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Papel literario

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Ramón y Pedro-Emilio*

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Buenos Aires, mayo de 1946. —Ramón Gómez de la Serna, adelantado espiritual de España en Indias, triunfante conquistador en América de El dorados eternales, supremo fantasmagorizador de realidades y humanizador de sombras, preside la tertulia de "Pombo", el café cuya historia se confunde con gran parte de la historia literaria española en los últimos tiempos. Gutiérrez Solana es el pintor del cuadro de "Pombo". En medio, y presidiendo el convivio, está Ramón, Ramón por antonomasia, el escritor más fecundo que Lope de Vega, "el más grande de los tres grandes Ramones de España", el que siempre está en la actitud de dar, con la pluma y el corazón en las manos. Ramón, el de la vida rectísima y digna, toda ella consagrada a la tarea literaria, por entre dolores, miserias e incomprensiones; literato y únicamente literato siempre. El no ha querido sino emborronar cuartillas, con esos sus atisbos desconcertantes, viendo la fisura oculta de las cosas, sorprendiendo la paradoja de las realidades, trazando la caricatura de las circunstancias, descubriendo la conexión recóndita de los fenómenos que es en definitiva su ley suprasensible e inexorable. Por algo aparece, en las guías telefónicas, como Cristóforo Pombiano. Colón de inéditos horizontes, ha dado el grito de ¡tierra! en más de una isla imprevista del alma; ha clavado el rollo conquistador y colonizante en más de una nueva ciudadela del espíritu. Sin importarle diestras y siniestras políticas, Ramón ha dado lo mejor de sí, en sus noches en claro, sobre las carillas expectantes, moviéndose de una mesilla a otra mesilla, de la mesilla de escribir biografías a la de escribir novelas, y de allí a la otra de taracear ensayos, como lo he visto yo ahora, en su apartamento de Victoria, 1970, de esta metrópolis de los buenos aires. En Madrid tenía cuartos-escritorios en distintos barrios de la capital, y donde le asaltaba una idea, se iba a la más próxima de sus oficinas de escribir, a hacer el artículo, multiplicar las greguerías, o dibujar los muñecos de hilarante perspicuidad.

No se ha trasladado a Buenos Aires la sagrada cripta, que en Madrid continúa perviviendo. Pero donde quiera esté Ramón, allí está la sagrada cripta pombiana. En su cuarto, deslumbrante y enceguecedor, decorado como está íntegramente, en sus cuatro paredes, por dibujos, fotografías y caricaturas las más diversas; en su cuarto, donde los espejos inventan nuevas dimensiones y dilatan ilusoriamente las latitudes: espejos convexos que se burlan del enanismo y las huecas corcovas temporales del visitante, espejos cóncavos que abultan descomunalmente los vientres y miniaturizan cabeza y piernas. En un ángulo está un estante con más de 500 libros, distintas ediciones de las obras de un único autor: Ramón. Por allá un maniquí femenino, más allá un esqueleto de animal antediluviano, y allí está la pipa madre, pipa de enormes dimensiones, gran señorona de las pipas, que en su gigantesco receptáculo parece acariciar y recalentar a las pipas corrientes, las liliputs, que Ramón va tirando y guardando después de usadas, porque para él, a diferencia de los marineros nórdicos, la vieja pipa no es la mejor, sino la más nueva del mejor cerezo o del mejor boj.

Aunque no haya pública tertulia dentro de la intimidad de esta sagrada cripta bonaerense de Ramón, aquí él es el mismo gran literato y gran hombre de todos los tiempos. Le acompaña Luisa Sofovich, igualmente escritora, la esposa desde hace más de tres lustros, hebrea porteña de ojos de Melibea, figura de mujer que crea en torno una visión bíblica. Es la compañera ideal y real del genial humorista. Tanto ella como Ramón recuerdan con cordialísima efusión a Pedro-Emilio. Me señalan, en un ángulo de pared, una fotografía del cuadro de "Pombo", que tan bien visto me tengo desde la adolescencia cundida de literarios fervores. Allí están, en el cuadro de Solana, este mismo Ramón de ahora, y a su lado, Bacarisse, Bartolozzi, Borras, Bergamín, Manuel Abril, nuestro Pedro-Emilio.

La tarde se nos va en evocar a Pedro-Emilio. No sólo en el cuadro de "Pombo", en torno a una mesa con botellas y copas (lo que hizo suponer al brutal dictador, por malévola indicación, que Pedro-Emilio vivía de juerga, de donde vino su reemplazo diplomático), está la figura material de Pedro-Emilio. También en el voluminoso volumen "Pombo" del mismo Gómez de la Serna, un capítulo se denomina El Venezolano Coll. Se refieren allí muchas de las cosas extrañas y fantásticas que Ramón oyó contar a Pedro-Emilio. Ramón termina su página diciendo que Pedro-Emilio "se ha enterado de España como si fuese el buen historiador del presente, y la define como ella se define a sí misma. Si escribiese su opinión haría un libro perfecto, pues la perspectiva del americano singular es la perspectiva de nuestros antepasados viendo la España presente y pudiéndola comparar con la España originaria". Pero no ha escrito ese libro Pedro-Emilio, ni terminó el Homúnculus (que Lugones ha debido leer en Buenos Aires, con Díaz Rodríguez y Zumeta, en su primera fragmentaria parte), ni recoge tanta maravillosa página de antología como suyas que son, rodante todavía por revistas y periódicos.

En El Doctor Inverosímil, novela de Gómez de la Serna, se habla en dos ocasiones de Pedro-Emilio. En los Retratos Contemporáneos, al trazar el de Juan Ramón Jiménez, vuelve Gómez de la Serna a recordar el imaginario acontecido entre el andaluz universal y el caraqueño universal. Hubo un tiempo en que la desesperación de Juan Ramón eran los ruidos. Los de pianola, los de la radio, los del tranvía, todos los ruidos modernos, tenían vuelto loco al poeta. Se taponeó los oídos, ordenó forrar de corcho su habitación, y eso no bastó. Encuéntrase el poeta con Pedro-Emilio, quien le confiesa oír tremebundos ruidos dentro de su cabeza, y Juan Ramón se separa de él espantado, como si oyera en la realidad los ruidos secretos de la interior neuralgia del venezolano. El doctor inverosímil, el doctor Vivar de la novela, recomienda al poeta Jiménez cubrir de espejos su cuarto, porque los espejos todo lo recogen, menos el ruido… La anécdota ha sido sutilmente glosada por Alfonso Reyes en el tomo cuarto de sus Simpatías y Diferencias.

El doctor Vivar no es el médico Diafoirus de la comedia de Molière. Ni Pedro-Emilio es Argan. El doctor Vivar cura también a Pedro-Emilio de su jaqueca interior, por medio de la música. Llama el doctor Vivar a un violoncelista amigo, y ensayan el ruido de las caracolas y del viento tempestuoso, que entre uno y otro estaba el mal de Pedro-Emilio. He aquí cómo nos refiere el propio doctor Vivar esta sorprendente curación:

"Llamé al señor Coll, que con su gran tipo de Verlaine venezolano vino a verme, haciéndome breves saludos militares bajando la mano desde su nariz, efusiva como el que espera su salvación.

—Su medicina —le dije señalando al violoncelista. El señor Coll, brillante su mirada de tigre alegre, le dio la mano.

—Maestro, comience a buscar el tono de ruido de mi amigo. . .

El músico comenzó. El señor Coll oía ensimismado como magnetizado por el aparato.

-¿Ese es el tono?— le preguntaba yo de vez en cuando.

El músico subía, bajaba, variaba, ponía más larga arcada en una sola cuerda.

Hubo un momento en que, sin que dijese el señor Coll nada, halló el músico el tema de su ruido, y como teníamos convenido tocó con insistencia aquel acorde que, francamente, se acordaba con el que sonaba en el fondo de la trompa de Eustaquio del oído del señor Coll. Concertado con su ruido le fue sacando, sacando, desliando, consiguiendo ovillarlo, ovillarlo, hasta que, ¡zas! salió hebra de su ruido...

-¡Gracias!. . . ¡Gracias! —me dijo el señor Coll—. Ya no oigo nada. . . Me ha sacado usted todo el mal, el rencor eterno del vacío".

Pedro-Emilio no es solamente el gran ensayista que nos diera la magistral interpretación de las ideas políticas y sociales de Ramón Campos, el anti-Rousseau español. En su libro Clásicos y Modernos —modernos que serán los clásicos del futuro— comenta Azorín, maestro de maestros, el hallazgo que hizo Pedro-Emilio del ignorado libro de Campos, y celebra las teorías expuestas, con tal motivo, por el venezolano. Pedro-Emilio no es solamente el autor del cuento en que, a través del figurón del diente roto, se prefigura el Fradique queiroziano; ni solamente el autor de esas deliciosas crónicas de las épocas de Guzmán y de Crespo; ni el curioso fantasista inventor de fábulas para denigrarse a sí mismo; Pedro-Emilio es sobre todo, Pedro-Emilio, el gran señor que no necesita del "señor", el Don que es tan Don en las letras como en la vida, sin menester de esa antelación monosilábica a su nombre, ni menos de títulos universitarios ni académicos. Las Academias, sea la de las Malas Lenguas, o la de las Historias, como suele apellidarlas el cliente del doctor Vivar, no son para él sino peñas: "una peñita" como dijo al entrar a Pombo por vez primera. Y dejémonos ya de mirar a las peñas, así sean las solemnes, con dejo despectivo de insolentada mocería; que no era sino un supérstite romanticismo revolucionario de Rubén, acaso equivocación de copistas en la puntuación, aquello de que Dios debía librarnos de las Academias y otras peñas. No vale la pena que el Señor se ocupe de esas cosas.

Pedro-Emilio, con sus ojos de marmajas biseladas, con sus talladas pupilas de lechuzo en rostro nervioso y asustadizo de liebre blanca, es, principalmente, el gran humorista de la vida. Por allí se hermana con Ramón, y de ahí la ininterrumpida amistad de ambos. Gran conversador, es el mejor charlista en nuestros anales. Su gracia, en la escritura como en la conversación, le viene de su señora madre, la honorable señora Núñez, a quien familiares memorias la pintan como dueña del más inteligente, sutil, delicado, señorial gracejo de matrona. Gracia campechana y fresca en la que también abundaba Teresa, la de Avila. Y como de la madre le viene el don angélico de la gracia, Pedro-Emilio ha sabido cultivarlo magníficamente. La modestia y honestidad las hereda Pedro-Emilio de su padre, honradísimo propietario de imprenta, quien formó a sus hijos en el hábito del trabajo diario y del proceder recto. Por eso Pedro-Emilio ha sido Ministro de Fomento, y tantas otras cosas, en el peor tiempo posible, y quedaron limpias sus manos.

Pedro-Emilio está allá, en un rincón de la Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, viejecito y sonriente, con los brazos abiertos a todas las generaciones. Su charla —por los corredores, alrededor de la alberca mora del patio, y con Don Andrés y Don Arístides por mudos testigos— ha sido deleite y enseñanza de todos los que hemos venido después de él. Pedro-Emilio nos ha perdonado las pedanterías de la mocedad, esas presunciones con su puntillo enrojecido de prematura valoración propia, que hasta tienen sus ribetes de simpatía, a condición de que no se queden en fanfarronadas; a condición de que, sin pereza, se vayan llenando pronto los falsos de la ignorancia juvenil, con el trabajar constante por la propia superación, para justificar al cabo la precoz sobreestima.

Pedro-Emilio toma, mañana y tarde, el autobús para ir a su casa (que no es de él) en las vecindades del viejo Parque de la Misericordia. Cuando Pedro-Emilio se sube al colectivo, en ese gesto de transeúnte citadino sacrificado por las largas esperas y por el excesivo aglomeramiento, dentro de un cajón andante, de gentes de toda laya, parece esbozarse entonces, en contra de la voluntad de Pedro-Emilio, otro gesto terrible, algo así como un bofetón espantoso, que va a rebotar, en un mortal golpe moral, contra los engreídos figurantes de la eterna comedia. En hombres como Pedro-Emilio —como Urbaneja Achelpohl, cuando vivía allá en su casita de El Valle, como ese otro gran Santiago Key Ayala, sabio y modesto—, está, no lo dudemos, encarnada la sagrada substancia de la Patria.De la Venezuela que no muere, y renace en cada aurora.

 

*Texto publicado en Anteo, escritos de varia ocasión, en 1952.