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Preguntas para Pensar la Transición (X)
Responde Oscar Lucién

Oscar Lucién / Foto Manuel Sardá

Oscar Lucién / Foto Manuel Sardá

En esta décima entrega, leemos a un regular de las páginas de El Nacional. Lucién es Doctor en Ciencias de la Comunicación y de la Información y fue presidente de la Cinemateca Nacional de Venezuela. Como él mismo se describe, “navego en la amplia corriente del arte, del cine, la fotografía, la moda y la política”

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―Queremos comenzar por su visión del actual estado de cosas en Venezuela. ¿Qué ve, qué siente, qué le resulta inquietante?

―Hace unos meses escribí una etiqueta en Twitter para protestar ante la trágica situación de escasez de medicamentos que ha provocado tantas muertes en nuestro país. Muy pronto recibí un reproche de un seguidor que consideraba excesiva la etiqueta #GenocidioSanitario. Defendí mi intuición inicial con la verificación de lo que Naciones Unidas sanciona respecto a lo noción genocidio. Cuando me dispongo a responder este cuestionario siento la mirada fija del niño Oliver Sánchez con su tapabocas, delante de un piquete policial, enarbolando una pancarta con la frase “Quiero curarme”, seguida de dos palabras, Paz y Salud. Oliver Sánchez falleció apenas dos semanas después de su humilde reclamo. ¿Cuántos Oliver, pequeños o grandes, mueren cada día frente a la indolencia de un gobierno cuya tarea diaria es engrasar su artillería verbal de lucha contra el imperio (sic) y desperdiciar enormes recursos en adquirir tanques y aviones de combate?

Un país a la deriva, una mafia enquistada en el poder embolsillándose los dineros públicos como bandas de delincuentes en su guarida pero enarbolando un falso y cínico discurso de redención de los pobres es el panorama que veo enfrente. Con inquietud creciente cada día me perturba la demencial beligerancia de la casta militar en la vida venezolana e increíble facilidad con la que se habla de la inminencia de un golpe militar. 

Esperanzado como estoy (y trabajo por ello) en una mejor Venezuela,  a pesar del gran logro que significa la plataforma de la Mesa de la Unidad Democrática, siento también inconsistencia en la clase política opositora para superar intereses particulares partidarios para encarar colectiva y unitariamente la salvación de la república.

―Un tema, cada vez más presente en las preocupaciones venezolanas, es la cuestión de la violencia y el modo en que viene ocupando espacios en la sociedad. ¿Venezuela tiene posibilidad de realizar un cambio político sin recurrir a la violencia?

―A pesar de que ciertamente los nubarrones de la violencia oscurecen el cielo venezolano, del incremento de la violencia criminal y de los erráticos e improvisados operativos policiales para “combatirla”, de la tortura a los presos políticos, de la violencia en el lenguaje y de la violencia institucional que conspira contra el mandato popular, ciudadano, me resisto a pensar en una salida violenta a la grave crisis que vive Venezuela.

El camino más transparente, menos traumático y democrático lo conoce el gobierno: no interfiriendo la realización del referendo revocatorio establecido en la Constitución. 

Venezuela no merece que un individuo tan necio y escasamente equipado intelectualmente como Nicolás Maduro la empuje por el sendero doloroso de la violencia.

―De forma recurrente, hay personas que se preguntan si la sociedad venezolana ha aprendido algunas lecciones de los padecimientos de estos últimos años. ¿Hemos aprendido o todavía podríamos ser una sociedad frágil ante la tentación populista?

―Toda sociedad es vulnerable a las promesas de redención de inesperados outsiders que irrumpen en la arena política aparentemente incontaminados de los defectos que se atribuyen a la elite dominante. Véase el caso alucinante de Donald Trump en los Estados Unidos. O de Podemos en España. Ciertamente, la condición de país petrolero nos hace más propensos a caer en tentaciones populistas. Pero viendo los testimonios desgarradores de los padecimientos de gente humilde en las colas para conseguir alimentos o medicinas, confío en que esta dura realidad pueda servir como un antídoto para estar más alertas a las alucinadas y redentoras promesas populistas que representó el chavismo desde sus orígenes. Asimismo, pienso que la interrogante podría ampliarse al indagar si los dirigentes políticos, también,  han aprendido la lección.

―Queremos preguntarle por la idea de fracaso. ¿Cabe establecer una relación entre Venezuela y el fracaso? De ser así, ¿qué fracasó, qué salió mal?

―De toda evidencia ha fracasado el modelo populista autoritario chavista. Promovido desde 1999 por el ahora ausente líder carismático, Venezuela padece hoy el gangsterismo político: el dominio de una mafia apertrechada en los poderes públicos para torcer la voluntad popular. Sin duda puede hablarse de un estado fallido. Ha sido muy dañino para el país que los venezolanos dieran la espalda a sus compromisos con lo público. El fracaso que colectivamente podemos asumir ha sido la incapacidad de construir ciudadanía, una ciudadanía para la democracia. Mantener la ilusión de que Venezuela es un país rico nos ha hecho mucho daño.

Pero el país Venezuela, su gente, está allí. Un venezolano dirige hoy el célebre MIT (el Instituto de Tecnología de Massachusses), dos cineastas han ganado recientemente el León de Oro de Venecia y la Concha de Oro en dos de los más acreditado festivales mundiales de cine. Venezolanos copan cargos de prestigio en muchas universidades. Nuestros chef, músicos, historiadores, destacan en la vanguardia a nivel mundial. La triste y algunas veces trágica inmigración ha hecho que muchos compatriotas tengan maravillosos logros en países extranjeros. Por concepto alguno hemos fracasado del todo. Fracasó una élite falsamente ideologizada.

―El tema del posible papel de los intelectuales en la vida pública, sigue siendo debatido. ¿Cómo valora Usted la actuación, en términos generales, de los intelectuales en los últimos años? ¿De qué modo, si es que ha ocurrido, ha impactado la polarización en la actividad de los intelectuales en Venezuela?

―Asumiré como “los últimos años”, desde diciembre de 2007 cuando la ciudadanía derrota en las urnas la propuesta de Hugo Chávez de un modelo político contrario al espíritu y letra de la Constitución. Desde ese momento la deriva del gobierno fue claramente el sendero del populismo autoritario y la actuación de los intelectuales no fue inmune a las consecuencias de la polarización como política de Estado. 

La polarización es un corset al pensamiento. 

Los intelectuales partidarios del gobierno, convertidos en los intelectuales “orgánicos” del régimen, renunciaron a pensar, se sometieron dócilmente al modelo de la lógica castrense que impera en el chavismo: disciplina, obediencia y subordinación. 

Desde la esfera crítica al populismo autoritario chavista, si bien, globalmente es difícil escapar a la mediocridad que impone la polarización, han sido numerosos los espacios desde donde no solamente se ha enfrentado al gobierno sino ofrecido una reflexión para entender el drama social, político, cultural que nos aqueja. La persecución sistemática y la criminalización de la opinión ha dejado honda huella. Y como en todo régimen de impronta totalitario se ensancha esa área gris donde o bien se renuncia a pensar o, simplemente, se calla. Y cómo dice el refrán popular, quien calla otorga. Una calificada representación de la intelectualidad venezolana sigue fiel a los principios de la libertad, pluralidad del pensamiento, virilidad, al reconocimiento al otro.

―¿Cuál es, en su criterio, el estatuto actual de la polarización política en Venezuela? ¿Se mantiene, ha cambiado?

―La polarización se mantiene porque es una política de Estado.

Creo no obstante que la verborrea interminable, necia y cursi de Nicolás Maduro actúa como un bumerang que está haciendo bastante mella en el gobierno. En el seno de la plataforma de la unidad democrática toma cuerpo la comprensión de que un país no son dos mitades y en consecuencia la necesidad de articular una política que hable al país en su conjunto. Urge una estrategia de pedagogía política en el seno de la población opositora para que pueda apreciarse que hablar de reconciliación no es un pecado mortal, una capitulación y, mucho menos, una necedad.

―Se afirma, incluso con soporte en estudios de opinión, que en la mayoría de los venezolanos está presente, con fuerza, un deseo de cambio. ¿Podría intentar describir ese deseo de cambio? ¿Tiene Usted idea o intuición del cambio al que aspira la mayoría de los venezolanos? 

―Las encuestas dicen que los venezolanos quieren salir a las calles y que no los maten; las madres desean que cuando sus hijos salen de fiesta regresen vivos. Que cuando vas al supermercado encuentres los alimentos; que cuando vas a la farmacia consigas las medicinas. Que los jóvenes que han sido literalmente expulsados del país quieren regresar cuando “esto” cambie. La mayoría de los venezolanos entiende que el cambio que se ausculta en las encuestas es el cambio de gobierno. Intuyo que el cambio al que aspira la mayoría de los venezolanos está relacionado con el imperativo de derrotar el populismo autoritario chavista para recuperar espacios mínimos de vida civilizada.

―La experiencia de procesos en otros países demuestra que la transición demanda de cierta disposición al entendimiento y a la reconciliación; de ciertos sacrificios; de ciertas energías distintas a la de la confrontación. ¿Cómo evalúa Usted la disponibilidad de estos y otros elementos para una posible transición en Venezuela?

―Insisto en que es urgente una estrategia de pedagogía política en el seno de las mayorías opositoras que libere al vocablo “reconciliación” de toda carga negativa de entrega, de claudicación, de impunidad. 

Del mismo modo, en el mismo sector oficialista se entiende que el modelo autoritario populista de Hugo Chávez hoy representado por Maduro no tiene vida. Deben entender igualmente que asumir una actitud favorable a la “negociación” no significa entrega ni claudicación. Aunque polémico, la experiencia histórica enseña que las transiciones comportan un cierto nivel de “impunidad”. Una única certidumbre: “dos mitades no hacen un país”.

―Una última pregunta: ¿tienen los intelectuales alguna asignatura pendiente con el país? ¿Falta alguna contribución decisiva?

―Los intelectuales no pueden, o en todo caso no deben renunciar a su condición existencial que es el pensamiento. Sin pretender ser los faros que en algún momento de la historia se  les ha atribuido, luego de la mediocridad impuesta por la polarización, hay que manifestar y confrontar en la esfera pública las visiones de la Venezuela que queremos construir. Los excesos del populismo autoritario chavista han hecho mucho daño no solo en la economía sino en el tejido social venezolano. La contribución de los intelectuales no solo es esencial para el diseño de la Venezuela posible sino en el compromiso compartido de su materialización. Organizar el pensamiento para orientar la acción.