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Ramón Gómez de la Serna: el inventor de las greguerías

Ramón Guillermo de la Serna

Ramón Guillermo de la Serna

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Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) debe ser uno de los pocos hombres que, en pleno siglo XX, puede atribuirse el haber creado un género literario. Tenía 29 años cuando, en 1917, publicó el primer volumen de Greguerías. Con el paso de los años, se sumaron otros dieciséis libros de greguerías, todo ello de forma simultánea a la publicación de su obra múltiple e inagotable, más de un centenar de títulos, conformados por novelas, biografías, relatos, textos dramatúrgicos, retratos de escritores, artículos para numerosos diarios, ensayos, discursos y centenares de piezas de difícil clasificación. Pero he aquí que la personalidad torrente de Ramón, que es el modo en que le gustaba que lo llamasen (en 1923 publicó una serie de textos humorísticos con el nombre de Ramonismo), dispersó, como si fueran puñados de arena lanzados a los lectores, sus greguerías en diarios y revistas de España, al punto de que no es posible estimar con precisión cuántas escribió (volveré sobre este asunto más adelante).

Vaya el lector a YouTube y busque un video protagonizado por Ramón, titulado “El orador”. Dura 4 minutos y fue realizado en 1928 (está en perfectas condiciones). Allí está el hombre rebosante de histrionismo. Entre otras elocuencias, se le puede ver interpretando tres variaciones del cloquear en el gallinero. Quienes le conocieron y escribieron sobre él, hablan de una capacidad de improvisación que respondía a cualquier desafío (en una ocasión dictó una charla en un quirófano; en otra, por ejemplo, le invitaron como conferencista del Día Nacional de España: se presentó vestido de torero; disfrazado, dio decenas de conferencias). Llegó a tener una emisora de radio casera, en la que hacía intervenciones llenas de humor sobre todo, pero también sobre sí mismo. Conferenciaba sobre las farolas o las chimeneas (fue miembro de la Academia Francesa del Humor). La autopromoción: todo un género en el que Ramón fue único y sobresaliente.

Ubicado en la calle Carretas, número 4, estaba ubicado el mítico Café Pombo (alguna vez se llamó Antiguo Café y Botillería de Pombo), cuya celebridad se debe a la tertulia sabatina y nocturna que, a partir de 1912, Ramón presidía, y que se prolongaría hasta 1937 (en la pintura de José Gutiérrez Solana, que inmortalizó al grupo –se puede ver como parte de la exposición permanente del Museo Reina Sofía, en Madrid– aparece como uno de sus integrantes el escritor venezolano Pedro Emilio Coll). Cónsono con su talante ampuloso, Ramón bautizó la tertulia con el nombre de La Sagrada Cripta del Pombo.

De la grafomanía de Ramón surgieron los dos tomos (suman 1600 páginas) que narran la experiencia de la tertulia: Pombo se tituló el primero (1918) y La Sagrada Cripta de Pombo el segundo (1924). Como un diario, en ellos se recogen las obsesivas descripciones del Pombo y de otros cafés, se recopilan anécdotas, describe los debates e intercambios alrededor de la mesa, registra las novedades de los miembros de la tertulia, sin dejar nunca de verter sus opiniones sobre autores, modas, vanguardias y escritores que había leído (sobre el segundo de estos libros escribió Jorge Luis Borges un comentario, que fue publicado en Inquisiciones, en 1925).

Quien alguna vez haya tenido en sus manos la autobiografía de Ramón, Automoribundia (1888-1948), en la preciosa producción de Editorial Sudamericana, que incluía decenas de láminas con fotografías, podrá extasiarse en los detalles del estudio y de otros espacios de las viviendas de Ramón, en Madrid y más adelante, en Buenos Aires: paredes atiborradas de fotografías (las llamaba “estamparios”), espejos de diversa forma, ceniceros, canicas, botellas, muñecas de ceras, bolas de cristal, pistolas, lámparas, pisapapeles, bombillos, llaves enormes y objetos  únicos, porque este hombre, además, era un coleccionista, un fanático de las peculiaridades (de hecho, en 1918, puso en circulación un libro de casi 500 páginas, un híbrido entre la crónica, el ensayo y la memoria, dedicado a “El Rastro” madrileño, el lugar donde Ramón compraba antigüedades y objetos extravagantes que incorporaba a su casa-museo).

En Ramón Gómez de la Serna, que hizo de la pipa un ritual de su existencia, había un hondo gusto por lo peculiar. Una somera revisión de la lista de los autores sobre los que escribió perfiles o biografías (Silverio Lanza; El Greco; John Rushkin; Oscar Wilde; Goya; Valle-Inclán; Juana La Loca; Velázquez; Lope de Vega;  Francisco de Quevedo; Luis de Góngora; Juan Gris; Norah Borges; la serie Efigies que incluía a Baudelaire, Nerval y Barbeyd’Aurevilly; y muchos otros) revelan un culto a lo distintivo y diferenciado, a lo que tenía un sello a contracorriente: justo eso que está en meollo de sus greguerías.

 

Ese mínimo artefacto llamado greguería

 

En el transcurso de su vida, Ramón publicó 17 libros dedicados exclusivamente a colecciones de greguerías: unas cinco mil páginas, que suman alrededor de cincuenta mil greguerías. El primero de ellos apareció en 1917. Unos años antes, había comenzado a esparcirlas en diarios y revistas. En 1912, 28 de ellas habían aparecido en la revista Prometeo, que dirigía el propio Ramón. Lectores desconcertados, reaccionaban y hostigaban a los editores. Pedían que no se continuara con la publicación de aquellas “frases escritas para provocar”. Esto ocurrió en Madrid, pero también en Buenos Aires. Las primeras reacciones a la invención eran, en su mayoría, de rechazo.

Azorín, autor de un texto clarificador, recordaba que a Ramón le costó obtener el respeto y la admiración del público español. Señalaba que hubo un momento de peligro para el escritor: cuando saltó de diarios y revistas de mínima circulación a la gran prensa. “El tránsito de Ramón de un público a otro fue realmente trágico, terrible sobremanera; yo presencié –durante meses– la desazón de unos, el escándalo de otros, la indignación en los más”. En el mismo texto Azorín clavaba una flecha en la diana: “toda innovación literaria es eso: una congruencia que no es la antigua; el artista descubre nuevas relaciones entre las cosas; esas relaciones parecen –al principio– raras, arbitrarias, absurdas; pero poco a poco vamos viendo la verdad profunda, íntima, de la visión del creador”.

 

El inventor de las greguerías era un apasionado de lo material, un amante de las cosas. Alguien que deletreaba la realidad. Que callejeaba y podía pasar horas hurgando en los tenderetes de El Rastro. Que capturaba cada resquicio de la realidad para atribuirle una nueva funcionalidad o un sentido inédito, para ver o imaginar lo que nadie más ha visto o imaginado (“Donde está mi pupila no hay ninguna otra”). Las greguerías no siguen un patrón, ni un programa, ni lógica alguna. No se ofrecen como temarios, ni siquiera como ráfagas, sino que cada una se proclama a sí misma, intemporal, trivial o espesa, liviana o profunda, escurridiza, resistente a la categorización, sin vínculo de vecindad alguna con la previa y con la posterior. Cada greguería es la entidad de un instante. Una condición portátil y, de alguna manera, azarosa. Un acto verbal que detenía la fugacidad del mundo (en algún cuaderno Ramón dibujó un octaedro y escribió: la molécula greguerística). “Molde y vehículo de las ideas”, como dijo Rafael Callejas. Una cita más, esta vez de Rafael Florez: “que las cosas son unas en otras, que lo que parece esto es otro y que lo otro se convierte en aquello”. Ramón pensaba que el mundo era fragmentario y efímero: a esa proyección se correspondía su género.

Ramón, que escribió una fórmula para explicar la greguería (greguería = metáfora + humor), también invirtió importantes esfuerzos a explicar su invención. Como señala Pura Hernández, en el redondo prólogo de este VIII tomo de las Obras Completas, durante cincuenta años Ramón reescribió, aumentó y editó el mismo prólogo con que presentó las greguerías en 1917. Una edición de 1962, titulada Total de greguerías, que recogía la producción de los últimos quince libros, es la base sobre la que se realizó esta extraordinaria edición deGalaxia Gutenberg. Un generoso estudio de Luis López-Molina conduce al lector al pensamiento y teorizaciones más importantes en torno a las greguerías.

López-Molina aporta una definición que conviene anotar: “la greguería es un texto brevísimo –por lo general una oración sintácticamente completa–, independiente de contexto, en el que el autor hace una observación de la realidad, establece asociaciones –por lo general metafóricas, sorprendentes y humorísticas– entre elementos de la misma, o se dedica a jugar con las posibilidades internas del lenguaje”.

 

En Automoribundia (su autobiografía), pero también en su libro sobre las vanguardias, Ismos (donde hay, entre otros, sugerentes, reveladores e imaginativos estudios dedicados a Picasso, Apollinaire, Cocteau, Delaunay y Diego Rivera), el rapto inventivo, la máquina de invención verbal, no deja de producir sus rayos y curiosos sonidos. Este volumen, que el lector debe agradecer como un bien del espíritu, trae alrededor de 20 mil greguerías: 20 mil sonidos, 20 mil construcciones, 20 mil flashes del mundo que podrían leerse sin apuro y con asombro a lo largo del tiempo, puesto que cada una es, a la postre, un instante que resiste, que denuncia la obviedad del mundo.


Ramón Gómez de la Serna. Obras Completas VIII. Círculo de Lectores y Galaxia Guntenberg. Edición dirigida por Ioana Zlotescu, bajo el asesoramiento de José-Carlos Mainer. Edición bajo la responsabilidad de Pura Fernández. Prólogo: Pura Fernández. Estudio introductorio: Luis López-Molina. España, 2013.