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Preguntas para Pensar la Transición (VII)
Responde José Vicente Carrasquero

José Vicente Carrasquero / Foto Alfredo Cedeño

José Vicente Carrasquero / Foto Alfredo Cedeño

Continúa nuestra serie. Carrasquero es profesor en Ciencias Políticas en las universidades Simón Bolívar y Católica Andrés Bello en Caracas. Hoy leemos sus reflexiones en la octava entrega

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―Queremos comenzar por su visión del actual estado de cosas en Venezuela. ¿Qué ve, qué siente, qué le resulta inquietante?

―Tengo la impresión de que en Venezuela no hay una lectura adecuada de la situación que estamos atravesando. La mayoría de los analistas se pasean por las posiciones y acciones de los actores relevantes del proceso político. Hacen enjundiosos análisis de las posibilidades de unos y otros. Sin embargo, opino que se está dejando por fuera al ciudadano común. Al que no piensa en términos políticos a la hora de la supervivencia. A un grupo de personas a la que no se les puede atribuir una racionalidad cartesiana sino que hay que verlos como el producto de sus circunstancias y emociones. Muchos de estos venezolanos no encuentran en los actores políticos y sociales un referente al cual aferrarse en términos de una esperanza. Están abandonados a su suerte como en el peor de los neoliberalismos salvajes y se encuentran en la situación de sálvese quien pueda. Ese es un panorama tenebroso en la medida que puede producir resultados que no queremos. La gente parece no tener miedo porque otras necesidades más cercanas a la supervivencia lo están presionando, una de ellas el hambre, tanto propia, como la de los hijos y seres cercanos.

―Un tema, cada vez más presente en las preocupaciones venezolanas, es la cuestión de la violencia y el modo en que viene ocupando espacios en la sociedad. ¿Venezuela tiene posibilidad de realizar un cambio político sin recurrir a la violencia?

―Las posibilidades existen. Pero para ello se requiere posiciones sinceras en todos los bandos involucrados. Los movimientos del gobierno en cuanto al diálogo muestran que lo único que busca es comprar tiempo. No hay, o al menos no se percibe, una voluntad de reconocer los errores cometidos y un propósito de enmienda. La búsqueda de un diálogo efectivo hubiese implicado la escogencia de unos mediadores “potables” para las partes involucradas. Lo que tenemos en el panorama son emisarios. El fracaso inicial de Rodríguez Zapatero así lo hace intuir.

―De forma recurrente, hay personas que se preguntan si la sociedad venezolana ha aprendido algunas lecciones de los padecimientos de estos últimos años. ¿Hemos aprendido o todavía podríamos ser una sociedad frágil ante la tentación populista?

―Puede ser que las élites hayan aprendido. Puede ser que las personas con interés en entender los procesos políticos y sociales hayan aprendido. Pero, queda un remanente importante de venezolanos que se siguen manejando por el devenir de las cosas y la manera que las mismas le afectan. No hemos hecho la tarea de reflexionar en que, por ejemplo, el petróleo no puede seguir siendo nuestra única esperanza de tener cierta calidad de vida. Que el Estado tiene que meterse más en lo que lo corresponde porque la Constitución lo ordena y menos en el asunto de manejar negocios que muy bien pueden estar en manos de la empresa privada.

Tenemos que trascender el facilismo del maná que cada cierto tiempo cae del cielo. De tal forma que emborracha a la sociedad como un todo y se olvida que inevitablemente vendrá una sequía. Estamos repitiendo ciclos de bonanzas y pobreza. Y eso es porque no hemos hecho el esfuerzo de pensar fuera de la caja del petróleo como nuestra fuente única de vida.

 

―Queremos preguntarle por la idea de fracaso. ¿Cabe establecer una relación entre Venezuela y el fracaso? De ser así, ¿qué fracasó, qué salió mal?

―Venezuela es sinónimo de fracaso. Ningún país de la región ha manejado cantidades de dinero tan grandes con el esfuerzo de solo una fracción de la población. Solo para tener una idea: durante los últimos diecisiete años le entraron a Venezuela por concepto de petróleo más del doble de la sumatoria de ingresos desde la declaración de independencia hasta 1998. Con ese dinero el país debiera rebosar en prosperidad. Pudimos haber hecho obras que nos comunicara con el resto del continente. Un tren que conectara Paria con Santiago de Chile para llevar mercancía desde el Atlántico Norte hasta el Pacífico Sur. ¿Dónde está todo ese dinero? ¿Tenemos algo que nos permita vivir de los réditos de una inversión? Por el contrario, solo nos quedó la deuda externa más grande de nuestra historia, y lo que es más grave, una Pdvsa en tal estado de postración, que no puede acometer por sí sola un objetivo de aumentar su producción para mantenernos competitivos en el mercado petrolero mundial.

―El tema del posible papel de los intelectuales en la vida pública, sigue siendo debatido. ¿Cómo valora Usted la actuación, en términos generales, de los intelectuales en los últimos años? ¿De qué modo, si es que ha ocurrido, ha impactado la polarización en la actividad de los intelectuales en Venezuela?

―La polarización aniquila la intelectualidad. Ya no se debaten temas desde la posición de la búsqueda de la verdad sino desde la imposición de una forma de ver las cosas que trae consigo la descalificación y desconocimiento del otro. Y lo que ha pasado es que los intereses se imponen por encima de la racionalidad. Muchas veces asumimos posiciones que están dirigidas más por el estómago o el corazón que por el cerebro.

Los intelectuales no le hemos puesto norte a los políticos que tienen de por sí un pensamiento muy limitado. Hemos hecho la tarea de describir una Venezuela mejor. Pero hemos hecho poco en hacer campaña por ese mejor país. Hay cantidad de trabajos, intervenciones públicas, artículos de todo tipo que dibujan una Venezuela ideal y competitiva. Pero pareciera que los intelectuales pensamos que hasta allí llega nuestra labor y que son otros los que tiene que ensuciarse las manos, por así decir.

―¿Cuál es, en su criterio, el estatuto actual de la polarización política en Venezuela? ¿Se mantiene, ha cambiado?

―Venezuela es un país neciamente polarizado. Y digo neciamente porque no hay una discusión de temas de fondo. La confrontación es de etiquetas, de quien produce el epíteto más contundente de quien descalifica mejor. El asunto es tan grave que nuestra sociedad no cuenta con una visión de país a digamos, el 2030. Seguimos a los Eudomar Santos, como vaya viniendo vamos viendo. Necesitamos ponernos de acuerdo alrededor del país que queremos ser en un momento dado. Eso es lo que dirigirá los esfuerzos estratégicos, operativos y tácticos a la consecución de esas cosas que queremos.

―Se afirma, incluso con soporte en estudios de opinión, que en la mayoría de los venezolanos está presente, con fuerza, un deseo de cambio. ¿Podría intentar describir ese deseo de cambio? ¿Tiene Usted idea o intuición del cambio al que aspira la mayoría de los venezolanos?

―El cambio que buscan los venezolanos es una idea difusa y además diversa. Algunos quieren cambios en un sentido y otros en uno totalmente distinto. Como mencioné anteriormente, no hemos hecho un ejercicio conjunto de ver cuál es el país que queremos. Cuál es el venezolano que queremos. Si queremos seguir viviendo bajo la tutela de un estado todopoderoso o si por el contrario, queremos desatar las fuerzas creativas de los ciudadanos y poner al estado a dedicarse a las cosas que verdaderamente son de su competencia y que giran alrededor de la seguridad. Educación para que con seguridad el joven se transforme en el ser que quiere ser para contribuir a nuestro desarrollo. Seguridad de enfermarse y saber que no se va a quebrar para curarse. Seguridad de que con tu esfuerzo vas a poder alcanzar los objetivos que te propongas. Seguridad de que saldrás a la calle y salvo por algún accidente fortuito volverás vivo a tu casa. Seguridad de que llegarás a viejo y tendrás una vida digna.

―La experiencia de procesos en otros países demuestra que la transición demanda de cierta disposición al entendimiento y a la reconciliación; de ciertos sacrificios; de ciertas energías distintas a la de la confrontación. ¿Cómo evalúa Usted la disponibilidad de estos y otros elementos para una posible transición en Venezuela?

―Yo veo que en Venezuela hay sectores con esa voluntad de reconciliación y de asumir los sacrificios que sean necesarios. Pero, también están los que ven en esa transición un camino directo a la cárcel. Con esos es casi imposible entenderse salvo que se tuerzan de una manera inadmisible los principios. Hay en este gobierno quienes han robado, quienes han ordenado asesinatos o han brindado impunidad a asesinos. Hay un vínculo importante con bandas criminales y el narcotráfico internacional. La reconciliación pasa por sustituir a los que están en el poder como un mecanismo de defensa.

―Una última pregunta: ¿tienen los intelectuales alguna asignatura pendiente con el país? ¿Falta alguna contribución decisiva?

―Definitivamente. A los intelectuales les falta tomar una actitud más protagónica en la conducción de una sociedad que todavía muestra muchos visos de primitivismo asociado a ese maná que de vez en cuando cae del cielo. Todo apunta a que los efectos del petróleo en la economía serán cada vez menores. Necesitamos modernizar la mente de los venezolanos y en ello, los intelectuales tenemos un compromiso ineludible.