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Preguntas para Pensar la Transición (VIII)
Responde Luis Moreno Villamediana

Luis Moreno Villamediana / Foto Williams Marrero

Luis Moreno Villamediana / Foto Williams Marrero

En este número ofrecemos la octava entrega de la serie que desde el pasado 19 de junio cuestiona a 13 intelectuales venezolanos sobre la crisis en el país y sus perspectivas. Luis Moreno Villamediana (1966) es escritor y poeta, licenciado en Letras en la Universidad del Zulia

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―Queremos comenzar por su visión del actual estado de cosas en Venezuela. ¿Qué ve, qué siente, qué le resulta inquietante?

Parece inevitable, hoy, inquietarse por todo. Uno piensa que en la vida cotidiana debe haber un grado de previsibilidad en las ceremonias sociales, en los procesos políticos, en la convivencia, en los mecanismos de la economía; pero en Venezuela parece difícil diagnosticar lo que puede ocurrir al día siguiente. El caos sobrevenido no es un acto de fe revolucionario, sino la prestidigitación de los canallas: mientras nos tropezamos los unos con los otros, ellos “mágicamente” cambian el presupuesto público en bienes gananciales.

―Un tema, cada vez más presente en las preocupaciones venezolanas, es la cuestión de la violencia y el modo en que viene ocupando espacios en la sociedad. ¿Venezuela tiene posibilidad de realizar un cambio político sin recurrir a la violencia?

La violencia sigue siendo una operación inmoral. Solo la proponen quienes de antemano se sustraen a la confrontación, porque se ven a sí mismos como estrategas y no como rasos de la infantería. La posibilidad de un cambio político más o menos pacífico, sin embargo, termina por ser como uno de tres deseos que se le pide a un genio árabe, no una certidumbre.

―De forma recurrente, hay personas que se preguntan si la sociedad venezolana ha aprendido algunas lecciones de los padecimientos de estos últimos años. ¿Hemos aprendido o todavía podríamos ser una sociedad frágil ante la tentación populista?

El populismo es una perfecta máquina de producir elogios, y me temo que la psiquis social equivale, aumentada, a la falible estructura de cada individuo. La adulación supone en su destinatario el convencimiento de un mérito innato, como la soñada inversión del pecado original; de allí que el populismo sea un riesgo continuo, la promesa dilatada que seduce a unos republicanos que fantasean con su escudo de armas. 

―Queremos preguntarle por la idea de fracaso. ¿Cabe establecer una relación entre Venezuela y el fracaso? De ser así, ¿qué fracasó, qué salió mal?

Cuando Beckett escribió la frase “trata de nuevo; equivócate de nuevo; equivócate mejor”, nos remitía a una política del individuo. En cierta forma, es una divisa de humildad radical, que apenas describe el ideal de sus personajes y de los de Robert Walser. No creo que los países aspiren al fracaso, ni sean del todo erróneos. En Venezuela salió mal la entronización de los héroes (su conversión en modelos); la igualdad concebida como usufructo sin obligaciones; la bonanza que nos hizo emperadores de un territorio imaginario. Pero junto a eso hubo siempre admoniciones y agudezas de otros que sabían que no hay panteón que dure. Esa fluctuación entre errores y claridades forma una república real, alejada de la idea de un pecado primario.

―El tema del posible papel de los intelectuales en la vida pública, sigue siendo debatido. ¿Cómo valora Usted la actuación, en términos generales, de los intelectuales en los últimos años? ¿De qué modo, si es que ha ocurrido, ha impactado la polarización en la actividad de los intelectuales en Venezuela?

Con frecuencia me repito una frase de Terry Eagleton (se halla en La función de la crítica): “La crítica europea moderna nació de la lucha contra el Estado absolutista”. Más adelante señala que, entre los siglos XVII y XVIII, ese ejercicio del criterio se forjó “un espacio discursivo diferenciado”. Los intelectuales tienen aún la función de ocupar ese lugar que se opone a una especie de centro estatal de emisiones, con sus adornos y sus aplanamientos. Los intelectuales venezolanos no han incumplido sus labores. Entre ellas se cuenta el análisis mismo de la polarización, que no consiste en la simétrica confrontación de puntos de vistas, sino en la defensa de aquel escenario inicial de crítica y debate. Al cabo, la polarización puede entenderse como el signo persistente de aquella (siquiera parcial) autonomía. Es un modo de continuar diciendo: en su actual encarnación, el Estado absolutista pretende arrollarnos con sus perifoneos; pero nosotros entendemos que debe haber un territorio sin trampas –una patria ideal, no falseada. Por su parte, quien se encarga de vocear los decretos del autoritarismo no pasa de ser, en el mejor de los casos, un edecán con buena sintaxis. 

―¿Cuál es, en su criterio, el estatuto actual de la polarización política en Venezuela? ¿Se mantiene, ha cambiado?

Esa polarización ha ido revelando su complejidad: más que una dicotomía meramente partidista, implicaba también ciertas visiones del pasado, algunos proyectos culturales, unas ideas del porvenir. Chávez fue una máscara simplona que redujo la discusión nacional a un referendo sobre su propia imagen y sobre sus maneras. La crítica de eso hoy se ha pospuesto, pero al menos ha quedado al descubierto que los polos magnéticos podían coincidir en varios puntos, que las alianzas son perecederas, que la ideología, en fin, se acomoda a las pulsiones de la micropolítica.

―Se afirma, incluso con soporte en estudios de opinión, que en la mayoría de los venezolanos está presente, con fuerza, un deseo de cambio. ¿Podría intentar describir ese deseo de cambio? ¿Tiene Usted idea o intuición del cambio al que aspira la mayoría de los venezolanos?

Nos declaramos civiles cuando aceptamos que tenemos una responsabilidad comunitaria que no pasa por el ahogo de la individualidad. En apariencia, el cambio en Venezuela se propone como un retorno al libre goce de los derechos humanos, aunque a veces se articula como una sencilla instauración de hábitos alimenticios. Espero que realmente haya en el fondo el deseo de abstracciones tangibles como la libertad sin egoísmos extremos.

―La experiencia de procesos en otros países demuestra que la transición demanda de cierta disposición al entendimiento y a la reconciliación; de ciertos sacrificios; de ciertas energías distintas a la de la confrontación. ¿Cómo evalúa Usted la disponibilidad de estos y otros elementos para una posible transición en Venezuela?

La situación venezolana se ha hecho demasiado complicada, pues muchos participantes de la vida social ven en las nociones de entendimiento y reconciliación palabras-clave que ocultan un cierto género de complicidad. El problema es que uno adivina en sus declaraciones la euforia de una violencia sagrada, venida de no sé dónde, que se habrá de encargar de restablecer una armonía perdida. La idea ronda en las redes y periódicos, pero no cuaja: supongo que no se atreven a pedir frontalmente que los militares más puros nos salven. Prefiero pensar en el sacrificio como una renuncia a la herencia y sus altezas, no como la procura de montones de machos cabríos que deben quemarse para lavar nuestras manchas.

―Una última pregunta: ¿tienen los intelectuales alguna asignatura pendiente con el país? ¿Falta alguna contribución decisiva?

Tal vez esas asignaturas sean oscilantes, igual que la centralidad de los nombres propios. Lo cierto es que su espacio es marginal y su impacto, atenuado. Quienes están convencidos de su propia influencia terminan por hacerse cortesanos, compañeros de viaje, soplones. Prefiero pensar en un deber dubitativo, ejercido un poco en las sombras, pero sin negociaciones con las autoridades.