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Primer diario parisino

Colección “El eterno forastero. Homenaje a Julio Ramón Ribeyro” / Casa de la Literatura Peruana

Colección “El eterno forastero. Homenaje a Julio Ramón Ribeyro” / Casa de la Literatura Peruana

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El 20 de octubre de 1952 Julio Ramón Ribeyro parte, junto a otros intelectuales peruanos, a Europa en la embarcación Américo Vespucci. Su primera escala será Barcelona, su destino planeado: París. Una vez instalado en la capital francesa, Ribeyro continuará el diálogo íntimo iniciado en Lima en sus años más jóvenes. Bajo el rotulado “Primer diario parisino” fechará páginas reflexivas sobre su trabajo literario (siempre en constante pugna entre la confianza y el descreimiento); escribirá sobre amoríos furtivos y adicciones amatorias; y también anotará los días de su visita al hambre, la desesperación y la miseria: “La primera lluvia de otoño me sorprende en mi hotel, muy de mañana, sin un franco en el bolsillo y el estómago vacío hace veinte horas”.

En principio, el viaje del escritor a París fue por motivos de estudios; sin embargo, estos se irán posponiendo y aletargando debido en buena parte a la vida “al garete”, como el propio autor define sus pasos en esos días, y a la desazón anímica natural que parece siempre circundarlo: “El pintor Eduardo Gutiérrez tiene razón: lo que yo tengo enfermo es la voluntad. Ha observado cómo sistemáticamente voy aplazando las cosas, hasta que una hecatombe cercana me hace despertar. ¿Qué hago en París? ¿Qué espero para ir a la Sorbona? ¿Por qué no recibo clases de francés? ¿Cuándo buscaré un alojamiento que no sea un cuarto de hotel? Todas las noches digo: mañana será”.

Hay días en que el diario se queda en silencio, encerrado en la soledad de la modesta habitación del escritor, mientras éste recorre calles y lugares, excursiones que luego se recrimina. Al retomar el diario, su autor se reprocha su inestabilidad, sus pasos inciertos, y se auxilia en la silenciosa confidencia: “Todo diario íntimo surge de un agudo sentimiento de culpa. Parece que en él quisiéramos depositar muchas cosas que nos atormentan y cuyo peso se aligera por el solo hecho de confiarlas a un cuaderno”.

En más de una ocasión, Ribeyro se hace el propósito de dejar de escribir en su cuaderno, pero a pesar de esto siempre regresa a sus páginas de declaraciones y dudas. Desde 1950 hasta 1978, con algunos lapsos de interrupciones,  mantendrá el soliloquio con sus páginas. El diario para el escritor limeño es pues “una forma de confesión apartada del rito católico, hecha por personas incrédulas”. Y como creyente incrédulo de ese rito confesional que no salva pero que está ahí, dispuesto a ser registro de cuitas y repentinos propósitos de enmienda, Ribeyro se acerca y se aleja como un católico inestable frente a Dios.

Progresivamente los días en París se vuelven insostenibles en términos económicos. Poca plata, estómago vacío y el corazón despechado mantienen al escritor en una situación latente de angustia: “El momento ha llegado: tengo apenas cien francos en el bolsillo y tres meses de permanencia en París por delante. Se acabaron ya las becas, las bolsas para estudiantes, los congresos literarios (…) No quedan ya recursos a qué echar mano. Momento serio, el único importante. París dejó de ser la ciudad de las terrazas, la pereza y el vino”. A pesar de la difícil situación, una repentina luz surge en el panorama del inquilino desesperado en París: el dueño del hotel donde vive le ofrece el cargo provisional de conserje del propio hotel mientras su empleado habitual está de viaje. Ribeyro aceptará y entre los huéspedes que tendrá que atender se encuentra su compatriota, la poeta Blanca Varela.

Los últimos días del primer diario parisino continuarán dando cuenta de la vida atolondrada de un joven Julio Ramón Ribeyro: sus fiestas, el despilfarro de sus escasos recursos, su confesada dependencia a la lujuria, la desestimación de una beca alemana por su descuido en atender los oficios para lograrla, la despedida de C., su amante peruana que parte de vuelta a su país. La despedida arrojará la promesa de un próximo encuentro, que se consolidaría en matrimonio, bien sea que ella regrese a París o él vuelva a Lima, pero el prometido ni siquiera tiene dinero para desplazarse en metro por París, tampoco unas monedas para comprar estampillas para escribir una posible carta con destino a C.

En noviembre de 1954, decide marcharse: “Firme resolución de partir a Madrid lo antes posible. Mi permanencia en París se hace insostenible. No puedo ni escribir. Mi último cuento paralizado. Ida C., esta vida de sacrificio me parece inútil. Ya nada me retiene aquí”. Mientras espera el dinero enviado por un tío desde Lima para emprender el viaje se dedica a hacer trabajos de cargador (ramassage), continúa escribiendo, sufre dolencias gástricas, lee los diarios de André Gide, Kafka, André Maurois; tal vez en la búsqueda de un diálogo confesional. El 19 de enero de 1955 abandona París, pero volverá.