiles, Velásquez supo siempre ocupar el lugar adecuado y, lo que es evidente en el libro de Banko y González Escorihuela, manejar como un maestro de las lides del poder, la tensión decisiva entre escuchar y hablar, entre observar y actuar, entre esperar o tomar la iniciativa. Apropiado, en definitiva, porque decidió adoptar un papel que podía oscilar entre el primer plano o el segundo plano, pero sobre todo, porque esos vaivenes se transformaron en una voz amable, dispuesta y cargada anécdotas, es decir, una voz que desmitifica el poder y lo vuelve materia narrable.