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Preguntas para Pensar la transición (V)
Responde Harry Almela

Harry Almela / Foto ©Vasco Szinetar

Harry Almela / Foto ©Vasco Szinetar

En la quinta entrega de esta serie sobre las perspectivas ante la crisis, Harry Almela responde a nuestro cuestionario. Almela (1953) es poeta, narrador y ensayista 

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—Queremos comenzar por su visión del actual estado de cosas en Venezuela. ¿Qué ve, qué siente, qué le resulta inquietante?

—Al momento de responder esta pregunta, estoy convencido de que la transición se ha iniciado, aunque con una dinámica imposible de controlar y cuyo final es inefable. Y básicamente, me preocupa que los tiempos institucionales (posible referéndum, aplicación de la Carta Democrática, el probable y anunciado diálogo) nada tienen qué ver con los tiempos de la calle. Ya Caracas sufre lo que en provincia nos sucede desde hace ya demasiados meses. Una salida democrática, electoral, pacífica y constitucional no será posible a menos que también incluya la negociación. ¿Quién asumirá ante la justicia –tarde o temprano– la responsabilidad de los hechos de corrupción, del narcotráfico, de las violaciones a los derechos humanos y a la Constitución? Allí está el núcleo duro de la salida pacífica. Mientras exista esa resistencia, el riesgo a una salida violenta –revuelta popular o golpe militar– acecha minuto a minuto.

—Un tema, cada vez más presente en las preocupaciones venezolanas, es la cuestión de la violencia y el modo en que viene ocupando espacios en la sociedad. ¿Venezuela tiene posibilidad de realizar un cambio político sin recurrir a la violencia?

—Pareciera que vamos no hacia una solución, sino más bien hacia un desenlace. Los elementos menos radicales del Poder están llamados a negociar. Mientras no suceda tal evento, a mediano plazo se está construyendo el camino más corto hacia la violencia callejera y militar. Toda dictadura sale del Poder por vía de la negociación o por vía militar. Pinochet cede, no ante el voto en aquella consulta, sino por la negativa del resto de la Junta de Gobierno a acompañarlo en el desconocimiento de los resultados. En todo caso, la histórica participación de los militares venezolanos en momentos de cambio de régimen, es un punto a considerar, con el riesgo de violencia que eso significa.

De forma recurrente, hay personas que se preguntan si la sociedad venezolana ha aprendido algunas lecciones de los padecimientos de estos últimos años. ¿Hemos aprendido o todavía podríamos ser una sociedad frágil ante la tentación populista?

El populismo ha sido una forma natural de ejercicio del Poder en Venezuela. No es un invento de esta dictadura. Salvo el largo paréntesis positivista y liberal –desde el punto de vista económico– de Juan Vicente Gómez, lo que ha caracterizado al Estado es aquella conseja de algún presidente de finales del xix, que postula que para gobernar en Venezuela es suficiente y necesario montarse en la torre de la Catedral y lanzar monedas de oro desde una botija a los transeúntes. La democracia de 1958 a 1998 repitió la fórmula. Los últimos diecisiete años es la versión pornográfica, barroca y esotérica del enunciado. Al trazar la raya sumatoria, nuestra historia republicana es la historia de quién y cómo se administra la renta –la cacaotera, la cafetalera y, desde 1920, la petrolera–. En la modernidad, como se sabe, el populismo es consecuencia de la frustración social y política. La nacionalización de las masas fue su combustible. La Historia lo constata, con sus matices, desde la Italia de Mussolini hasta la Argentina de los Kirchner. Aún se manifiesta en Estados Unidos con Donald Trump y en Europa con los partidos antieuropeos, de derechas y de izquierdas.  Me parece que el centro de la discusión sobre el populismo y su hija bastarda, la fascinación totalitaria –en el fondo y a escala mundial– es el modelo occidental de progreso que heredamos de la Ilustración y del capitalismo temprano. No podemos seguir fagocitándonos. La naturaleza y el ser humano no lo vamos a resistir.

¿Hemos aprendido algo? No lo creo, en verdad. En términos individuales, focales, es probable. Pero en términos sociales, colectivos, lo dudo. Es suficiente con ver el discurso de la dirigencia opositora –centrada en la continuación de la repartición de la renta– y el de sus más fervientes seguidores. Estos últimos no salen de lo meramente emocional. Quizás sea otra materia pendiente: el paso de lo emocional a lo político, en términos de veracidad, de contacto con nuestra precaria historia. Si no entendemos que fuimos cómplices de nuestra propia destrucción, si no asumimos que vivimos nuestra modernidad en una burbuja, resumida en la frase cuando éramos felices y no lo sabíamos, habremos perdido la oportunidad.

—Queremos preguntarle por la idea de fracaso. ¿Cabe establecer una relación entre Venezuela y el fracaso? De ser así, ¿qué fracasó, qué salió mal?

Definitivamente, fracasa nuestra visión fantasiosa y vanidosa del proyecto de la modernidad petrolera, que en su propia dinámica traía la semilla de su declinación. Nuestro ingreso y permanencia en el capitalismo occidental ocurre gracias a la exclusiva exportación de materias primas –el cacao en la Colonia, el café y el añil en la temprana época republicana, el petróleo desde el siglo XX–. El carácter monoproductivo de nuestra economía, en términos históricos, es el origen de nuestro fracaso como proyecto nacional. No exploramos con eficacia las posibilidades aguas abajo de nuestra economía monoproductora. De país petrolero pasamos a país petrolífero, orientados exclusivamente a la extracción y a la exportación. La literatura económica de Asdrúbal Baptista es esclarecedora en este punto. El proyecto nacional iba a implosionar, independientemente de que la enfrentase una dictadura o una gobernanza democrática, precisamente por la incapacidad de mantenernos exclusivamente sobre el rentismo petrolero. El problema no es la baja de los precios. Ni siquiera las precarias respuestas a la manida frase de Uslar Pietri –una versión de la Leyenda Dorada– o las reacciones a los avisos lapidarios de Pérez Alfonzo –una versión de la Leyenda Negra–. La crisis irrumpe cuando cambia el episteme energético mundial. En septiembre de 2014, en vísperas de la Conferencia Mundial sobre el Clima en Nueva York, la Standard Oil anunció la venta de todos sus activos en combustibles contaminantes, mudando todo su capital –unos 60.000 millones de dólares– hacia los no contaminantes. Si alguna fecha marca el inicio de nuestro declive económico y social, es esa. Nuestro problema actual –y que heredará el futuro régimen– es que dentro de algunos años, será políticamente incorrecto continuar llenando nuestros tanques con combustibles contaminantes. Es deber reflexionar acerca de una economía productora de bienes, orientada hacia la equidad social, autosustentable en términos ecológicos y que, al mismo tiempo, mantenga una conexión con el capitalismo occidental.

—El tema del posible papel de los intelectuales en la vida pública, sigue siendo debatido. ¿Cómo valora Usted la actuación, en términos generales, de los intelectuales en los últimos años? ¿De qué modo, si es que ha ocurrido, ha impactado la polarización en la actividad de los intelectuales en Venezuela?

—El sector de la Academia que ha sabido narrar con propiedad este conflicto ha sido el de los historiadores y los economistas. La extensa bibliografía de denuncia y de reflexión lo demuestra. Se hizo necesario, en términos de Hannah Arendt, saber cómo y qué nos pasó para arribar a este turbio presente. En cuanto a la polarización, es un mecanismo propio de toda dictadura, otro instrumento de esa cajita feliz. Acá, la visión amigo-enemigo de Carl Schmitt le ha sido propicia al gobierno y sus seguidores en el campo intelectual y cultural, y cuyo mecanismo, por suerte, ha sido metabolizado en términos productivos por quienes estamos de este lado de la acera. La Academia no ha dejado de reflexionar –salvo en el territorio de la filosofía–, ni los creadores de escribir, aunque sospecho que aún nos falta profundidad, cavar más hondo en esa grieta.

—¿Cuál es, en su criterio, el estatuto actual de la polarización política en Venezuela? ¿Se mantiene, ha cambiado?

—Se mantiene, es obvio. Pero lo más terrible es que permanecerá por varias generaciones. Es natural en los procesos de confrontación civil como la que hemos vivido y será necesaria en la medida en que, cuando sanemos las heridas individuales y colectivas, podremos hablar de una sociedad con sentido histórico. En Chile, Argentina y España, por hablar de situaciones recientes, el desencuentro vivido en algún momento ha sido productivo, apuntando hacia sociedades más justas, más consustanciadas con su historia. Por lo menos, más reflexivas.

—Se afirma, incluso con soporte en estudios de opinión, que en la mayoría de los venezolanos está presente, con fuerza, un deseo de cambio. ¿Podría intentar describir ese deseo de cambio? ¿Tiene Usted idea o intuición del cambio al que aspira la mayoría de los venezolanos?

—Me preocupa la frecuencia con la que oigo la frase cuando éramos felices y no lo sabíamos, evidencia de una impúdica y hasta grosera banalización de lo que nos sucede. Me asustan las manifestaciones personales y culturales que apuntan hacia el retorno de un mito: la Pequeña Venecia, la Tierra de Gracia, el País Rico, el País de los Iguales, la Tierra de Bolívar y un largo etcétera de anestesiantes velos. Parece que aún no nos ha caído la locha del desastre en el que vivimos, mucho más profundo y extenso de lo que me parece es la apreciación del venezolano medio. Insisto: el problema no se resuelve con un retorno a los mecanismos y dispositivos democráticos. Lo nuestro no es simplemente un problema político, es un problema cultural: ¿cómo construimos en su momento –y reconstruimos a partir de hoy– nuestro discurso de lo nacional en medio de esta modernidad líquida? Es una urgente tarea que debemos asumir, desde ahora, sin esperar el retorno a un Paraíso que, además, solo ha sido un espejismo.

—La experiencia de procesos en otros países demuestra que la transición demanda de cierta disposición al entendimiento y a la reconciliación; de ciertos sacrificios; de ciertas energías distintas a la de la confrontación. ¿Cómo evalúa Usted la disponibilidad de estos y otros elementos para una posible transición en Venezuela?

—Tales energías, actualmente, no son visibles o se difuminan en medio del caos. La más difícil –y por ello, la más necesaria– de las disposiciones a la que nos llama el presente y el futuro inmediato es asumir que somos ciudadanos antes que intelectuales, enfermeros o fruteros. Que Yo no es el norte y el sentido, sino el Otro, los Otros. Que más que derechos, es deber hablar de deberes, y valga la cacofonía. Ceder en el Yo para ampliar el Nosotros es complicado, más aun cuando nuestra cotidianidad hoy día está marcada –independientemente del lado donde se ubique el emisor– por un Nosotros (amigos) y un Ellos (enemigos). Eso, y asumir que vivimos desde hace tiempo en el mito de Lo Nacional como narración de entelequias, me parece que son los núcleos duros y endurecidos en los que es necesario ceder para una posible reconciliación, que además pasa por el sentido de la Justicia y no la de la Venganza.

—Una última pregunta: ¿tienen los intelectuales alguna asignatura pendiente con el país? ¿Falta alguna contribución decisiva?

—Varias asignaturas pendientes, desde el presente y hacia el futuro. Y acá es necesario aclarar conceptos. Me gustará hablar de intelectuales cuando me refiero a los miembros de la Academia, las universidades y, en general, la llamada Sociedad del Conocimiento. Los creadores pertenecen a otra familia, que a mi juicio se mueven entre la Academia y la sensibilidad personal. En este terreno, es complicado el asunto, pues nadie escoge sus perversiones o los temas a tratar. Al contrario, son las perversiones y los temas los que escogen a su víctima. Y eso implica una dinámica sobre la cual es imposible dar opinión. Personalmente, me interesa lo que he venido esbozando en los párrafos anteriores: la construcción de una narrativa que me permita estar bien con mi paraíso y con mi infierno, a tono con esta modernidad líquida y periférica que me ha tocado vivir. Como lo he dicho en otros escenarios, ya no escribo poesía, la poesía me escribe a mí. No es nada relevante, pero es mi situación actual.

En cuanto a la Academia, entendida como Sociedad del Conocimiento en el campo humanístico, me parece necesario imbricarla con la cotidianidad, con este día a día latinoamericano y –en consecuencia– periférico que nos ha tocado en suerte. En cuanto a la literatura en particular, se me hace urgente revisar el episteme sobre el cual se ha construido nuestro canon, tanto en poesía como en narrativa. Me parece que solo lo estético no es suficiente para encontrarnos, para narrarnos como sociedad. Es hora, como lo afirmaba Bello hace ya más de dos siglos, de que la poesía abandone la culta Europa, ya que en nuestra rustiquez y nuestra tradición permanece la sabia que en silencio nos alimenta sin nosotros saberlo. En este sentido, tenemos una tradición textual y autoral intensa y extensa. Por otra parte –insisto– es prudente repasar los mecanismos en los que funcionó el país de las letras en el pasado. Es necesario reflexionar, por ejemplo, en el Inciba y el Conac como dispositivos para repartir renta petrolera en el campo cultural. Si la crisis societaria que hemos vivido –desde el Viernes Negro hasta nuestros días– no nos ha servido para repensar y repasar el oficio de la escritura, habremos perdido miserablemente el tiempo y el esfuerzo de sobrevivir a esta impostura, a estos tiempos de indigencia.