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Preludios y memorias de la Gran Guerra

Imagen de la Primera Guerra Mundial | Archivo

Imagen de la Primera Guerra Mundial | Archivo

Las memorias del momento en que comenzó la Primera Guerra Mundial coinciden: el verano de 1914 fue registrado por su deslumbrante calidez: nadie podía imaginar que, contrariando los designios de un clima plácido, el horror muy pronto se posaría sobre Europa

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Lo oculto y lo evidente Ya en el siglo XVI Europa se movía en la dirección de construir y fortalecer los Estados territoriales, los Estados-nación, entendidos como unidades políticas.

A partir del siglo XVIII este proceso se consolidó y avanzó más allá de las especificidades ideológicas de los Estados. Esta paulatina consolidación estaba directamente relacionada con el conocimiento: al disponer de mayor información se potenciaba el ejercicio de la soberanía y la administración. Al control del ejército se aunaba la disponibilidad de información, que garantizaba el ejercicio del poder.

Al pueblo se le censaba pero también se le desarmaba. Esta obediencia voluntaria ha sido la piedra de toque que ha hecho posible la construcción de los Estados, la movilización militar y la democratización.

Nuestra disposición a desobedecer, dice Eric Hobsbawn, nos impide imaginar la tendencia a obedecer que había entonces: a las leyes, a las autoridades, al
Estado. “La disposición general de las gentes era la de aceptar la idea de ser gobernados”.

El pueblo practica la lealtad y la subordinación a sus naciones y al Estado, no a los señores de su región o a los patricios. La prédica de Hobbes que sostenía que lo único que el Leviatán no puede es obligar al pueblo a matarse o dejarse matar, había quedado atrás.

Para comprender la realidad y la potencia de las fuerzas que se maceraban en Europa, es necesario anotar tres elementos que resultaron determinantes.

Uno: los que se consideraban nación, se sentían con derecho a la autodeterminación, es decir, derecho a un Estado soberano e independiente para su territorio.

Dos: de forma simultánea, la etnicidad y la lengua adquirieron un lugar protagónico, especialmente para aquellas que eran naciones “no históricas”.

Tres: en los Estados-nación establecidos, se había instalado una marcada tendencia a la derecha política o, si se prefiere, un amplio predominio de distintos poderes que coincidían en su profundo conservadurismo.

La lengua, el nacionalismo

En naciones como Francia e Inglaterra, la lengua se experimentaba como utilitaria y “natural”, de forma predominante, aunque
ello no eximía la presencia de conflictos lingüísticos. Pero esta actitud, que era a fin de cuentas un dato esencial de la cultura, no era común en Europa. En algunos casos, como en Alemania e Italia, sobre la lengua recaía una carga de identidad nacional mucho más acuciante. En el siglo XVIII, bajo el influjo de la cultura alemana, se había “redescubierto” al campesino, como una figura que encarnaba a un sujeto puro, simple y que no había sido alcanzado por la corrupción moderna, pero sobre todo que tenía un vínculo “verdadero”, propio, con dialectos o lenguas vernáculas.

También, en un plano más fácilmente rastreable, el nacionalismo (“la cuestión nacional”) era también un factor de enorme relevancia, no sólo desde la perspectiva de los intereses imperiales (Austria-Hungría y Turquía) era también un asunto clave en materia de política interior, utilizado a menudo con mucha astucia como un recurso para diluir o posponer las tensiones creadas por el pueblo inconforme.

Hobsbawn recuerda el surgimiento de movimientos nacionalistas donde no los había antes de 1870: georgianos, armenios,
lituanos, macedonios, croatas, vascos, catalanes, galeses, flamencos y otros. En algunos de
ellos, además del lingüístico se recalcaba el factor étnico-racial.

Comenzaron nuevas divisiones: ya no bastaba la idea de una raza basada en el color de piel. Los blancos comenzaron a dividirse en arios, semitas, nórdicos, eslavos, alpinos, mediterráneos y otros. Cierta ciencia vino a proporcionar “razones científicas” a la exclusión o rechazo del extranjero. Nacionalismo y racismo se reforzaban mutuamente, como la identificación entre Nación y Lengua.

La situación internacional favorecía el levantamiento de fronteras reales o simbólicas: en muchos lugares de Europa pululaban los grupos sociales que se sentían amenazados por la modernidad, por los cambios que ella ponía en escena a diario. Al mismo tiempo, el crecimiento en extensión y en intensidad del urbanismo, estimulaba la aparición de clases y estratos sociales de carácter urbano. Era una época en la que todavía no existían ni circulaban como hoy los discursos relativos a la tolerancia y la coexistencia y que, por lo tanto, no estaba preparaba para aceptar las oleadas de inmigrantes que llegaban a las ciudades.

Interior/Exterior
Si la llegada del siglo XX da inicio a lo que Hobsbawn ha denominado con una fórmula admirable, el fenómeno de la gente corriente que se incorporó al proceso político, ello apareció a menudo asociado a amenazas que provenían del exterior: la presencia inesperada de extranjeros, la irrupción de un sentido de modernización en lo cotidiano.

En ese marco enrarecido por temores a lo foráneo, lo nuevo y lo distinto, la cuestión de la lengua adquirió un nuevo protagonismo: comenzaron las batallas
de la lengua que movilizaban a periodistas, escritores de provincia, maestros de escuela, políticos locales, funcionarios, personas de la naciente clase media que buscaban afirmarse en una causa. La lengua permitía aflorar el resentimiento que provenía de otras causas.

La creación de una lengua oficial generaba beneficios a sus promotores. Escribe Hobsbawn en Naciones y nacionalismos: “En el fondo del nacionalismo
de la lengua hay problemas de poder, categoría, política e ideología y no de comunicación o siquiera de cultura”. La lengua no sólo reafirmaba el poder del Estado, también hacía posible operaciones de control social.

Asociada al nacionalismo, la lengua permitía canalizar los sentimientos de incertidumbre que compartían los hijos de los artesanos, las clases medias y altas, la necesidad subjetiva de reconocimiento y singularidad en los estratos intermedios. Estos sectores presionaban al Estado para que se identificara con sus pulsiones nacionalistas. Estos sentimientos no siempre fueron manipulables por el poder: existían previamente, no era necesario inocularlos.

“Pocos gobiernos, incluso antes de 1914, eran tan chauvinistas como los ultranacionalistas que los apremiaban”. En cierto modo, antes de 1914 se produjo,
en términos políticos, un triunfo contra el internacionalismo, lo cual no impidió que grupos comunistas y socialistas, abanderados de la idea de proletarios del mundo, que al menos teóricamente se oponían al nacionalismo, apoyaran a sus gobiernos en la prédica guerrerista.

Partidos obreros que apoyaban al socialismo también apoyaban al nacionalismo. El descontento nacional se abrazó y confundió con el descontento social.

La denuncia dirigida hacia el orden vigente no era contradictoria con la hostilidad hacia el extranjero o hacia otras nacionalidades. En este batiburrillo de temores, aspiraciones y prejuicios, comenzó a sembrarse el movimiento fascista.

Orgullo y velocidad

En aquellas naciones orgullosas todo cambiaba a velocidad desconocida hasta entonces.

El siglo XIX todavía estaba vivo, pero en sus predios las ciencias, la comprensión de la psique, las artes, la Arquitectura y la Medicina sufrían de revoluciones profundas e irreversibles. Las certidumbres se iban quedando atrás, desplazadas por lo nuevo.

Aquellos eran años de inventos, máquinas, velocidades y grandes almacenes. De vehículos y ciudades ruidosas. De modificaciones que producían desconcierto y temor. Y fue en aquella tensión entre lo novedoso y lo conocido, donde un mal día, el 28 de junio de 1914, ocurrió lo que todos conocemos: fue asesinado el archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, lo que dio inicio a una gigantesca conflagración, que alcanzó niveles de atrocidad y destrucción inéditos hasta entonces.

El verano de los entusiastas

Las memorias del momento en que comenzó la Primera Guerra Mundial coinciden: el verano de 1914 fue registrado por su deslumbrante calidez: nadie podía imaginar que, contrariando los designios de un clima plácido, el horror muy pronto se posaría sobre Europa.

Y si aquél verano ha adquirido la proporción de lo idílico, ello se debe a que en pocas semanas, la experiencia de las batallas alcanzó la desproporción del infierno. Apenas unos excepcionales lúcidos en Inglaterra y Francia, previeron la cantidad de fosas comunes que tendrían que excavarse. Menos aún, que la corta confrontación y una cantidad muy limitada de bajas que los expertos estimaron, derivaría en una lucha de cinco años y ocho millones de muertos: tres millones y medio de las Potencias Centrales, cinco millones de los Aliados. Aquel verano se tornaría en lo irrecuperable.

Paul Fussell cita la famosa frase del poeta y novelista Philip Larkin, “Nunca hubo tanta inocencia”. La mentalidad imperante era la del XIX (sintomático: no habían aparecido Kafka, Joyce, Pound, Auden o Scott Fitzgerald). Y había algo más: desde 1871 Europa no conocía una guerra de amplias dimensiones. La “gente corriente” de la que hablaba Hobsbawn no podía calcular lo que una guerra provocaría.

Cuando en Inglaterra se llamó a la movilización, los ingleses se lanzaron a inscribirse. Hubo suicidios entre quienes fueron rechazados. Aunque en Francia la reacción fue más cautelosa, la respuesta masiva fue la de aceptar el llamado a filas.

Eran tiempos donde el honor y la gloria tenían un valor en la opinión, que hoy sería irreconocible. Para quienes fueron a combatir, la guerra equivalía en sus estructuras, contenidos y símbolos, a las grandes batallas de la era napoleónica. Y cada soldado, con una mochila que pesaba 32 kilos, más la presunción de que aquello no duraría mucho, salió a defender el honor de su país.


Horror vertiginoso El deterioro de los ánimos fue indetenible. Las batallas arrojaban 60 mil,150 mil, 300 mil bajas. No se habían cumplido tres meses del inicio de los combates, cuando los alemanes utilizaron la novedad del gas tóxico, el 17 de octubre de 1914. En diciembre la guerra de trincheras había ocupado sus posiciones. La idea de vivir en un punto muerto, desconocida por la modernidad en auge, y la misma experiencia de ser parte de una sociedad en progreso, quedaron atascadas en el barro, la putrefacción, las ratas y los piojos que eran las más persistentes realidades de las trincheras.

1915: el año en que las élites de Inglaterra y Francia comprendieron que estaban empantanados en un inmenso desastre. Los errores se pusieron de bulto: la subestimación del enemigo, el desconocimiento del abismo que escondía la guerra de posiciones, la falta de imaginación militar.

En 1916, en la imaginación y en el discurso corriente aparece la idea de que la guerra podría no tener fin. Quizás haya sido en la Batalla de Somme, iniciada en julio de 1916, cuando la civilización atisbó la capacidad destructiva de la satecnología.

La que todavía es considerada la mayor operación militar de la historia, fue también el lugar donde centenares de miles de hombres gritaban de dolor. Se dijo entonces: no ganaba ni uno ni otro, ganaba la guerra.

La modernidad bajo fuego

La Primera Guerra Mundial es lo desproporcionado: un avance de kilómetro y medio costó 160 mil bajas. En una operación que ni la ficción ha logrado superar, los Aliados construyeron 21 pozos horizontales hacia las líneas alemanas, distribuyeron allí 500 mil kilos de explosivos y los hicieron estallar en junio de 1917. Quizás este dato sea el más significativo: entre ambos fueron construidos 40 mil kilómetros de trincheras, que equivalen a la circunferencia terrestre medida por la línea ecuatorial.

Allí la modernidad mostró su reverso: lo imposible pasó a ser plausible. Una vida de agujeros y zanjas, de seres empequeñecidos por el agobio, de comida infecta. El espectáculo de la muerte convivía con un deber de silencio que la mayoría de los soldados se había impuesto a sí mismo, para no alarmar a sus familias sobre la existencia de espanto que llevaban: o se moría despedazado por las bombas o se moría congelado.

Memoria de la guerra Lo que tiene de inapreciable el estudio de Paul Fussell, La Gran Guerra y la memoria moderna, es su análisis de obras de autores ingleses (autobiográfica, narrativa y poética), que fueron combatientes. Su perspectiva es crítica, pero desde un lugar muy peculiar: también él combatió, pero en la Segunda Guerra Mundial.

Entiende una cuestión primordial: la carnicería era demasiado obvia. Por ello esa literatura, la de Robert Graves, Siegfried Sassoon, Isaac Rosenberg (su poema En el amanecer ha sido leído como una pieza cumbre de la poesía de la Gran Guerra), Edmund Blunden, Wilfred Owen y otros, transita por dimensiones y percepciones más hondas: la reinvención del cielo, producto de los meses y años en las trincheras; el vaivén del enclaustramiento; la pérdida del sentido de orientación; el imaginario espacial que se debate entre lo laberíntico y esa tierra de nadie que es la zona entre las trincheras opuestas; la oscilación –quizás la más paradójica de todas– de estar tan cerca y tan lejos de casa; y, por supuesto, esa pieza de lo irresuelto, la perfecta aporía de los sentimientos y los deseos, de que la-guerrano- terminaría-nunca-perola- ganaríamos.

Lo que quedó

A la pregunta de si la Primera Guerra Mundial finalizó con al Tratado de Versalles habrá que contestar: ni las tensiones que la ocasionaron ni sus consecuencias han dejado de pesar en nuestras vidas. Si algo galvanizó en ese momento fue la figura del enemigo como bestia, como expresión de lo inhumano: el adversario salió de la esfera del conocimiento y se internó en lo irracional.

Esa polaridad produjo otra consecuencia, de la que poco se habla: la Gran Guerra mató la verdad pero también la ambigüedad: desde entonces, la más de las veces, los hombres estamos obligados a tomar posición por uno u otro bando.

Su legado: el uso de “total” y de “absolutamente”. La propagación de las fórmulas binarias (amigo/enemigo; soldado/oficial; vanguardia/ retaguardia). Mientras los soldados operaban la industrialización del horror (el soldado: el bautizado, el transmutado por el fuego), el mundo civil permanecía ajeno, bajo el influjo idealizador de la prensa. La opinión pública aumentó su vínculo con la condición fantasmagórica que tienen ciertos rumores.

Raymond Williams escribió que entre 1914 y 1919, en las cartas, epitafios, poemas y relatos escritos por los soldados, se citó más la Ilíada que en el resto de la civilización. Y es que aquella masa de combatientes, que tomaron las armas en el mejor momento de la educación de masas en sus respectivos países, estatuto que se perdió quizás para siempre, eran soldados lectores que, cuando las condiciones lo permitían, leían a Chejov, Tolstoi, Dostoievski o
Dickens, a Homero y a Virgilio, pero también la Biblia y a Milton.

Y de allí salieron unas escrituras, bajo este signo, en el caso del inglés: que con una lengua que seguía instalada en la mentalidad y los preceptos del XIX, estos escritores tuvieron que afrontar lo hasta entonces desconocido: la trinchera. Y en la tensión de hablar o no de lo que se entendía como inapropiado o indecente, en lucha con la industria de eufemismos que es propia de la guerras, acicateados por la experiencia de haber disparado y haber visto la muerte hasta la satecnología pociedad, inventaron las aproximaciones oblicuas, usaron los recursos de lo teatral, combinaron lo real con lo irreal para encontrar cómo dar cuenta de la deshumanización, de la impotencia, de la aparición en el mundo de un desastre sin límites, la ruina del sentido de la civilización occidental, que fue el resultado de la Primera Guerra Mundial.