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Preguntas para Pensar la Transición (VI)
Responde Igor Barreto

Igor Barreto / Foto ©Vasco Szinetar

Igor Barreto / Foto ©Vasco Szinetar

13 intelectuales reflexionan sobre la crisis venezolana. Hoy, en su sexta entrega, leemos a Igor Barreto (1952), poeta reconocido en el país por su participación en el Taller de Calicanto y por la cofundación del Grupo Tráfico, además de sus numerosas publicaciones 

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―Queremos comenzar por su visión del actual estado de cosas en Venezuela. ¿Qué ve, qué siente, qué le resulta inquietante?

―El país siempre ha vivido de una u otra manera en crisis. Quiero decir en un estado de desarreglo y desacoplamiento, donde el elemento perturbador es la presencia militar. Dicho elemento interrumpe el desarrollo civilizatorio. Y siempre el componente militar entre nosotros ha frenado los procesos progresistas en el campo de la vida social y cultural. En la Venezuela de hoy vivimos un momento anacrónico, una suerte de reactualización del pasado y esto en muchos aspectos se debe a esta exagerada presencia de los militares. Los fantasmas del militarismo más añejo se han apoderado de la vida social y no quieren desalojarla. El estado vive y actúa sobre la base de supuestos ideológicos; se trata de un imaginario utópico que pretende gobernar la vida cotidiana, interfiriendo su desarrollo más concreto. Es una situación absurda que solo permite vivencias absurdas: una vida absurda y una muerte absurda.

―Un tema, cada vez más presente en las preocupaciones venezolanas, es la cuestión de la violencia y el modo en que viene ocupando espacios en la sociedad. ¿Venezuela tiene posibilidad de realizar un cambio político sin recurrir a la violencia?

―Sería lo más deseable. Pero objetivamente no lo creo. Puede que la transición no sea completamente violenta, pero de una u otra manera este componente será definitorio para el cambio. Es casi imposible un reacomodo social sin que esos factores que han hecho del caos una suerte de ideología no tengan que ser sometidos a nuevos parámetros de funcionamiento. La cultura de la violencia se ha fortalecido en estos últimos años grandemente: la violencia militar se confunde con la violencia delincuencial y esta con la paramilitar revolucionaria representada por grupos organizados desde el estado. El lenguaje de la violencia es uno de los canales preferentemente utilizados por el “estado revolucionario” para resolver contradicciones, entonces, cómo apartar la violencia de la vida civil. Paradójicamente, será con el uso de la violencia. No hay otra salida.

―De forma recurrente, hay personas que se preguntan si la sociedad venezolana ha aprendido algunas lecciones de los padecimientos de estos últimos años. ¿Hemos aprendido o todavía podríamos ser una sociedad frágil ante la tentación populista?

―La pobreza y la cultura de la pobreza se ha fortalecido durante estos años. No ha ocurrido entre nosotros una reforma educativa profunda y el trabajo formal ha dejado de ser la vía regia para el ascenso social. La sociedad venezolana podrá vivir nuevos momentos de auge económico, pero esto no la apartará de la tentación populista; todo lo contrario, acentuará esta tentación, y las ambiciones de poder de una clase política poco preparada propiciaran estas perversiones.

―Queremos preguntarle por la idea de fracaso. ¿Cabe establecer una relación entre Venezuela y el fracaso? De ser así, ¿qué fracasó, qué salió mal?

―Este es un país que adolece de eso que el psiquiatra Rafael López Pedraza llamaba Conciencia de Fracaso. Yo establecería una relación entre nuestro repetido fracaso y el hábito muy venezolano por cancelar (olvidar) períodos o circunstancia de la vida ciudadana que han resultado dramáticos. No hablar de la tragedia u olvidarla a gran velocidad para reponer en su lugar la superficialidad y la frivolidad ha sido la estrategia espontánea, el único paliativo. El pañito frío para anestesiar los descalabros cometidos. Todos practicamos con asiduidad el olvido.

―El tema del posible papel de los intelectuales en la vida pública, sigue siendo debatido. ¿Cómo valora Usted la actuación, en términos generales, de los intelectuales en los últimos años? ¿De qué modo, si es que ha ocurrido, ha impactado la polarización en la actividad de los intelectuales en Venezuela?

―La polarización ha dividido al mundo intelectual al igual que ha ocurrido en otros ámbitos sociales. Del lado civil se ha despertado un regusto por el ejercicio del pensamiento. Plantearse escenarios y proponer soluciones creo que hoy es un ejercicio bastante extendido. Ocurre a diferentes niveles sociales y culturales, generando discursos de variada intensidad y complejidad. Creo que esta práctica especulativa nos ha mantenido vivos, y muchas veces creando verdaderos ejercicios de opinión que han motivado iniciativas políticas. El desarrollo de las redes sociales y sus contenidos son verdadera demostración de lo anterior. El panorama del otro lado, es decir, del lado de los intelectuales del oficialismo es interesante por sus patologías. El autoritarismo ha dejado a los intelectuales del oficialismo en el verdadero cascaron. Este proceso los vació de ideas individuales y su discurso es una ristra de expresiones sinonímicas que obedecen a la matriz oficial. Esto ha tenido consecuencias desastrosas de diferente tenor, en el campo de las literatura ha sido demoledor, luego de casi dos décadas no hay una obra sólida de un solo autor del régimen que se pueda exhibir por sus logros. Todo es rotundamente mediocre.  

―¿Cuál es, en su criterio, el estatuto actual de la polarización política en Venezuela? ¿Se mantiene, ha cambiado?

―La polarización en el ámbito de la vida civil se ha debilitado, y asistimos a un fenómeno esclarecedor, en cuanto a que desnuda al estado autoritario y sus intereses. Hoy día, el Estado es el que está comenzando a polarizar con la sociedad, con el ciudadano de a pie: por la falta de medicamentos, comida y la agresión continua de la delincuencia. Es una tención desigual pero que permite que identifiquemos con mayor claridad cuál es la raíz del problema y su principal responsable. Yo solo espero que este proceso se radicalice. Diría que de esa posible conciencia depende una salida.               

―Se afirma, incluso con soporte en estudios de opinión, que en la mayoría de los venezolanos está presente, con fuerza, un deseo de cambio. ¿Podría intentar describir ese deseo de cambio? ¿Tiene Usted idea o intuición del cambio al que aspira la mayoría de los venezolanos?

―Existe un deseo de un país mejor, de mayores oportunidades. Un país donde haya trabajo y asistencia médica, y menos violencia en la calle. Hay una aversión “epidérmica” al gobierno porque es visto como responsable de estos males. Por los momentos es solo eso. Aun no se ha estructurado un rechazo que garantice la radicalidad de este deseo de cambio, y lo haga posible de manera inmediata. Tal vez ocurra un evento que lo precipite. Han ocurrido y ocurren manifestaciones aisladas o focalizadas, pero las redes de este descontento no se han conformado. El liderazgo opositor aun no logra nuclear la totalidad del malestar del país para transformarlo en una energía necesaria al cambio. Creo que en ese sentido jugamos contra reloj. Es necesario provocar un acontecimiento que llame la atención y la organice en la dirección correcta. Un triunfo visible, una demostración de fuerza.

―La experiencia de procesos en otros países demuestra que la transición demanda de cierta disposición al entendimiento y a la reconciliación; de ciertos sacrificios; de ciertas energías distintas a la de la confrontación. ¿Cómo evalúa Usted la disponibilidad de estos y otros elementos para una posible transición en Venezuela?

―Ojalá se pueda llegar a ciertos entendimientos y arreglos. Pensemos en los procesos de Europa del Este. Yo creo que los partidos políticos visualizan la necesidad de este entendimiento con la cúpula chavista. Pero la calle solo espera un nuevo liderazgo que alinee las fuerzas del cambio provocando una situación de bienestar. La palabra “reconciliación” tiene un valor relativo por estos días. Los partidarios del régimen son cada vez menos, entonces ese planteamiento de la “reconciliación” a nivel social pierde mucho de su peso. La gente espera básicamente soluciones. Y esto es bueno, pero también es un piso político muy frágil.

―Una última pregunta: ¿tienen los intelectuales alguna asignatura pendiente con el país? ¿Falta alguna contribución decisiva?

―Debería hacerse un enorme esfuerzo por construir Un Nuevo Proyecto De País que supere la oferta que el chavismo colocó en la calle. Habrá que hacer coincidir de manera franca nuestras mejores mentes con las aspiraciones populares. Superar La Pobreza debería ser el lema y fortalecer como nunca La Educación y la Cultura. Desfavorecer la inversión en la Fuerza Armada Nacional y utilizar estos recursos para fortalecer el destino de las nuevas generaciones de venezolanos de universidades y escuelas verdaderamente competentes. Ejemplos como el de Corea en materia educativa o la reforma que emprendió México, son posibles referencias. Aspirar a una sociedad menos presidencialista, más justa y más plural, que ofrezca un verdadero estímulo a la inversión privada nacional e internacional. Así como fortalecer el blindaje jurídico de la democracia para librarla de las amenazas del autoritarismo.